jueves, 15 de julio de 2010

YO TAMBIÉN SOY ESPAÑOL

(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 10 DE AGOSTO DE 2010)


Hay, sin duda, muchas razones objetivas para justificar la necesidad de tener una patria: razones históricas, políticas, jurídicas, sociológicas… A la mayoría de las personas, sin embargo, les resulta difícil adentrarse en ese ámbito de objetividades, que sólo comprenden bien los estudiosos, y que, además, suelen éstos transmitir de manera confusa y a veces contradictoria, hasta el punto de que no son pocos los intelectuales que han acumulado argumentos en contra de las patrias, que muchas veces han denunciado como forma de enmascarar el racismo y la xenofobia, o de dar un barniz de nobleza a las guerras. Samuel Johnson, un destacado literato inglés del siglo de las Luces, añadió a aquellos argumentos uno nuevo al definir la patria como "el último refugio de los rufianes". Sin embargo, esas razones objetivas son sólo la contrapartida de un sentimiento que parece estar más al fondo que todas ellas, y que serviría de fundamento último sobre el que hacer descansar la necesidad de tener una patria; seguro que por aquello que decía Ortega de que “tal vez es imposible descubrir fuera una verdad que no esté preformada, como delirio magnífico, en nuestro fondo íntimo”. Es decir, que las razones objetivas del patriotismo vienen a revestir una necesidad personal, para comprender la cual quizás sea preciso adentrarse más en los dominios de la psicología que en los de la política o la sociología. Y aunque los hombres, alertados por las contraindicaciones que a menudo se vinculan a estos sentimientos, podemos llegar a negar que los tengamos, lo haremos a costa de dejar amputada nuestra personalidad, que necesita crecer a través de la satisfacción de las necesidades ligadas a ellos.

León Felipe ponía su poesía al servicio de la tarea de expresar su necesidad de tener una patria. Y así, decía:

“Y mi grito y mi verso no han sido más que una llamada otra vez,
otra vez un señuelo para dar con esta ave huidiza
que me ha de decir dónde he de plantar la primera piedra de mi patria perdida”.

En una primera instancia, parecería que con estos versos el poeta zamorano estaba aludiendo al exilio que sufrió después de nuestra Guerra Civil. Pero no es así: su añoranza y la nuestra, la sensación que, más o menos conscientemente, todos tenemos de vivir exiliados es más profunda de lo que puede caber en una concreta circunstancia objetiva. Ortega decía que “el hombre es, donde quiera, un extranjero”.
Y efectivamente, creo que nos pasamos la vida sangrando por esa herida, la que nos hace echar de menos el hogar que sentimos haber dejado atrás al comenzar esta omnipresente forma de exilio que es vivir. E inventamos la sociedad, precisamente, para tener un modo de contrarrestar aquellas añoranzas; o como nuestro primer filósofo prefería decirlo: “Para existir una sociedad es menester que preexista una separación”. Y sí, parece que es la psicología, no el pensamiento político, la que más datos o reflexiones puede aportarnos a la hora de comprender que no es algo de lo que podamos prescindir impunemente esa entrañable necesidad de reconstruir el mundo que sentimos haber perdido (ni más ni menos que el del útero materno, según algunos estudiosos de la mente), en contraposición al cual, refiriéndose a este otro en el que vivimos, pudo asimismo decir Ortega que, en algún sentido, “formamos parte de una realidad sucedánea y decaída”. Pretender que, puesto que esta necesidad se manifiesta en nosotros antes de que la razón empiece a desarrollar su labor domesticadora, es algo de lo que conviene prescindir porque nada bueno puede nacer de ello (ahí estarían, para demostrarlo, los efectos deletéreos del sentimiento patriótico de nuestros nacionalistas centrífugos), es no comprender de qué madera estamos hechos los humanos, ni alcanzar a ver cuál es la positiva potencialidad que encierran esas profundas motivaciones.

El Campeonato Mundial de Fútbol ha sacado a flote ese sentimiento patriótico de una manera a la que no estábamos acostumbrados. Justamente en un momento en que aquella visión posmoderna de Zapatero según la cual "la nación es un concepto discutido y discutible" está alcanzando sus últimos resultados con el nuevo Estatuto catalán, que ha dinamitado de hecho nuestra Constitución del 78 y el principio de igualdad entre los españoles, y con un proceso equivalente en el horizonte destinado a hacer otro tanto al menos en el País Vasco, los españoles hemos sembrado de banderas rojigualdas las calles de nuestro país, y dado cauce verbal a nuestro sentimiento patriótico con un cántico omnipresente: "yo soy español, español, español".
Errará quien juzgue tal explosión sentimental como un producto de la zona más epidérmica de nuestra personalidad colectiva: simplemente, la mayoría no cuenta con muchos más ámbitos activos sobre los que proyectar su sentimiento patriótico que el del deporte, lo cual no invalida ni rebaja el valor del mismo, que sigue vivo y dispuesto a canalizarse también a favor de otros destinos que la razón (la política, la historia, la filosofía…) descubra para él. Por ejemplo, la defensa de una España democrática unida, históricamente heredera de los valores de la Ilustración, en donde siga vigente el principio de igualdad entre los españoles, la separación de poderes, la subordinación del poder político a la ley, la independencia de la prensa respecto del poder político, el entendimiento de la labor política como un servicio a la colectividad y no como núcleo desde el que desarrollar innumerables modalidades de corrupción… Es decir, justamente aquello que nuestra clase política, al menos la que ha tenido fuerza ejecutiva, se ha dedicado sistemáticamente a destruir desde hace décadas.

Bien encauzado, aquel grito de autoafirmación de los españoles tan reiterado esta temporada es posible que algún día se ponga al servicio de una fuerza de regeneración social y política arrolladora. Que así sea, porque es lo único en lo que los que hoy vislumbramos con realismo, es decir, con pesimismo nuestro horizonte político podemos aún confiar.