sábado, 20 de marzo de 2010

¿PROBABLEMENTE DIOS NO EXISTE?

(Publicado en El Correo de Burgos el 29-I-2009)
Así reza (es un decir) la publicidad exhibida en autobuses metropolitanos de Barcelona, según noticias recientemente aparecidas en la prensa: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. La iniciativa publicitaria corresponde a la “Unión de Ateos y Librepensadores” y es continuación de una campaña que comenzó en Londres, en los famosos autobuses de dos pisos, y pretende ampliarse sucesivamente, en nuestro país, a los autobuses de Madrid y de otras ciudades importantes. El principal promotor de esta iniciativa es Richard Dawkins, autor del libro “El espejismo de Dios”, que hace algo más de un año tuvo cierta repercusión comercial en las librerías españolas.

Nada tendría que oponer, en principio, a este hecho alguien que firma como militante de un partido laico y que, para más señas, se declara digamos que moderadamente ateo (no puedo ser más rotundo, porque mi natural paradójico me empuja a declararme también algo así como moderadamente creyente). Todo en orden, pues, según parece, máxime cuando la fórmula publicitaria escogida no resulta especialmente ofensiva ni agresiva. Pero debo de tener algún resorte interior que hace que cuando estoy a punto de desembocar en algo aparentemente inobjetable, se active en mí a veces un cierto desasosiego que me empuja a resistirme a ello. Es justo lo que me ocurre en esta ocasión. Así que intentaré justificar este extraño desasosiego que me produce la campaña publicitaria en cuestión.

Analizando Octavio Paz la psicología del pueblo mexicano en “El laberinto de la soledad”, comenta la introversión característica de aquel pueblo, una introversión que encierra a sus gentes dentro de sí y detrás de una máscara de formalismos, pudores, recatos, incluso recelos, que les aísla del mundo exterior y que, subsiguientemente, les incapacita para cualquier clase de entrega a los demás. A ese que podríamos denominar egoísmo ontológico, Paz prefirió llamarlo, con más tino literario, “laberinto de la soledad”. Inhabilitado para sentir la vida como una entrega, tanto esa vida como la muerte misma, el mexicano las ve con indiferencia, las otorga escaso valor.

Lo más curioso de la disección que Octavio Paz hace de la manera de estar en el mundo de sus compatriotas llega cuando trata de establecer las causas de tales comportamientos. Concluye el ilustre pensador y literato que esta declinante manera de ser se debe a que los mexicanos se sienten “abandonados por sus dioses”. Un abandono que Paz retrotrae hasta los tiempos de la conquista, cuando Moctezuma entendió la llegada de Hernán Cortés como una señal de que el ciclo cósmico había llegado a un punto final, y ello implicaría la desaparición de los dioses que hasta entonces habían tutelado al pueblo azteca, los cuales deberían ser sustituidos por otros. Pero esos otros dioses no acabaron de llegar nunca del todo, ni siquiera con el cristianismo, y los mexicanos se quedaron sin dioses a los que sacrificarse, a los que inmolarse, a los que entregarse. El mexicano, desde entonces, se enclaustró dentro de sí, sin conseguir hallar nuevos modos de ofrecerse a dios alguno… de ofrecerse o entregarse, sin más.
María Zambrano asume la interpretación que lleva a cabo Octavio Paz, pero la hace extensible al hombre occidental en general, que asimismo se ha quedado sin dioses a los que ofrecer su corazón en sacrificio. En la lectura que hace la filósofa malagueña de la relación entre el hombre y lo divino, el sacrificio adquiere un papel fundamental. De la inicial fusión del hombre primitivo con el cosmos, se desgajó el hombre religioso, que dejó de aceptar sumisamente la realidad que se le resistía y le oprimía, y pasó a sentirse responsable de –y eventualmente culpable por– una parcela de esa realidad que no aceptaba. Crea entonces (descubre, diría un creyente) la idea de un Dios todopoderoso para poder pactar con él: Dios le dará al hombre lo que pide (buena caza, fértil cosecha, que cese el castigo de los elementos atmosféricos o el del mismo destino…) y el hombre le entregará a Dios a cambio algo propio en sacrificio.

Aquel hombre entregado a rituales mágicos resulta que es nuestro directo antepasado. Se prolonga su descendencia en el cristiano, que entrega asimismo al Hijo del Hombre en sacrificio para poder lavar nuestros pecados, los de toda la humanidad, y renacer así a una nueva realidad. Y continúa su trayecto evolutivo ese hombre religioso cuando pasa a encarnar en el hombre occidental, el cual se hace asimismo responsable de la realidad en que vive, de una realidad que no le gusta ni acepta, y sacrifica algo de sí, su presente inmediato, el disfrute del aquí y del ahora (el mismo “carpe diem” que nos propone recuperar la campaña publicitaria de la que tratamos) para ofrecérselo al prójimo y a la Historia (al futuro) como tarea reparadora. A través de nuevas fórmulas y de nuevos desarrollos, el hombre occidental sigue (…seguía) convirtiendo su vida en entrega, en sacrificio (a veces de modo absoluto y compulsivo, tal vez enajenándose en exceso), no ya de aquel modo tan poco práctico que le permitían sus pasadas creencias mágicas, sino de este otro que le ha convertido en artífice de la Historia y de todo lo que va consiguiendo a través de sus sacrificadas (sacrificiales) tareas reparadoras. En suma, en su más genuino modo de ser, entiende este humano su vida como una misión, como un medio o una entrega al objetivo de mejorar la realidad, de la cual se ha hecho responsable.

Bien, pues ese hombre occidental, según Zambrano, se ha olvidado también de sus dioses (o éstos le han abandonado, según la fórmula de Octavio Paz), ha amputado esa parte de sí que le exigía entregarse a algo y a alguien, se ha quedado sin metas y sin tareas. Como diría Dawkins –el de la campaña–, también sin preocupaciones, dispuesto, pues, a “disfrutar de la vida”. Nietzsche, el mismo que sentenció que Dios había muerto, decía por otro lado: “La desilusión sobre una supuesta finalidad del devenir es la causa del nihilismo”. Y efectivamente, nos hemos quedado sin fines, sin preocupaciones ni ocupaciones a las que entregar la vida; nos hemos quedado sin saber a dónde ir. No habría que escarbar mucho para descubrir las líneas de comunicación entre este resultado y el aumento exponencial de ansiolíticos y antidepresivos en el hombre occidental, acosado como está por el sentimiento de vacío, de no saber cómo dar significado a su vida. Y es que, como la misma Zambrano afirmó, “los dioses han sido, pueden haber sido inventados, pero no la matriz de donde han surgido un día”.
Y si todo el hilo argumental que ha quedado expuesto resultara certero, aún nos animaríamos a sacar una última conclusión: toda tarea reparadora, de entrega a la transformación de la realidad, inevitablemente desemboca en última instancia en algo que hoy tiene muy mala prensa (sin duda, merecidamente): la política. Un último síntoma de esta ausencia de dioses en nuestra posmoderna sociedad sería precisamente la despolitización, la indiferencia ante el modo más operativo y práctico del que disponemos para mejorar el mundo… aunque a menudo parezca, más bien, una actividad decididamente empeñada en empeorarlo. Sin duda, el nihilismo ha llegado también hasta sus confines.


Javier Martínez Gracia, miembro de UPyD de Burgos