sábado, 20 de marzo de 2010

EL CANSANCIO DE LA VERDAD

(publicado en El Correo de Burgos el 20-XII-2008)
La verdad, más que un atributo de las cosas, es un proceso de búsqueda. De una búsqueda interminable, que ha ocupado al hombre desde que tuvo su primera inquietud intelectual. Pero es posible constatar que esto de buscar algo que nunca acabas de encontrar, llega a cansar. Y, recurrentemente, los hombres dan muestras de ese cansancio al concluir, en determinados momentos históricos, que la verdad no existe, que lo que hoy es una cosa no garantiza que mañana siga siéndolo, que a lo más que podemos aspirar es a enunciar “verdades” convencionales, algo que nos ponemos de acuerdo en tratar como si fuera verdad, pero a sabiendas, en última instancia, de que detrás de esa aparente consistencia no hay nada sustancial.

Si observamos con atención, comprobaremos que esos momentos históricos en que la fatiga se impone, en que el hombre renuncia a seguir buscando la verdad, coinciden con etapas de crisis… Vienen a ser algo semejante a las crisis de identidad que, en el ámbito de lo personal, ponen en marcha todo tipo de trastornos psíquicos.

En nuestro contexto cultural, la primera vez que históricamente los hombres renunciaron a la búsqueda de la verdad, fue en la Grecia del siglo V a. de C., justo cuando aquella civilización estaba en la cima… aunque iniciando su descenso (sin, probablemente, saberlo). Hablamos de los sofistas, los primeros filósofos que cobraron (y muy bien) por enseñar lo que sabían. ¿Y qué es lo que enseñaban? Pues, ante todo, retórica, el arte de convencer con palabras de algo en lo que se da por hecho, al menos en su caso, que no se cree. Un buen retórico, pues, sería aquél que es capaz de convencer tanto de una cosa como de su contraria.

Entre lo que yo conozco, las aportaciones digamos que filosóficas del Presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, que me parecen más expresivas de su cosmovisión, de su manera de entender las cosas, están transcritas en el prólogo que escribió para el libro de Jordi Sevilla, “De nuevo socialismo” (Crítica, 2002). Decía allí: “Ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas, hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica”. Decía también que “si en política no sirve la lógica, es decir, si en el dominio de la organización de la convivencia no resultan válidos ni el método inductivo ni el método deductivo, sino tan sólo la discusión sobre diferentes opciones sin hilo conductor alguno que oriente las premisas y los objetivos, entonces todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas”. En suma, y viniendo a coincidir con los antiguos sofistas, sostiene Zapatero que toda conclusión intelectual es contingente, que no existe la verdad, y que hemos de conformarnos con un sucedáneo suyo: aquello que eventualmente se acuerde a través del debate entre los interlocutores de cada momento, que hoy puede llevar a unas conclusiones y mañana a otras, porque no hay principios morales ni argumentos racionales que permitan concluir a priori que unas cosas son preferibles a otras. Todo depende de la fuerza expositiva de la que en sus argumentos hagan gala los eventuales interlocutores. Una fuerza expositiva que, puesto que no se refiere a la que se deriva de la razón o de la moral, hay que entender que es la que se exhibe en términos retóricos –la que preferían los sofistas– o aún más (aún peor), la que muestran quienes pueden imponer coactivamente sus “argumentos”, por ejemplo, en una negociación política.

Esta forma de entender las cosas la ratificó Zapatero cuando asimismo llegó a afirmar que, en contra de lo que dice el Evangelio, “no es la verdad lo que nos hará libres, sino la libertad lo que nos hará verdaderos”. Que, traducido, quiere decir lo mismo que sus anteriores palabras: que no hay ninguna verdad, ningún principio que nos comprometa de antemano, que nos exija fidelidad, sino que todo es posible, todo se puede admitir para empezar. Hablemos, y ya veremos qué acabamos aceptando efectivamente.
Es precisamente esta no por evanescente menos deletérea manera de ver las cosas la que ha sustentado, y sigue haciéndolo, el modo de hacer política del presidente Zapatero. La misma que le permite en un momento determinado abogar por la negociación con ETA, para entre ambos interlocutores alcanzar la “verdad” coyuntural contenida en los pactos del Santuario de Loyola, en los cuales se reconocía el derecho de los vascos a decidir sobre su independencia, así como la anexión de Navarra; justo aquello que el socialista directamente encargado de las negociaciones, Jesús Eguiguren, definió al decir que “el Gobierno llegó al borde del precipicio para salvar el proceso con ETA”. Esa misma cosmovisión zapateril es la que hoy sustenta una (aparente) posición contrapuesta (¡todo es posible!), la que lleva a su gobierno a enfrentarse policial y judicialmente a ETA… aunque también dejando una puerta abierta a través de ese retorcido y mendaz juego dialéctico que le permite seguir de hecho manteniendo a ETA al frente de cuarenta y dos ayuntamientos en el País Vasco.

Es también ese pensamiento líquido de Zapatero el que le lleva a convertirse en abanderado de la paz, si de lo que hablamos es de islamismo radical en Irak, o colaborar en la lucha contra los islamistas radicales, si se trata de Afganistán. También le permite decir antes de las elecciones que no había crisis económica, y poco después presentarse como líder mundial en la lucha contra la misma. O poner en marcha lo que, en una especie de homenaje a su abuelo, “rojo” como él, se ha dado en llamar “recuperación de la memoria histórica”, para este último 20 de Noviembre declarar que aquello que Franco representa hay que olvidarlo…
Lo que no podemos dejar de reconocer a Zapatero es que merece matrícula de honor en aquella asignatura que enseñaban sus predecesores sofistas: la retórica. Y es que ha demostrado ser capaz de convencer de una cosa y de su contraria a ese nutrido electorado que aún sigue decidido a avalarle y reelegirle.
Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos