sábado, 10 de julio de 2010

LA HISTORIA A LA LUZ DE SUS RESULTADOS

(TEXTO DE LA CHARLA DADA EL 8-VII-2010 EN LA SEDE DE UPyD DE VALLADOLID)

Quiero empezar citando las palabras de un vallisoletano insigne, Julián Marías, que me parecen especialmente oportunas para referirlas al momento que actualmente vivimos. Decía nuestro ilustre filósofo: “He sentido la urgencia de aclararme la realidad en que vivo y de que formo parte, porque se está desdibujando de manera peligrosa. Si los españoles empiezan a no saber qué es España o vuelven a no saberlo, estamos perdidos”. Palabras que pueden complementarse perfectamente con estas otras que asimismo dejó enunciadas su maestro Ortega: “Es muy posible que una de las causas que producen la grave desorientación respecto a sí mismo en que hoy se halla el hombre sea el hecho de que (…) el hombre medio, que sabe tantas cosas, no sabe nada de historia”. Ese "hoy" al que Ortega se refería es este mismo en el que ahora vivimos, y nuestra desorientación, aunque ha cambiado los modos de manifestarse, no es muy diferente en el fondo de aquella a la que nuestro primer filósofo se refería. Y la necesidad de saber de historia era en Ortega una consecuencia de uno de sus asertos principales, según el cual toda realidad es una realidad histórica. Así que a la urgencia por saber lo que es España a la que aludía Marías se viene a añadir el complemento instrumental que, en este sentido, supone la historia, y que será, siguiendo a Ortega, el medio del que disponemos para afrontar aquella urgente necesidad de saber referida a nuestro país, a nuestra nación.

¿Y en qué consiste –habremos de preguntarnos entonces– ese poderoso instrumento que es la historia que tanto puede ayudarnos a la hora de enfrentarnos a aquel grave peligro de desorientación y extravío al que aluden Ortega y Marías? ¿Cuáles son las claves que pone para ello la historia en nuestras manos? ¿Es la historia, como algunos creen, el registro de una serie de acontecimientos contingentes y azarosos que van dando forma más o menos eventual y caprichosa a la realidad? ¿O, por el contrario, y como hubiera previsto Leibniz, lo que ocurre estaba obligado a ocurrir y, empujado desde el ámbito de lo posible, acaba ineluctablemente haciéndose realidad porque todo se conforma de acuerdo con un plan, con una "armonía preestablecida" y, conjuntados unos acontecimientos con otros, todos ellos acaban configurando lo que el mismo Leibniz llamaba "el mejor de los mundos posibles"?
En suma: ¿es el azar el motor de la historia o todo está determinado a ser lo que es?

Estas mismas preguntas se las hacía también nuestro más insigne historiador, Claudio Sánchez-Albornoz, que las dejó formuladas así: "¿Cabe tener a la historia como mera zigzagueante trayectoria del eterno caminar de los pueblos, empujados por los ciegos golpes del azar (…) o movidos por puras apetencias económicas?". Él mismo aportaba su respuesta: "Ni los pueblos han avanzado dormidos por órbitas trazadas desde la eternidad, ni han realizado, ebrios de azar, una mera novela de aventuras". Ni la historia es, por tanto, el registro de unos hechos que necesariamente tenían que ocurrir, que estaban obligados a aflorar en la realidad empujados por una fuerza determinante exógena a ellos, ni lo que acontece es resultado del capricho, la acumulación de sucesos cuyo sentido se agota en ellos mismos, es decir, que hubiera dado igual que fueran esos u otros cualesquiera. Hay, pues, un sentido latente en los acontecimientos que la historia debe desentrañar, pero no es un sentido que esté dado de antemano (el azar también interviene). Para descubrirlo, deberíamos tener en cuenta aquello que también dijo Ortega: "La historia es, como la uva, delicia de los otoños". Es decir, que el momento en que se descubre el sentido de los hechos históricos es el de la recogida de los frutos. Si los frutos son sabrosos, podremos analizar lo que ha llevado hasta ellos como resultado de una adecuada trayectoria. Y si no lo son, al echar nuestra inquisidora mirada sobre el pasado, podremos detectar los nudos de la historia en los que los acontecimientos se torcieron y prepararon la presente frustración.

Al contrario, pues, de lo que parecería obvio, en historia no habría que partir del pasado para desde allí ir desbrozando los caminos que llevan hasta el presente, sino empezar nuestra andadura, aunque sea de modo implícito, en la atalaya del presente, y aun en la del futuro (en la medida en que las sociedades de las que en la historia se trata son proyectos en marcha), para desde esa atalaya ver venir o, en su caso, frustrarse, las trayectorias de los acontecimientos. Así queda definida, pues, nuestra tarea: constatar que somos lo que somos porque hemos sido lo que hemos sido, reconocernos en lo que fuimos, que es, en su modo incipiente, lo que ahora somos. Pero también comprender que aquello que fuimos era sólo el anticipo de lo que habíamos de ser, no, como sostienen las ideologías reaccionarias, lo que irrenunciablemente debemos seguir siendo.

Vistas las cosas a través de este prisma, conseguimos detectar una serie de vectores históricos que, efectivamente, van impulsando (que no determinando) la corriente de los hechos, los cuales se abren paso como tanteando su cauce a través de la espesa niebla que forma el azar. Y si hay un vector histórico decisivo, una línea ordenadora de los acontecimientos que nos permite ver cómo estos se van acoplando, de una manera a veces más clara y otras más borrosa, a lo que podríamos considerar los trayectos de la historia, es la que tiene su origen en los modos de vida primitivos, gestionados desde el "nosotros", el ente colectivo, el destino o la predestinación, que anegan cualquier manifestación de individualidad, y que poco a poco van conduciendo hacia la paulatina irrupción de la responsabilidad personal, del individuo que acepta tener un papel activo en los acontecimientos, vector histórico éste que alcanzaría aquella madurez de los frutos otoñales de la que antes hablábamos cuando Immanuel Kant, en el siglo XVIII, clavó en el virtual frontispicio de la Ilustración aquella exclamación en latín: "¡Sapere aude!", ¡atrévete a saber!, ¡ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!, y que marcaría a las actuales sociedades democráticas (en las que el individuo entra plenamente en la historia al ser elevado a la categoría de ciudadano) como eventual punto de destino de ese devenir histórico aún en trance de manifestarse de un modo cabal.
Más en concreto, fue esto lo que dijo Kant: "La Ilustración es la salida del hombre de la minoría de edad causada por él mismo. La minoría de edad es la incapacidad para servirse del propio entendimiento sin la guía de otro. Esa minoría de edad está causada por el hombre mismo cuando la causa de ésta no radica en una carencia del entendimiento, sino en una falta de decisión y arrojo para servirse del propio entendimiento sin la dirección de algún otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valentía para valerte de tu propio entendimiento! Esta es la consigna de la Ilustración". El punto álgido de esa trayectoria que ha llevado a lo que hoy son las sociedades de Occidente quedaría, pues, marcado por la Ilustración y lo que con ella vino: la más o menos definitiva configuración de los estados-nación occidentales, en los que hay separación de poderes, sujetos a unos textos legales unitarios y, por encima de todos ellos, a su respectiva Constitución.

Quizá os parezca atrevida y poco justificada esa afirmación mía de que el vector histórico que más decisivamente vertebra los trayectos de la historia, hasta el punto de convertirse, en mi opinión, en su mismo esqueleto, es el que transcurre desde los modos de vida impersonal, en los que el individuo está subsumido en algún modo de globalidad, generalidad o poderes trascendentes (el "nosotros", el destino o agentes sobrenaturales), hasta otros modos de vida en que el individuo aparece como protagonista, como responsable último de sus actos y decisiones. Estaríamos hablando de un proceso que transcurre en paralelo con aquel otro que, en la vida personal, parte de la inmersión del niño en su entorno de una manera tan rotunda al principio que le hace hablar de sí mismo en tercera persona (desconoce incluso la palabra "yo"), y que, transcurriendo hacia la madurez, acaba finalmente completando su propio proceso de individuación. Menos mal que, al hacer afirmaciones tan arriesgadas como las que estoy haciendo, cuento con el aval de pensadores de altura; Unamuno, para empezar, que decía: “El individuo (es) el fin del Universo”. O María Zambrano, que afirmaba por su parte: “La persona humana (…) constituye no sólo el valor más alto, sino la finalidad de la historia misma”. Aunque estamos hablando de cosas de las que apenas hemos empezado a tomar conciencia, pues, como decía Nietzsche esta vez: “En verdad, el individuo mismo es la creación más reciente”.

Atendiendo prioritariamente a éste del que hablamos, habremos de dejar relegados otros vectores, trayectorias o corrientes de la historia que serían como afluentes de aquella corriente principal: para empezar, la que transcurre entre las sociedades autárquicas y con un modo de vida rural, que en el origen, allá en el paleolítico, se fundamentaban sólo en la caza y en la recolección, y las actuales sociedades máximamente urbanizadas e inmersas en complejos modos de producción y mercantiles cada vez más unificados y globalizados. Sería una corriente histórica paralela, asimismo, a aquella que, en sus fuentes, transcurre por las sociedades cuyos vínculos interpersonales se debían a la consanguinidad, y que ha llegado hasta esta otra en que las sociedades se forman no entre parientes, sino entre ciudadanos, y cuya sangre se ha mezclado procediendo de muchos orígenes diferentes. Y no paralelo, sino formando parte, en realidad, de la misma corriente, debemos considerar el curso que conduce desde una dispersión lingüística que sería propia de una etapa histórica en la que subsisten pueblos endogámicos, autárquicos, que no precisan comunicarse entre sí, hasta esta otra en que las necesidades de comunicación cada vez más global van haciendo prevalecer los idiomas más mayoritarios.

Otra corriente histórica también subordinada es la que discurre por la diferente manera de situarse en el tiempo, el cual en las sociedades primitivas quedaba acotado dentro de los márgenes más o menos estrictos de lo inmediato y presente, mientras que en las actuales sociedades ese mismo tiempo ha abierto plenamente las compuertas del pasado y del futuro. Este último modo de entender el tiempo (lineal e irreversible) es el que ha traído a esta edad contemporánea la corriente de la historia. Un modo de tratar con él que ha roto con las ataduras que suponía aquella otra manera de entenderlo, vigente durante muchos siglos, según la cual el tiempo se desenvolvía a través de un ciclo eternamente reiterado, es decir, que se pensaba que, como en el mito de Sísifo, todo volvía una y otra vez al punto de partida, que, por tanto, la acción humana estaba condenada a la ineficiencia y al estancamiento. La manera actual de ver el tiempo es la que abre las puertas al pensamiento progresista.

Y en fin, no muy lejos de estas trayectorias transcurre también la que conduce hacia la igualdad de oportunidades entre los miembros de la sociedad, partiendo de una situación que, en lo más primario, muestra diferencias de rango no debidas al mérito o al esfuerzo, sino a los derechos de nacimiento, que han llevado, en anteriores etapas históricas, a diferencias inamovibles entre hombres libres y esclavos o siervos, entre hombres y mujeres o entre unas razas y otras.

Bien, pues habréis ido reparando en que las trayectorias que han ido dando contenido al desarrollo de la historia son aquellas cuyo sentido y finalidad han detectado las ideologías liberales para construir con ello sus propias propuestas. Pero puesto que lo que estamos planteando es que la paulatina irrupción en la historia del individuo responsable de sí mismo actúa como corriente primordial y catalizadora de los demás procesos históricos, nos detendremos preferentemente en ese desarrollo histórico principal.

Se pueden rastrear signos de ese proceso de individuación desde muy atrás en la historia. Recordaré a Protágoras, el sofista, que dejó dicho en el siglo V a. de C.: "El hombre es la medida de todas las cosas" (al decir "el hombre", estaba queriendo decir "cada hombre", cada individuo).
Pero si tratáramos de ir demasiado atrás, acabaríamos desbordando los límites de una exposición como la que estoy intentando hacer. Sólo dejaré dicho que la irrupción del individuo (la llegada a la mayoría de edad del hombre de la que hablaba Kant) a lo largo de la historia ha sido un proceso en zig-zag, oscilante y dubitativo, puesto que, al estar constituida la realidad en forma de paradoja, cuando la historia se ha inclinado demasiado del lado del individualismo, las sociedades han tendido a entrar en crisis, y, por el contrario, cuando las sociedades han sido más estables, la sustancia de lo individual ha acabado difuminada.

Así que propongo tomar la referencia del punto de inflexión que supuso el Renacimiento. En la sociedad medieval, el individuo había permanecido anulado, sin manera de asomar por los entresijos de un modo de vida establecido por una sociedad y unas creencias que tenían previsto y predeterminado todo su transcurso vital, desde el nacimiento hasta la muerte. Su posición social, su trabajo, su matrimonio, sus modos de relacionarse con los demás… todo estaba decidido desde instancias externas a él, que sólo podía aportar a esas circunstancias su simple acatamiento. Como decía Erich Fromm, refiriéndose a aquella época, “la vida personal, económica y social se hallaba dominada por reglas y obligaciones a las que prácticamente no escapaba esfera alguna de actividad”. Todo cambió a partir del Renacimiento. Cioran decía que “con el Renacimiento comienza el eclipse de la resignación. De ahí la aureola trágica del hombre moderno. Los antiguos aceptaban su destino. Ningún moderno se ha rebajado a esa condición”.

Dos maneras contrapuestas, pues, de estar en el mundo: la del hombre medieval, que se conforma con sentirse parte del cuerpo colectivo al que pertenece, y en el que hace residir, prácticamente en exclusiva, las fuentes de su propia identidad. Y la del hombre moderno, que hace su aparición en las estribaciones de la época en la que aún vivimos, y que se corresponden con el Renacimiento; este nuevo hombre rompe con las ataduras del hombre medieval y convierte su voluntad en la principal protagonista de su vida. Pico Della Mirandola, autor del "Discurso sobre la dignidad del hombre", que es considerado el manifiesto del Renacimiento, formulaba esa nueva manera de entender la vida a través de esta imaginaria exhortación que Dios dirigía al hombre: “No te he dado un puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado –le decía–. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras”. Los hombres empezaron a aprender que no había nada preestablecido, que disponían de libertad para hacer que las cosas fueran de una manera o de otra, que no existía la predestinación. La libertad, ya que no sobre el inamovible pasado, se proyectaba vertiginosamente sobre un futuro incierto y por construir. El mismo Erich Fromm al que ya hemos citado concluyó que “la historia europea y americana desde fines de la Edad Media no es más que el relato de la emergencia plena del individuo”. La Ilustración acabará recogiendo las derivaciones políticas de esta emergente capacidad de los individuos "mayores de edad" para hacerlas desembocar en la gestación de la democracia moderna, que se convertirá en la administradora de esa nueva fuerza social que resulta de la confluencia de todas las potencias que aparecen cuando el hombre es libre, cuando se convierte en ciudadano.

Sin embargo, hay que insistir en la idea de que la realidad es paradójica, y que, cuando el hombre descubre uno de los términos de esa paradoja que conforma la realidad, tiende a convertirlo en único y excluyente, tiende a exagerar la intervención de esa mitad de la realidad en la configuración de ésta. Al descubrirse a sí mismos como protagonistas de sus vidas, los individuos acabaron por exagerar la importancia de su papel en la configuración de la realidad. Del "pienso luego existo" de Descartes (es decir, de la conversión racionalista de la existencia en una derivada de mi pensamiento) se pasó a la filosofía idealista, según la cual la realidad entera es algo que está en mi mente… que depende de mi mente. En compensación, surgió en la filosofía otra corriente, el empirismo, que venía a sostener lo contrario, que el individuo no existe, que sólo es el reflejo de sus circunstancias objetivas, una tabla rasa sobre la que escriben esas circunstancias externas y que determinan lo que él es.

Pero es la otra exageración, la del individualismo extremo, la que ha acabado por imponerse en nuestra sociedad occidental, al menos en cuanto rectora de los modos de vida que prevalecen en ella. Picasso resumió esa posición cuando dejó dicho que "todo lo que puedas imaginar es real", es decir, que la realidad es lo que a cada cual le parece que es.
Este subjetivismo extremo que está en la base del posmodernismo, la filosofía hoy preponderante, se ha acabado confundiendo con la libertad, de forma que hoy la misma realidad tiende a ser considerada (de manera más o menos estricta) como un producto de mi deseo, de mi imaginación, como afirmaba Picasso, o de mis conexiones neuronales, como decía Morfeo en Matrix, una película prototípica de esta manera de estar en el mundo (Morfeo era una especie de cancerbero que facilitaba el acceso a esa forma de ficción sofisticada que en la película era la realidad): "¿Qué es lo real? –preguntaba Morfeo a Neo, el protagonista de la película– ¿De qué modo definirías lo real? Si te refieres a lo que puedes sentir, a lo que puedes oler, a lo que puedes saborear y ver, lo real podrían ser señales eléctricas interpretadas por tu cerebro".

