sábado, 20 de marzo de 2010

AUGE Y CAÍDA DEL YO

(Publicado en El Correo de Burgos el 18-III-2010)

El Renacimiento y la Modernidad significan el resquebrajamiento de un mundo que hasta entonces se había mostrado enormemente sólido y estable. Esa solidez y estabilidad había estado garantizada por el hecho de que los individuos no tenían en la práctica entidad como tales, puesto que había unos, llamémosles así, moldes o modelos sociales, en los que los individuos debían encajar, hasta el punto de que su propia identidad les venía dada a través de esos prototipos. A todo trabajo, matrimonio, patrimonio, religión, títulos… se accedía no por desarrollo o decisión personal, sino que eran cosas que estaban predeterminadas, incuestionablemente prefijadas, y los individuos sólo podían aportar a ellas su consentimiento.

La tarea de los nuevos tiempos, a partir del Renacimiento, consistió en humanizar los modelos, hacerlos descender del Olimpo de lo ideal y abstracto hasta que pisaran en el suelo de lo individual y concreto. Se trataba de trasladar al individuo la responsabilidad por su vida, hasta entonces encerrada dentro de los corsés sociales o trascendentes en general, que anulaban la eficacia de cualquier cosa que pudiera aquél hacer, proponer o desear. A lo largo de este proceso humanizador, individualizador, la pintura descubrió, por ejemplo, el retrato, la representación no idealizada de seres concretos, de carne y hueso. Del mismo impulso proceden las propuestas desmitificadoras que llevaron, por ejemplo, a Velázquez a pintar a un dios Marte en una pose muy poco marcial, impropia de un ser con los atributos de una divinidad, y exhibiendo una musculatura a punto de la flacidez y el descuido. Las mismas intenciones le llevan a pintar al dios Baco rebajado al pedestre rango de mero borrachín. En literatura quedan también los modelos expuestos a la desmitificación, incluso a la burla, al ser filtrados por el ser de los individuos concretos. Y así, el idealizado caballero andante pasa a encarnarse en la figura de don Quijote, un hidalgo rentista y desocupado que, rastreando la imposible trayectoria de esos héroes de ficción, acaba perdiendo el oremus.

En religión fue Lutero el que, de una tortuosa manera, hizo descender a la moral hasta el nivel de la conciencia individual. Y en filosofía, quien asumió la tarea de descubrir (redescubrir en realidad) la subjetividad fue sobretodo Descartes, auténtico cancerbero de la Modernidad. Empezó Descartes por dudar de todo. Desprovisto de la fe en las verdades preestablecidas, buscaba una verdad radical de la que poder partir. Y comprobó que sólo estaba seguro de su propia duda, esto es, de su acto de pensar (en el que incluía cualquier acto psíquico, también la percepción, la voluntad el deseo…). La verdad, para Descartes, ya no estaba en el mundo externo, dictando desde ahí afuera lo que había que acatar o a lo que era preciso adaptarse. A partir de él, la verdad había que alumbrarla desde sí mismo, apoyándose en el penoso, solitario y esforzado trabajo personal. La razón, al revés de lo que había ocurrido en la Edad Media, transcurría desde lo individual y concreto hasta lo general e ideal.

Pasa, pues, el hombre de estar alojado dentro de un destino ineludible, prefijado y respecto del cual no tiene nada que decir ni que aportar, a convertir el mundo en una emanación de sí mismo, de su subjetividad, de su pensamiento, de su voluntad. En eso consiste el idealismo, la doctrina filosófica más representativa de la Modernidad, que no es la de Descartes, pero que enraíza en él, y que, rompiendo los antiguos corsés sociales, desató el enorme potencial creador que encierra el individuo cuando se le abren las compuertas de la libertad.

Pero el idealismo es una inflación del yo, una exageración según la cual la realidad es una prolongación de mí mismo, algo que nace de mí. Al contrario de lo que ocurría antes de la Modernidad, a partir de ésta es, aparentemente, el mundo el que viene a encajar y amoldarse a mis presupuestos y mis deseos como individuo. Y esa forma de ver las cosas, tan liberadora por un lado, es, por otro, justamente la que define y sustenta al delirio. De esa visión idealista surgieron deliremas como los de las utopías, en las cuales lo real queda sustituido por lo que a algunos les parece deseable, y que, bien sea buscando suplantar lo que había en la realidad por lo que se llamó “naturaleza”, o por una imaginada tribu o nación perdida, o por el predominio de una raza pura que supuestamente sería la superior, o por un pretendido paraíso comunista en el que todo sería de todos, regó de sangre, especialmente a partir de la Revolución Francesa, ese mundo que, paradójicamente, había descubierto la libertad.

Es ese el mismo idealismo destructor que está detrás de esa supuesta capacidad para decidir sin contar con los límites que impone la realidad de la que tanto se hace gala en estos tiempos posmodernos, y según la cual un hombre puede inscribirse como mujer en el Registro Civil, una pareja homosexual puede sustituir a un padre y una madre (en esto último advierto de que mi opinión no es canónica en UPyD), un español puede decidir ser “sólo vasco” o “sólo ciudadano universal”, puede concluirse también que un montón de chatarra es una obra de arte, o incluso puede conservarse ese modo de pensamiento mágico según el cual la prosperidad no está mediatizada por el esfuerzo. Debajo de todo esto está el mismo sustento intelectual que llevó al presidente Zapatero a decir que “no es la verdad lo que nos hará libres, sino la libertad lo que nos hará verdaderos”. La verdad, vista de esta forma, es un acto de decisión íntimo y subjetivo; no cuenta con límites objetivos.


Desde la filosofía misma se han formulado ya las alternativas al idealismo. Entre nosotros, Ortega lo hizo de una manera magistral cuando dejó enunciado que “yo soy yo y mi circunstancia”. Y María Zambrano, cuando decía: “Toda forma está envuelta en límites. Si se rompe por completo el límite, la forma desaparece, no se es nadie, no se es alguien”, contraponiéndose así a esa anárquica disolución de la identidad que tanto caracteriza a nuestro tiempo. O cuando asimismo afirmaba: “Objeto es algo frente a nosotros, algo, por tanto, que nos limita, ante lo cual tenemos que quedar detenidos”. Los deseos que brotan del individuo sin tener en cuenta los límites de la realidad se convierten en peligrosos delirios. O como asimismo dice Zambrano: “El simple anhelar es por esencia destructor”.


Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos