sábado, 2 de abril de 2011

I-EL CAMINO HACIA LA EXCELENCIA (Y POR QUÉ SE BORRAN LAS HUELLAS)

Desde Hegel sabemos que somos una forma de compensación de lo que no somos, que la vida es el recurso que tenemos a mano para ir llenando nuestros vacíos, que nuestros límites sólo son el reto que pertinazmente busca cómo superar nuestra incorregible atracción por lo excesivo. Alfred Adler, un psicólogo injustamente olvidado y miembro de la terna que, junto a Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, revolucionó la psicología en el siglo XX, señalaba al sentimiento de inferioridad como el núcleo a partir del cual se edifica nuestra personalidad. Gracias a la angustia que nos producen nuestras deficiencias, activamos los resortes de que disponemos para sobreponernos a ellas y llegar a ser alguien.
De modo que resulta legítimo inferir que, si llegamos a alcanzar, por fin, la excelencia en la que queden redimidas nuestras insuficiencias, no hemos hecho sino añadir una capa más a la cebolla de nuestra personalidad: también en este campo de lo moral, lo superior sería sólo una elevación que se sostiene sobre los pilares de lo inferior, lo mejor no es sino la capa visible y manifiesta de lo peor, que late más al fondo, la virtud, en suma, es una derivada del vicio. Así mismo lo decía Nietzsche: “Lo peor es necesario para lo mejor del superhombre”. O bien: “La creación de valores morales es, en definitiva, consecuencia de sentimientos y consideraciones inmorales”. Kierkegaard aportaba a esta misma idea los matices propios de su religiosidad: “La bienaventuranza solamente se vislumbra a través del pecado”.
Pero resulta difícil saber o aceptar que somos una paradoja viviente. Una vez alcanzadas las cotas desde las que podemos sentir que, más o menos, hemos compensado nuestras insuficiencias, tendemos a dejar de advertir que también ellas forman parte de nosotros, a expulsar sin contemplaciones a la zona sombría de la personalidad a nuestras entrañables deficiencias, sumiéndolas en el silencio y el olvido. Entonces, tales deficiencias sólo tienen un modo indirecto de transpirar, de asomarse en nuestras conductas manifiestas: a través de la prepotencia y la soberbia, síntomas que exhibe precisamente quien cree que ha llegado a sus formas de ser compensatorias directamente, sin la ayuda de aquel sentimiento de inferioridad que, pese a todo, sigue tutelando nuestros logros. Sólo puede recibir los dones de la humildad quien sigue sabiendo que las excelencias a las que su personalidad ha logrado acceder son nada más que un préstamo que le han hecho sus deficiencias. Por el contrario, quien se oculta a sí mismo su parte menos afortunada está alimentando un peligroso parásito en su alma: “Todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas”, decía Nietzsche. Y Carl Gustav Jung, desde posiciones aún más próximas al estudio de las psicopatologías, afirmaba: “Aceptando el propio pecado se puede vivir con él, mientras que su rechazo trae consigo incalculables consecuencias”.