Dudo que lo sepa, pero hoy Zapatero es un depurado representante de esta filosofía posmoderna. Lo dejó expresado en una frase concluyente, en la que remedaba la consigna bíblica según la cual "la verdad nos hará libres"; para él, por el contrario, "es la libertad lo que nos hará verdaderos", versión actualizada del "todo lo que puedas imaginar es real", de Picasso (es decir, "todo lo que te sugiera tu libertad es verdad, es real"). Entre lo que yo conozco, las aportaciones digamos que filosóficas del Presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, que me parecen más expresivas de su cosmovisión, de su manera de entender las cosas, están transcritas en el prólogo que escribió para el libro de Jordi Sevilla, “De nuevo socialismo” (Crítica, 2002). Decía allí: “Ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas, hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica”. Decía también que “si en política no sirve la lógica, es decir, si en el dominio de la organización de la convivencia no resultan válidos ni el método inductivo ni el método deductivo, sino tan sólo la discusión sobre diferentes opciones sin hilo conductor alguno que oriente las premisas y los objetivos, entonces todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas”. En suma, sostiene Zapatero que toda conclusión intelectual es contingente, que no existe la verdad ni la realidad objetiva, y que hemos de conformarnos con un sucedáneo suyo: aquello que eventualmente se acuerde a través del debate entre los interlocutores de cada momento, que hoy puede llevar a unas conclusiones y mañana a otras, porque no hay principios morales ni argumentos racionales que permitan concluir a priori que unas cosas son preferibles a otras. Todo depende de la coyuntural fuerza expositiva de la que en sus argumentos hagan gala los eventuales interlocutores. Una fuerza expositiva que el mismo Zapatero da a entender que no se refiere a la que se deriva de la razón, de la moral o de los hechos objetivos.

Partamos, por ejemplo, de la idea de Zapatero según la cual, y como en su momento llegó a decir, "la nación es un concepto discutido y discutible". A aclarar lo que finalmente sea la nación española habrán de estar destinados, por tanto, desde estas premisas, diferentes procesos deliberativos entre quienes viven en esa (supuesta) nación y que mantienen al respecto ideas contrapuestas. Y ahí estaría el estímulo decisivo que llevó, y es de temer que llevará, al Gobierno a "dialogar" con ETA. O el que hizo que en una noche de cafeína y nicotina llevó a Zapatero y a Artur Más a pergeñar el Estatut catalán que acaba de sancionar en su mayor parte el Tribunal Constitucional y que ha dejado convertida la Constitución de 1978 en papel mojado. Procesos deliberativos estos amparados bajo el presupuesto de que (lo dice Zapatero) "todo es posible y aceptable" y que no están condicionados ni por la razón ni por la moral, pero sí pueden estarlo por las pistolas en el caso de la negociación con ETA.
Y es que, en fin, no hay límite objetivo a la hora de considerar lo que es la realidad. Somos libres, según eso, de vivir en la realidad que coyunturalmente mejor nos parezca o que más consenso encuentre.

Así pues, desde la Ilustración hemos acabado derivando hacia esta perversa exageración que es el posmodernismo. De los males que se originan en esta exageración, en esta manera de entender las cosas no tengo que convenceros. No hay más que mirar el legado que nos está dejando Zapatero. Sólo quiero dejar apuntado que frente a las dos exageraciones que la modernidad ha depositado ante nosotros: la del individualismo extremo y la del empirismo también extremo, la filosofía ha elaborado ya los conceptos necesarios para resolver esa paradoja: somos una cosa y la otra, individuos frente a una realidad que nos limita y condiciona. O como de manera decisiva dejó dicho Ortega: "Yo soy yo y mi circunstancia". La realidad es lo que se me resiste y limita; ni me determina y actúa por mí, ni es algo tan maleable que yo y mis eventuales interlocutores podamos decidir sin más lo que queramos que sea, como pretende Zapatero. Y siendo hoy nuestra realidad, nuestra circunstancia tan problemática como es, no vendrá mal terminar recordando la cita completa de Ortega: "Yo soy yo y mi circunstancia. Y si no la salvo a ella, no me salvo yo".