domingo, 18 de septiembre de 2011

LO TERRIBLE QUE RESULTA QUE YA NO EXISTAN LAS NARANJAS

Jamás conseguiremos ver una naranja. Sólo llegaremos a ver fragmentos de ella, nunca la naranja entera. Como la Luna, aquélla siempre nos guardará el secreto de una de sus caras, igual que vimos, no hace mucho, que el bosque nos velaba su existencia, porque siempre había árboles que nos lo tapaban. “A la naturaleza le gusta ocultarse”, dejó dicho Heráclito. Sin embargo, los hombres, llenos de fe, hemos decidido creer en lo que no vemos, y recogiendo los fragmentos sucesivos de nuestras percepciones, construir con ellos, abstrayéndonos, esas entidades inaccesibles a nuestra percepción que llamamos Luna, naranja o bosque… Bueno, corrijamos lo dicho: esa confianza que nos ha llevado a dar tal crédito a nuestras abstracciones parece haber entrado hace tiempo en una crisis galopante, y así, la cultura posmoderna, deseosa de encontrar una realidad objetiva que no dependa de nuestro subjetivo apuntalamiento, anda acuciándonos para que aceptemos que sólo existen los fragmentos de realidad, no esas abstracciones con las que habíamos dado en creer que se constituye la realidad. Olvidémonos, propone el posmodernismo, de esas falacias que no son mas que palabras, atengámonos a lo inmediato y evidente. Dejemos atrás esas construcciones mentales: “naranja”, “bosque”, “patria”, “amistad”, “marido/mujer”, “justicia”, “historia”… y atengámonos a lo que hay: el fragmento de las cosas del que nuestros sentidos se pueden hacer cargo; la porción de vida social en la que ahora estoy a gusto (ubi bene ibi patria, donde se está bien, allí está mi patria, que decía el adagio latino); el buen rollo que aquí y ahora tengo con esta persona (mañana será otro día que hoy no existe… y ya veremos); la búsqueda de un equilibrio coyuntural y contingente entre pretensiones actuales contrapuestas de partes en conflicto; los microrrelatos de lo que ocurre que el azar va dando de paso… Lo demás, ya lo dijo Roscelino de Compiègne en el siglo XII, y Guillermo de Ockham, en el XIV, lo repicó a los cuatro vientos, son “flatus vocis”, soplos de voz, simples palabras, cosas que nadie ha visto ni llegará a ver.


Así que el espíritu de esta época ha aceptado llevar sobre sus hombros la tarea de depurar la realidad de todas esas construcciones mentales que supuestamente no hacen otra cosa que distorsionarla; ha aceptado deconstruir, pues, todas las abstracciones con que la cultura parece que había ido distrayendo la forma adecuada de mirar el mundo. Algo de eso sí que debía de haber, porque desde que los hombres asumimos la nueva perspectiva no es posible negar que hemos ido recorriendo unos siglos que han sido testigos de un avance arrollador en el conocimiento de las cosas. Pero ¿era necesario llegar a donde hemos llegado? Que, efectivamente, nunca logremos conocer el bosque, ¿hace inútil y falaz la idea de bosque? ¿Sólo existe lo que está hecho de materia y nada que proceda del espíritu (ninguna sustancia en alguna medida mental) merece nuestra atención ni consideración?

Decía Ortega: “Si la ‘idea’ triunfa, la ‘materialidad’ queda suplantada y vivimos alucinados. Si la materialidad se impone, y, penetrado el vaho de la idea, reabsorbe ésta, vivimos desilusionados”. Discurrimos, pues, sobre el bisel de una forma de vivir que ineludiblemente, para ser cabal, ha de dar a esas dos vertientes: obligados a contar con lo que materialmente son las cosas, pero sin amputar de ellas lo que nos deben para estar completas. Si prescindimos de la materia (esa entidad caótica y fragmentaria), podemos acabar delirando que de lo que no vemos brotan vahos de ilusoria realidad que, fraudulentamente, aceptan tomar la forma que prefieren nuestros deseos. Pero si es lo ideal lo que pretendemos relegar, los fragmentos de realidad que entonces quedan, dejados a su albur, acaban inevitablemente desembocando en el caos, y en lo que a nosotros respecta, acabaremos aceptando ser sujetos pasivos sin ningún papel que cumplir en la constitución de las cosas que configuran nuestro modo de vivir, desilusionados o, como Pierre Janet prefirió decir, psicasténicos, sin fuerza psíquica, sin eso que Nietzsche llamaba voluntad de poder, que es la voluntad puesta al servicio del vivir más (que, finalmente, es la única forma de vivir).

