sábado, 1 de octubre de 2011

EL DÍA DESPUÉS DEL FIN DEL MUNDO

“Cuando todo prejuicio y superstición son descartados, surge la pregunta: ¿y ahora qué? ¿Cuál es la verdad que ha difundido la Ilustración en lugar de esos prejuicios y supersticiones?”. Así razonaba Georg Wilhelm Friedrich Hegel, una de las mentes más preclaras de todos los tiempos, intuyendo el callejón de difícil salida en el que, para seguir avanzando, se había metido la historia. Con la llegada de la Ilustración se había llegado, efectivamente, a un punto sin retorno: definitivamente, y gracias a la apertura de mentes que ella, como punta de lanza de la Modernidad, estaba impulsando, se había venido a comprender de forma cada vez más generalizada que el hombre se encontraba solo, que no había nadie detrás de él dictándole lo que de manera insoslayable estuviera moralmente obligado a hacer, ninguna instancia sobrenatural a la que recurrir cuando a uno le flaqueen las fuerzas, ninguna meta prevista, ningún orden preestablecido que garantice que se acabará premiando al que actúe bien y castigando al que lo haga mal, ningún ser trascendente a quien agradecer la fortuna ni a quien culpar por la desgracia… Los hombres empezábamos, en fin, a entender que no había ninguna entidad paternal por encima de nosotros recogiendo y atendiendo nuestros rezos y súplicas, último recurso que muchas veces nos quedaba cuando todos los demás habían demostrado su inoperancia; que era inútil esperar consuelo cuando los hombres o el destino nos lo negaban; que nadie nos iba a perdonar unas culpas para descargarnos de las cuales no valieran las instancias de este mundo; que nadie vendría a socorrernos cuando, habiendo arribado a los extremos de nuestra soledad, tuviéramos miedo. Y aún más (algo realmente aterrador): acabamos por descubrir ya definitivamente que somos mortales. Hasta aquí hemos llegado, o al menos estamos en ello.


A la vista de tales descubrimientos no precisamente reconfortantes, parece que lo mejor hubiera sido echarse a correr gritando ¡socorro! Pero ¿hacia dónde correr y a quién pedir ayuda? ¡Estamos solos…! Nos vienen tentaciones de maldecir esa historia, ese progreso fatal que ha acabado destripando nuestras fuentes de consuelo, nuestras benévolas mentiras, nuestros entrañables prejuicios y supersticiones. Ya prácticamente nadie los cree seria y profundamente, y de los pocos restos que quedan difícilmente se puede evitar pensar que tienen un futuro similar al de los pueblos que poco a poco están siendo abandonados, porque también han quedado situados en los márgenes de la historia. El consuelo y quien lo concedía han muerto y estamos solos con lo que esa muerte nos ha dejado: nuestra angustia.

¿Y para qué demonios nos puede servir la angustia? ¿Qué tiene ella que no hiciera preferible aquél consuelo, aunque fuera falaz y engañoso, que nos la evitaba? “El principio de la sabiduría es el temor”, decía, sin embargo, Miguel de Unamuno, aquel ateo que creía en Dios. “Por el miedo se explican todas las cosas, el pecado original y la virtud original”, decía por su parte Nietzsche. “No hay más que una vida desperdiciada –viene Kierkerkegaard, otro cristiano de la misma estirpe que Unamuno, a ayudarnos en esta reflexión–, la del hombre que vivió toda su vida engañado por las alegrías o los cuidados de la vida”. Y uno más que parece preferir la angustia al consuelo, ¡y que en el colmo de la paradoja también busca a Cristo, el que parecía el último baluarte frente al miedo, como referente!, es León Felipe, como muestra en estos versos:

“Cristo
Viniste a glorificar las lágrimas...
no a enjugarlas...
Viniste a abrir las heridas...
no a cerrarlas.
Viniste a encender las hogueras...
no a apagarlas
Viniste a decir:
¡Que corran el llanto,
la sangre
y el fuego...
como el agua!”
Peculiar confluencia de ideas ésta en que quien sancionó la muerte de Dios comparte ámbitos de reflexión con poetas y filósofos que buscan la referencia del cristianismo. Todos ellos parecen situarse en un punto extremo, aquél en el que la angustia (esto es, el temor que trasciende de cualquier motivo concreto) pasa de ser algo a evitar a toda costa (incluso con consuelos ilusorios) a convertirse en sustrato y palanca desde los que impulsar la vida. Porque –prosigamos con Kierkegaard esta vez– “la angustia, sin embargo, no es hermosa por sí misma, sino solamente cuando aparece acompañada por la energía que sabe dominarla”.
Hay que ascender, pues, hasta donde consigamos sobreponernos a ella, no eludirla. Primero tocar fondo, tras arrancar de nosotros toda la costra de ilusión que nos mantenía atrapados en ese ámbito infantil que nos permitía eludir la angustia, hundirnos en la desesperación, para después ascender, con nuestros propios medios, sobre ella. O como Nietzsche decía: “Debemos experimentar en nosotros el nihilismo para llegar a comprender cuál era el verdadero valor (…) Éste es solamente un estado de transición”.

