domingo, 6 de noviembre de 2011

CAVILACIONES SOBRE ESPAÑA DE UN OPTIMISTA BIEN INFORMADO

En la vida de los individuos, a la larga, los logros acabarán estando siempre por debajo de las aspiraciones. O dicho de otra manera: en ese contexto, todo tiende hacia el fracaso, y finalmente, hacia el mayor de todos, la muerte. Como decía Don Quijote al final de la novela, en un momento tan declinante como lúcido: “Yo, Sancho, nací para vivir muriendo”. Éste es el primer principio metodológico que un optimista bien informado debería de aplicar al análisis de las situaciones humanas. Hasta ahí no me ha sido difícil encontrar los puntos básicos de coincidencia con quien me ha hecho llegar su opinión a propósito de mi deprimente visión de la sustancia política, moral y existencial de mis compatriotas expuesta en el artículo anterior. En lo que me ha resultado más difícil encontrar puntos de acuerdo es a propósito de la posibilidad de que nuestra actual situación, tan ejemplar en el sentido de dar expresión a lo que está en ciernes de convertirse en un rotundo fracaso colectivo, sea un posible punto de partida hacia la superación de todos los dislates que en ella se contienen (en lo colectivo, al contrario que en los individuos, la historia empuja siempre, a la larga, hacia algo mejor). Para quienes creemos que las cosas (las malas y las buenas) son sólo el descanso que la vida y la historia se toman mientras preparan su renovada marcha hacia el destino que más adelante les espera (es decir, para quienes somos progresistas), los fracasos históricos actuales son sólo el ingrediente más habitual con el que se van componiendo los éxitos del futuro. Es lo que, más o menos, venía a decir María Zambrano cuando afirmaba: “Toda muerte va seguida de una lenta resurrección, que comienza tras el vacío irremediable que la muerte deja” (sólo un matiz le añado a Zambrano: cuando los individuos morimos del todo, el vacío que dejamos, en mi opinión, sólo lo rellena la historia. A los individuos nos espera el olvido, no la resurrección).

Cuando en el artículo anterior hablábamos del desinterés de los españoles por la cosa pública en unos momentos como los actuales, tan dramáticos y tan necesitados de nuestra atención y de nuestro sentido de la responsabilidad, habríamos de añadir que no parece que con ello estemos distinguiéndonos sustancialmente de los comportamientos que, en general, caracterizan a los hombres de nuestro tiempo y de nuestro ámbito cultural. Alexis de Tocqueville, precursor de la sociología y uno de los más importantes ideólogos del liberalismo, en “La democracia en América”, que publicó en 1835, advertía ya de este estado de ánimo colectivo que veía venir y que consideraba el perfecto correlato de incipientes y originales formas de totalitarismo: “Quiero imaginar –decía– bajo qué riesgos nuevos el despotismo puede producirse en el mundo: veo una multitud innumerable de hombres semejantes e iguales, que dan vueltas sin descanso sobre sí mismos, para procurarse pequeños y vulgares placeres, de los que llenan su alma. Cada uno de ellos, mantenido aparte, es como extraño al destino de todos los demás: sus hijos y sus amigos forman para él toda la especie humana; en lo que se refiere a sus conciudadanos, está a su lado, pero no los ve; los toca y no los siente; no existe más que en sí mismo y para él solo, y, si le queda todavía una familia, por lo menos se puede decir que ya no tiene patria”.

Este clarividente Tocqueville desvela aún más explícitamente de qué forma ve que ese desinterés por lo público, por el bien general, aboca hacia renovadas formas de totalitarismo: “Por encima de ellos (de aquellos hombres que “dan vueltas sin descanso sobre sí mismos”) se alza un poder inmenso y tutelar, que sólo se encarga de asegurar su bienestar y velar por su suerte. Es un poder absoluto, detallado, regular, previsor y suave. Se parecería al poder paterno si, como él, tuviese como objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero no se persigue, al contrario, más que mantenerlos irrevocablemente en la infancia; le gusta que los ciudadanos se diviertan, con tal de que no piensen más que en divertirse. Trabaja a gusto por su felicidad; pero quiere ser su único agente y su único árbitro; provee a su seguridad, prevé y asegura sus necesidades, facilita sus placeres, conduce sus principales asuntos, dirige su industria, regula sus sucesiones, divide sus herencias (¿no puede suprimirle por completo el trastorno de pensar y el trabajo de vivir?). De esta manera, a diario, hace menos útil y más raro el empleo del libre arbitrio; encierra la acción de la voluntad en un espacio más pequeño, y arrebata, poco a poco, a cada ciudadano, hasta el uso de sí mismo” .Hablaba, pues, Tocqueville, en lo fundamental, de un estado que procuraba una determinada clase de bienestar a cambio de reducir la libertad y la responsabilidad individuales. Sólo sería cuestión, por nuestra parte, de valorar si eso ha tenido ya lugar para apreciar la pertinencia de su análisis.