El psicasténico es un realista (los tests así lo corroboran), alguien acostumbrado a mirar y a responder sólo a lo que es evidente, sólo a lo que está al alcance de los sentidos. Necesita ver para creer y conduce su mente por el cauce de su intención deconstructora de realidades no evidentes, de su des-ilusión. “Hay distancias, luces e inclinaciones –sostiene Ortega–, desde las cuales el material sensitivo de las cosas reduce a un mínimo la esfera de nuestras interpretaciones (…) La cosa inerte y áspera escupe de sí cuantos ‘sentidos’ queramos darle (…) He ahí lo que llamamos realismo: traer las cosas a una distancia, ponerlas bajo una luz, inclinarlas de modo que se acentúe la vertiente de ellas que baja hacia la pura materialidad”. Pero a los realistas, tan ceñidos a lo que alcanzan a ver sus ojos, ¡qué cosas!, se les escapa la realidad. Dice también Ortega: “Es un error creer que el aspecto más verídico de una cosa sea el que ella ofrece sometida a una visión muy próxima. Ver bien una piedra es mantenerla a tan corta distancia de nuestros ojos que percibamos los poros de su materia. Pero ver bien una catedral no es mirarla a la misma distancia que una piedra. Para ver bien una catedral hemos de renunciar a ver los poros de sus sillares y alejarnos de ella debidamente”. También Nietzsche sentenciaba: “Demasiado primer plano hay en todos los hombres, ¡qué tienen que hacer allí los ojos que ven lejos, que buscan lejanías!”. Esa distancia necesaria para ver bien las cosas es la que va desde la materia hasta la realidad, es una capa concéntrica que se superpone, sin negarlo, a lo material, y está hecha de sustancia espiritual, de conceptos.

Persiguiendo el rastro que nos dejan tales reflexiones, llegaremos a concluir, efectivamente, que los fragmentos de realidad que hoy pretenden imponérsenos como únicos depositarios de verosimilitud son simples percepciones de quien cree que el mundo es sólo lo que está pegado a sus ojos (que sólo existe la mitad de naranja que ve). Están esas otras realidades distantes, no evidentes, como son la justicia, la historia, los bosques y hasta las naranjas, para apreciar las cuales no sólo hemos de alejarnos, sino abstraernos de ellas, salir de su realidad inmediata, hasta llegar a esa zona de nuestra intimidad de donde ha de salir lo que aquélla necesita para convertirse en realidad cabal: nuestros conceptos. ¿Que preferimos quedarnos sólo con los fragmentos, con la realidad evidente y tangible, con el ir y venir de lo que nunca llega a entreverarse del todo con nuestros conceptos? Hemos optado entonces por el caos, que sí, que es el fondo último de todas las cosas y a lo que todas ellas vuelven una y otra vez. Pero entre tanto, si queremos saber que podemos comer esos fragmentos deslavazados que tenemos ante nosotros, hemos de contar con ese atractor de recuerdos que es el concepto (ya dijo Platón que pensar es recordar, captar similitudes) y que nos permitirá saber que, de modo semejante a otras veces que hemos comido postre, se trataba de una naranja. De otra manera, si nos faltara el concepto, tendríamos que rehacer cada vez la experiencia desde su momento inicial (justo lo que los artistas de vanguardia querrían). Como Ortega también decía: “Si no hubiera más que ver pasivo quedaría el mundo reducido a un caos de puntos luminosos. Pero hay sobre el pasivo ver un ver activo, que interpreta viendo y ve interpretando: un ver que es mirar. Platón supo hallar para estas visiones que son miradas una palabra divina: las llamó ideas. Pues bien, la tercera dimensión de la naranja no es más que una idea, y Dios es la última dimensión de la campiña”.