Bien, pues nuestra actual cultura, la que heredamos de la Ilustración y ha proseguido por un camino cada vez más poblado de incertidumbres, ha hecho perfectamente la mitad de la tarea: nos ha enseñado a hundirnos en la desesperación, a prescindir de toda ilusión, de todo consuelo engañoso, a ensimismarnos en la soledad y en la apoteosis del subjetivismo, a desdeñar el pensamiento mágico, las supersticiones, los prejuicios. Ha sido una cultura que ha sabido colocarnos eficazmente ante el abismo de las verdades desnudas… ¡Pero aún queda la otra mitad de la tarea por hacer! “Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado”, decía Nietzsche por boca de Zaratustra; sin embargo, aunque nos hemos hundido en nuestro ocaso maravillosamente bien, no estamos sabiendo pasar al otro lado.


“Vuestro sí-mismo (…) no es capaz de hacer lo que más quiere: crear por encima de sí. Eso es lo que más quiere, ese es todo su ardiente deseo”, decía el mismo Nietzsche, renegando de quienes han interpretado que su mensaje quedaba interrumpido en la asunción del nihilismo. Para nuestro tiempo está todavía prácticamente virgen, sin hollar, el camino que parte de la desesperación, sí, pero asciende desde allí hacia el hombre renovado (el “superhombre” lo llamaba Nietzsche), hacia la conversión de la energía, que en estado de inercia se manifiesta como angustia, en energía creadora, en inquietud que ponga en marcha nuestro destino más propio y genuino. “Es de la desesperación y sólo de ella de donde nace la esperanza heroica, la esperanza absurda, la esperanza loca”, confirma Unamuno. Y de nuevo León Felipe:

“Marinero...
capitán...
no te asuste
naufragar,
que el tesoro que buscamos,
capitán,
no está en el seno del puerto
sino en el fondo del mar”

Por eso decía también Nietzsche que “siempre aniquila el que tiene que ser un creador”; es preciso tener el valor de derruir el mundo de lo ilusorio, naufragar en el mar de los prejuicios y supersticiones para renacer en un mundo surgido de la verdad desnuda y de la consiguiente desesperación. Cuando aquel viejo mundo llegue a su fin, quedará todo un nuevo mundo por construir. León Felipe explica a su manera lo que significa la asunción de las nuevas, y para empezar dolorosas, responsabilidades:

“Puedo justificar mi orgullo:
el mundo nunca se ha movido
ni se mueve ahora mismo sin mi llanto”


Ese (nuevo) mundo es el que necesita de mí (de cada mí) para existir. Las nuevas tareas no se llevarán a cabo en respuesta a una exigencia exterior o que no nos tenga en cuenta. “Olvidadme ese “por”, creadores –recomienda, en este sentido, Nietzsche–: precisamente vuestra virtud quiere que no hagáis ninguna cosa “por” y “a causa de” y “porque”. A estas pequeñas palabras falsas debéis cerrar vuestros oídos”. Nadie ni nada ha de imponernos, prescindiendo de nosotros, lo que moralmente estamos obligados a hacer: nuestra conducta, aunque necesariamente habrá de estar dirigida hacia nuestra circunstancia, ha de brotar de nosotros mismos, somos nosotros quienes hemos de exigírnosla, porque los nuevos principios que han de regir nuestro comportamiento no están ya prescritos, es nuestra voz interior la que ha de guiarnos. Incluso si por ello tuviéramos que enfrentarnos a todos esos “por”, “a causa de” o “porque”. El orden, el sentido, la razón… lo mismo que el consuelo, ya no vendrán impuestos ni concedidos. O nos responsabilizamos de ellos en primera persona o no llegaremos a conocerlos; regresaremos entonces a aquel viejo mundo que nos venía ya dado.

Ese viejo mundo ya no sirve. Ha muerto. Lo que en él estaba iluminado ha quedado a oscuras. Y hemos de aprender a ver y a guiarnos en el nuevo mundo con otra luz, la que ha de surgir de nosotros mismos en libertad.