domingo, 9 de octubre de 2011

NEUTRINOS: EL FUTURO DESEMBOCANDO EN EL PASADO (¿TÓ PA NÁ?)

Un día (o algo así) la nada quiso vivir, así que estalló en miríadas de individualidades. Pero ocurre que la individualidad, lo irrepetible… la existencia es una carga difícil de sobrellevar, de manera que cada una de esas mónadas empezó también, en el mismo instante de nacer, a dar vueltas sobre lo mismo, a añadir a su trayectoria centrífuga otra orbital, buscando así la manera de regresar a lo invariable y atender a su otra fuente de atracción. Por aquello tuvo que ser por lo que Cioran decía que “al principio fue el Crepúsculo”. Las órbitas trazadas abarcaban un perímetro mayor o menor, según fuera todavía la fuerza centrífuga de la ambición, del deseo de trascender, de, como Nietzsche decía, “superarse siempre a sí mismo”, que en eso es en lo que consiste la vida. Cuanto más lejana estuviera la meta, el punto una vez llegado al cual toca ya descansar y, por tanto, repetir, más intensa sería todavía la vida, el ansia de alcanzar lo nuevo, lo desconocido, la individualidad.


El animal –no digamos ya la planta, y mucho menos la roca–, no tardó mucho en reducir el diámetro de su órbita vital. Cualquiera de ellos restringe su vida hasta adaptarla a los márgenes de un espacio, un territorio concreto, al cual se aferra. Una vaca, por ejemplo, se conformaría con unos cuantos metros de tierra cubierta de hierba y un rincón para dormir: allí echó el ancla de sus ambiciones, de su impulso vital, de ese prurito que en los hombres todavía nos empuja en pos de nuestra individualidad. No en todos, o no de la misma manera, porque el mismo Nietzsche dejó lanzado este reproche: “Demasiado primer plano hay en todos los hombres, ¡qué tienen que hacer allí los ojos que ven lejos, que buscan lejanías!”.

Aceptando estas acotaciones, ensayemos a decirlo de esta manera: los hombres, más o menos, somos seres aún dispuestos a enfrentarnos al caos, a lo desconocido, a lo irrepetible, dispuestos a seguir expandiéndonos, como el universo mismo en su conjunto, del que, que se sepa, venimos a ser la punta de lanza. Los más decididos aún tenemos hambre de futuro. Y aún somos capaces de dirigir nuestra mirada a la lejanía y más allá.


En “2001: una odisea en el espacio”, Stanley Kubrick (uno de los mejores directores de cine de la historia), juega con el tiempo: arranca su película con el primer homínido que descubrió el camino de la humanización; salta después al futuro de la tecnificación y los viajes espaciales, y termina con un nuevo salto, pero en la dirección contraria: el repentino envejecimiento del protagonista, que, inmediatamente después y en súbita regresión, acaba finalmente convertido en un feto flotando en el espacio. La música de la banda sonora no es casual: la introducción del poema sinfónico “Así habló Zaratustra”, de Richard Strauss, que él denominó “Amanecer” (http://www.youtube.com/watch?v=vahx4rAd0N0&NR=1). Se trata de una sinfonía inspirada en la obra homónima de Nietzsche, en la cual el filósofo se adentra, de forma tímida y vacilante (como el mismo Kubrick, que nunca llegó a explicar sus intenciones al respecto) en el laberinto del tiempo, hasta concluir en esa impactante formulación, con perplejidad incorporada, que llevó a cabo después de comprobar (estamos tratando de entender a Nietzsche, no aceptando exactamente lo que dice) que todo retorna al punto de partida, que el futuro, en el extremo, desemboca en el pasado, que, en última instancia, y como reza el epitafio que un inspirado gaditano decidió poner en su tumba: “tó pa ná”. Antonio Machado venía a decir lo mismo, aunque en un formato menos reducido:

“El hombre es por natura la bestia paradójica,
un animal absurdo que necesita lógica.
Creó de nada un mundo y, su obra terminada,
‘Ya estoy en el secreto –se dijo–, todo es nada’.”
Y esta otra fue la manera en que de modo más acabado dejó expuesta Nietzsche, en “La Gaya Ciencia” su idea del eterno retorno (del “tó pa ná”): “¿Qué ocurriría si día y noche te persiguiese un demonio en la más solitaria de las soledades diciéndote: ‘Esta vida, tal como al presente la vives, tal como la has vivido, tendrás que vivirla otra vez y otras innumerables veces, y en ella nada habrá de nuevo; al contrario, cada dolor y cada alegría, cada pensamiento y cada suspiro, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño de tu vida se reproducirán para ti, por el mismo orden y en la misma sucesión; también aquella araña y aquel rayo de luna, también este instante; también yo. El eterno reloj de arena de la existencia será vuelto de nuevo y con él tú, polvo del polvo’ ”.


Un equipo científico europeo a caballo entre Italia y Suiza acaba de comprobar que unas partículas de masa subatómicas, los neutrinos, son capaces de trasladarse a una velocidad más rápida que la de la luz. La implicación más sorprendente del experimento es que eso supone que las partículas pueden ir hacia el pasado, algo así como si, cuando empezaran a salir, ya haría un rato que hubieran llegado. Los neutrinos juegan con el tiempo, como Kubrick. Cuando Nietzsche, pensando, se metió en ese laberinto en el que el pasado y el futuro bailan agarrado (podría ser que el mismísimo vals del “Danubio Azul”, de Johann Strauss, que también utiliza Kubrick en la banda sonora de su película), acabó concluyendo que la fórmula que mejor expresaba esa paradoja era… la risa; también se puede decir que el silencio, porque ¿cómo expresar a la vez una cosa y su contraria? “¡Silencio! ¡Silencio! ¿No se ha vuelto perfecto el mundo en este instante? (…) Así ríe un Dios. ¡Silencio!”. Aún más, advierte el filósofo alemán: “¡Y sea falsa para nosotros toda verdad en la que no haya habido una carcajada!”.