Así, pues, y si esta actitud de irresponsabilidad cívica se hallara generalizada, ¿es que la historia está yendo hacia atrás? ¿La libertad que tantas puertas viene abriendo al hombre occidental desde los comienzos del Renacimiento ha acabado resultando ser un peso excesivo del que los hombres quisieran desprenderse como de un lastre que les impidiera ser felices dedicándose a sus privados intereses? Sí y no. Ambivalencia ésta que el mismo Tocqueville formula de la siguiente manera: “Nuestros contemporáneos son incesantemente asaltados por dos pasiones enemigas: sienten la necesidad de ser conducidos y el deseo de seguir siendo libres” .

Ocurre, para empezar, que estamos pagando el impuesto vital que significa la posesión de un bien enorme, pero que ha aumentado proporcionalmente la carga de nuestra responsabilidad: efectivamente, se trata de la libertad, es decir, la obligación (¡ya estamos con las paradojas!) de responder a las exigencias que la vida (personal y colectiva) nos impone con nuestras propias fuerzas, sin esperar que venga ningún poder externo a decirnos o a exigirnos lo que tenemos que ser y, en última instancia, lo que hemos de hacer. Y, concretando, en lo que se refiere a nuestra vida colectiva como españoles, pues sí, andamos trasteando, intentando eludir nuestras obligaciones, dejando hacer a nuestros dirigentes sin preocuparnos demasiado de las consecuencias que éstos han preparado en decidida proyección hacia la catástrofe. Hemos creído que libertad significaba lo que a los ojos de un niño viene a significar: que cada cual haga lo que le parezca, que atienda a su estricto interés y que el resto del mundo se las apañe como quiera o pueda.

Pero es posible que nuestra niñez colectiva tenga los días contados. Intentar prolongarla todavía más significaría adentrarnos en un proceso que, haciendo uso de métodos diagnósticos previstos por la psicología clínica, podríamos decir que desembocaría en la psicosis colectiva. La historia lleva dándonos a los españoles un plazo largo y suficiente: tuvimos un siglo XIX, especialmente sus tres primeros cuartos, catastrófico, después de un siglo XVIII bastante reparador. Llevamos tan lejos nuestra pulsión disgregadora (la que surge del arrepentimiento de la libertad y de la madurez que supuso la Ilustración), que en el siglo XX acabamos desembocando en una guerra civil (las tres guerras carlistas, durante el XIX, sirvieron de entrenamiento). Siguieron una larga dictadura y una tortuosa Transición que a estas alturas ha dejado al descubierto todas sus deficiencias. Ahora la historia asoma ya con sus perentorias exigencias, viene pidiéndonos cuentas. Si esto fuera un casino, el crupier estaría ya diciendo: “no va más”.


¿Y quién demonios es esa historia metomentodo que pone plazos, dicta labores y amenaza con castigos? María Zambrano tenía para esto una respuesta: “La historia, toda ella, pudiera titularse: ‘Historia de una esperanza en busca de su argumento’ ”. Efectivamente, no sabemos del todo a dónde, pero vamos a algún sitio. Nuestra parte infantil (a veces insidiosamente camuflada como progresismo o incluso como filosofía digamos que antihistoricista) se rebela y viene diciendo que no, que vamos a donde nos da la real gana, que sólo somos tributarios del azar, el cual nos deja plena “libertad” para hacer esto o aquello, tirar hacia esta dirección o la contraria. En este sentido, una vez oí a un dirigente batasuno (juraría que era el mismo que hoy dirige la Diputación Foral guipuzcoana) decir que, independientemente de las razones que pudieran asistirles, los vascos debían decidir libremente qué es lo que quieren ser; es eso mismo del chiste según el cual uno de Bilbao nace y es de donde le da la gana. Tiempos éstos desquiciados en que el infantilismo ha llevado también, por ejemplo, hasta la posibilidad de decidir que en el Registro Civil uno pueda inscribirse “libremente” como hombre o como mujer, o en que el arte haya quedado en buena medida consagrado como la apoteosis de la fealdad y del mal gusto. La libertad convertida en infantil juguete multiusos…


La historia, mientras tanto, nos está imponiendo la tarea de recuperar nuestra salud nacional y seguir desde ahí caminando hacia nuevas complejidades de la vida colectiva. Ortega cifraba esa salud en el hecho de que las clases sociales, los gremios y el resto de los grupos sociales a través de los que se articula el cuerpo nacional “tengan viva conciencia de que son un trozo inseparable, un miembro del cuerpo público”. Los movimientos de secesión étnica y territorial son hoy la expresión más cabal de esa falta de salud nacional que nos aqueja. De forma más o menos declarada, estos movimientos querrían regresarnos a un tiempo anterior al siglo XVIII (¡en algún sentido, incluso a tiempos anteriores a la civilización romana!), como intentaron hacerlo aquellos carlistas que, para tratar de permanecer o volver al Antiguo Régimen, metieron a nuestros predecesores en tres guerras civiles. También decía Ortega que “la historia es la recuperación del tiempo perdido”. O sea, que nos descuenta el plazo en el que hemos andado despistados (sobre todo, ese siglo XIX y, en buena parte, también el XX, que tan entregados estuvieron al extravío), pero, llegado el momento, sus trayectos o se enderezan o se acaban yendo a hacer gárgaras. Y nuestra nación (el ámbito colectivo del que nuestra libertad responsable ha de cuidar) con ellos.

En ésas estamos.