sábado, 2 de julio de 2011

CUÁNDO CAMBIÓ EL MUNDO (UNA DE CAL)

El hombre es culo de mal asiento. No hay, por ejemplo en política, dirigente de campaña electoral que no sepa que no se va a comer un rosco si entre las propuestas estrella de su partido no hace figurar como denominador común de todas ellas la del cambio. Una manía, porque en lo fundamental el mundo ya está cambiado. Lo de ahora es ya sólo una gestión del impulso que se desencadenó hace unos milenios, cuando las cosas cambiaron realmente. Fue, eso sí, un cambio tan radical que nos lleva periódicamente al arrepentimiento, a intentar echar el freno para que lo nuevo no se salga de madre y, mal que bien, el mundo, al menos, siga dando vueltas como de costumbre.

Hasta entonces, hasta que llegó la gran transformación, los hombres nos habíamos dedicado a administrar la eternidad, lo que estaba allí de toda la vida de Dios. Si a algo se le ocurría cambiar, por ejemplo al invierno convirtiéndose en primavera, la cosmovisión imperante tenía claro cómo reconducir el asunto y prever que eso era algo circunstancial: todo volvería, tarde o temprano, al punto de partida, incluidas las estaciones, por supuesto. La realidad era lo que siempre había sido, y el hombre, en aquel tiempo, una mera prolongación de la realidad.

Entonces llegó Prometeo, el rebelde, y abrió dos frentes de oposición a lo establecido: Grecia (la de los “indignados” de ahora, no, la otra) y el judaísmo. Sócrates dio la espalda a la realidad y nos encomendó la tarea de conocer no el mundo que nos rodeaba, sino a nosotros mismos. Los judíos se empeñaron también en no ser consecuentes con los hechos, y, por su parte, decidieron seguir los trayectos que les abría la fe. Supusieron estas dos formas de rebeldía la definitiva cristalización de aquel invento que los hombres habían llevado a cabo ya en los tiempos de Atapuerca, cuando volviéndose también de espaldas a la realidad se toparon con algo que se salía del raíl que marcaba su fisiología: la fantasía. Pero no nos descolguemos demasiado por el áspero terreno de las abstracciones, y pasemos directamente a poner un ejemplo de rebeldía contra lo real, eso de lo cual, para lo bueno y para lo malo, es última consecuencia el hombre moderno occidental.


Una productora norteamericana emite desde hace tiempo, o emitía hasta no hace mucho, una serie de televisión que ha cosechado muchos premios y que tiene el título genérico de “Masterpiece” (Obra Maestra); en ella se realizan adaptaciones de novelas, biografías o sucesos históricos. En noviembre de 2008 emitió una de esas adaptaciones titulada “Juicio a Dios”, cuyo impactante argumento viene a escenificar la disyuntiva ante la que los hombres podemos llegar a encontrarnos cuando la realidad se vuelve inaceptable. “Juicio a Dios” se basa en la leyenda de que, en el campo nazi de prisioneros de Auschwitz, un grupo de internos judíos procedentes de los ámbitos profesionales y personales más diversos, un físico, un fabricante de guantes, un rabino, un profesor de Derecho… llevaron a cabo un simulacro de juicio contra Dios, por la presunta traición que éste habría cometido al faltar a su promesa de cuidar de su pueblo, el pueblo judío, que estaba sufriendo un auténtico genocidio a manos de los nazis. El único argumento que finalmente quedaba para, eventualmente, no llegar a condenar a Dios era el de la fe, que debería sobreponerse a las terribles peripecias de las que daban testimonio cada uno de los intervinientes en el juicio. ¿Cómo entender que Dios, por alguna razón más o menos asumible, estaba castigando al pueblo judío si estaban muriendo tantas personas inocentes y buenas? ¿Tenía Dios previsto un triunfo final para el pueblo judío en el que la muerte de esas personas quedaría subsumida como holocausto, como sacrificio necesario para alcanzar aquel bien mayor? ¿Se podría rastrear esa intención de Dios en el hecho de que muchos de los que habían perseguido a los judíos a lo largo de la historia, por ejemplo los romanos, habían acabado desapareciendo mientras que el pueblo judío seguía viviendo?... Al final ninguna de esas razones se mostró como suficiente. En última instancia, como se ha dicho, para enfrentarse a tan dura realidad sólo quedaba la fe. La fe en que Dios, en su inmensa sabiduría, sabía lo que hacía y las cosas, por tanto, seguían teniendo sentido. En el juicio, sin embargo, la realidad se impuso y se acabó condenando a Dios.

Primo Levi, singular escritor judío que efectivamente estuvo internado durante diez meses en el campo de concentración de Auschwitz, fue aún más rotundo que aquel supuesto tribunal cuando afirmó: “Existe Auschwitz… no existe Dios”. Pero cuando se oían los pasos de los carceleros que se acercaban para conducir a aquellos imaginarios internos de la película a la cámara de gas, y uno de ellos, aterrado, preguntaba a otro de los que con más seguridad había inclinado las opciones hacia la condena de Dios sobre qué procedía hacer, éste le contestaba: “Rezar”. Desde el lado de la realidad, Primo Levi dio lo que podríamos entender como una respuesta alternativa, aunque retardada, a aquella misma pregunta: en 1987, después de décadas sobrellevando una vida sin Dios, vale decir sin sentido, se suicidó. Su mujer ratificó el diagnóstico: “Primo estaba cansado de la vida”. Tenía toda la razón para ello. Y lo que no tenía era fe.


Adaptado a la realidad, el hombre corre serio peligro de acabar dejando de tener motivos para seguir viviendo (los depresivos son los que, por ejemplo, más alto puntúan en “realismo” en diferentes tests psicológicos). En general, para mantener esos motivos en el contexto de este mundo absurdo, a menudo es preciso pararle un rato, bajarse y sustituirlo por los dictados de la fantasía… para, ¡cuidado!, volver a subirse acto seguido. Es la dialéctica que Ortega proponía entre ensimismamiento y alteración, que finalmente funciona de esta manera que él dice: “Frente al objeto real que la razón descubre nace así el objeto deseable o “desideratum” que la fantasía, orientada por el deseo, construye. Nuestra mente fabrica leyenda”. Desde que inventamos la fantasía, el mundo dejó de ser inamovible, y empezó a ser un campo de pruebas en el que los hombres buscamos la manera de acercarlo a los presupuestos de esa fantasía (lo que Sócrates llamaba razón y fe los judíos). Dado que el mundo es absurdo, no tuvimos más remedio que asumir la tarea de convertirlo en un lugar vivible, en otro mundo que tuviera sentido. La otra alternativa, la de Primo Levi, habría sido más rápida y expeditiva, desde luego. Hubo también quienes inventaron la resignación. Pero fueron Sócrates y la Torah los que, en Occidente, iniciaron el cambio que nos ha permitido llegar hasta aquí.