Esta paradoja que forma el tiempo (que incluso da origen al tiempo) según la cual avanzamos para conseguir regresar y sentimos nostalgia de lo que nunca hemos tenido, de una u otra manera viene entreverándose con los actos y reflexiones de los hombres. Y lo ha hecho desde siempre, porque decía el antropólogo e historiador de las religiones Mircea Eliade que ya “el hombre arcaico soporta difícilmente la ‘historia’ y (...) se esfuerza por anularla de forma periódica”. Más o menos, lo mismo que han venido a hacer los neutrinos. Puede que fuera en el siglo VI a. de C. cuando Lao Tsé ya decía asimismo que “el retorno es la acción del Tao”. Lo cual congenia perfectamente con lo que Kierkegaard pensaba al afirmar: “He aquí la repetición. Ahora comprendo todas las cosas y la vida me parece más bella que nunca”. Unamuno, el alter ego español del filósofo danés lo explicaba: “Se vive en el recuerdo y por el recuerdo, y nuestra vida espiritual no es, en el fondo, sino el esfuerzo de nuestro recuerdo por perseverar, por hacerse esperanza, el esfuerzo de nuestro pasado por hacerse porvenir”. Idéntico, ¡vaya por Dios!, al esfuerzo que llevan a cabo los neutrinos, aunque formulado al revés. El mismo Unamuno expresaba también esta idea en lenguaje poético:

“Vuelve hacia atrás la vista, caminante,
verás lo que te queda de camino;
desde el oriente de tu cuna el sino
ilumina tu marcha hacia delante.

Es del pasado el porvenir semblante,
como se irá la vida así se vino;
cabe volver las riendas del destino
como se vuelve del revés un guante.”
“¡Oh alma mía (…)! –exclamaba Nietzsche por su parte– El futuro y el pasado ¿dónde estarían más próximos y juntos que en ti?”. ¿Dónde? En los neutrinos y en los juegos cinematográficos de Kubrick, sin ir más lejos.

No hay que extrañarse demasiado, por tanto, de estos descubrimientos de los científicos europeos: estamos acostumbrados a que sea en el trayecto de la vida donde encontramos esas mismas paradojas. Aunque es preciso incluirlas en una interpretación que no nos vuelva bizcos o majaretas, o aún más, que no nos lleve al desistimiento de seguir adelante, porque ¿para qué esforzarse si, hagamos lo que hagamos, todo acaba volviendo al punto de partida?

Es cierto que avanzamos hacia el futuro porque no tenemos otro modo de regresar al pasado. En el acto sexual queda explícito de manera suprema nuestro profundo deseo de regresar al lugar del que partimos, que no puede ser el mismo útero, ni es posible regresar del todo: nos conformamos, las mujeres identificándose con el útero que abandonaron, y los hombres, depositando en su equivalente algo que nos representa: nuestros espermatozoides. Pero la nada de partida ya nunca más podrá ser recuperada: es sustituida por equivalentes cada vez más complejos y cada vez más alejados de ella. Como le ocurrió a la Roma clásica, de la que dice Pierre Grimal que sólo aspiraba a que la dejaran vivir en paz, pero ello la obligaba a una permanente ampliación de sus fronteras, conquistando aquellos territorios que potencialmente la amenazaban. Cada hombre, tratando de apaciguar nuestras inquietudes para así regresar a ese ámbito de paz del que al nacer fuimos expulsados, lo que realmente acabamos haciendo también es progresar, no regresar; ganar en complejidad, no retirarnos hacia la simplicidad uterina, avanzar hacia el futuro… aunque parezca que volvemos al pasado.

Todo lo que de nosotros y de nuestro mundo volviera hipotéticamente al pasado no podría evitar llevar sobre sí la carga (el aumento) de lo ya vivido, de la complejidad adquirida en el camino hacia el futuro. Incluso un neutrino, si fuera algo más que pura simplicidad, cuando regresara al pasado, lo haría con el valor añadido de todo lo que llevaba recorrido en dirección hacia el futuro. Nada, ni un supuesto viaje al pasado, podría quitarnos lo bailao; por tanto, no regresaríamos al pasado sino sólo a un equivalente simbólico suyo. La regresión nunca sería circular, sino en espiral, porque mientras regresáramos, seguiríamos avanzando. Sólo en una cultura perfectamente posmoderna sería posible creer en la deconstrucción de lo que hemos alcanzado a ser, creer que la historia no hace sino añadir capas irreales a lo que en nuestra realidad más simple, fragmentaria y auténtica fuimos una vez. ¡Vaya!… justo es ésa, la posmoderna (la que nació en ese fragmento de la filosofía de Nietzsche en el que pasado y futuro se identificaban), la cultura dentro de la cual unos científicos han formulado esa posibilidad de que en el futuro estuviera aguardando el pasado. Yo, que no me siento nada posmoderno, mientras tanto, seguiré pensando que el feto del final de la película de Kubrick era sólo un símbolo del trayecto de la espiral que nos espera en el futuro. Porque en realidad, por mucho que lo deseáramos y aunque hoy tocara revestir lo contrario de lenguaje científico, nunca más regresaremos al estado fetal.