domingo, 11 de marzo de 2012

El miedo al libre juego de la oferta y la demanda

La actividad humana, para ser auténticamente productiva, necesita de la libertad, algo que en Occidente empezó a ser posible realmente sólo a partir del Renacimiento. Antes, durante la Edad Media, cuenta Erich Fromm en “El miedo a la libertad” que “la vida personal, económica y social se hallaba dominada por reglas y obligaciones a las que prácticamente no escapaba esfera alguna de actividad”. Ortega y Gasset abunda en la misma idea: “En el siglo XIV el hombre desaparece bajo su función social. Todo es sindicatos o gremios, corporaciones, estados. Todo el mundo lleva hasta en la indumentaria el uniforme de su oficio. Todo es forma convencional, estatuida, fija; todo es ritual infinitamente complicado”. Y Jacob Burckhardt, el más reconocido historiador del Renacimiento, decía también de los previos tiempos medievales: “El hombre se reconocía a sí mismo sólo como raza, pueblo, partido, corporación, familia u otra forma cualquiera de lo general”. En conclusión, y volviendo a Ortega, “el llamado Renacimiento es, pues, por lo pronto, el esfuerzo por desprenderse de la cultura tradicional que, formada durante la Edad Media, había llegado a anquilosarse y ahogar la espontaneidad del hombre”.

Pico della Mirandola, cuyo “Discurso sobre la dignidad del hombre” es considerado como el manifiesto del Renacimiento, imaginaba a Dios dirigiéndose al hombre en los nuevos tiempos de esta manera: “No te he dado un puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras”. La libertad desató en los hombres y en las sociedades un potencial creativo y productivo de una magnitud que queda en evidencia al comparar el actual, que históricamente comenzó en el Renacimiento, con el que era propio de la Edad Media, cuando todo estaba regulado y condicionado por las burocracias gremiales, sindicales, corporativas y estatales, así como por infinidad de normas y planes preestablecidos. ¿Y cómo es posible que la libertad, animando a cada individuo a producir por el sólo incentivo de los beneficios que extrae de su particular actividad, haya podido conducir a este desarrollo inmenso que, partiendo de los países que alumbraron el Renacimiento, hoy abarca, con mayor o menor intensidad, a todo el globo terráqueo?

Cuando el liberalismo habla de la “mano invisible” (así lo llamó Adam Smith) que pone en conexión los intereses particulares de cada productor, hasta conseguir que funcione la economía general de los países (y hoy incluso la economía global), no está haciendo una interpretación ideológica, sino una descripción. Milton Friedman, Premio Nobel de Economía de 1976, hizo famoso su ejemplo de cómo se produce un lápiz y llega hasta la mesa de quien lo usa finalmente: en esa producción hay muchísimas personas involucradas, desde el que planta árboles o extrae mineral, hasta el papelero que se lo vende al consumidor final. Como dice Friedman, para llegar a producir ese lápiz, “nadie sentado en una oficina central impartió órdenes a miles de individuos. Ninguna policía militar hizo cumplir aquellas órdenes que nunca se dieron. Estas personas viven en diferentes lugares, hablan distintas lenguas, practican diferentes religiones, pudiendo incluso odiarse mutuamente –aunque ninguna de estas diferencias les ha impedido cooperar para producir el lápiz. ¿Cómo pudo suceder?”. Quien lo ha conseguido es un ente que hoy es vituperado en casi todos los cenáculos y conversaciones: el mercado, la ley de la oferta y la demanda. El mercado, hoy, no sólo produce lápices, sino cosas mucho más complejas, y poniendo en conexión no planificada previamente a multitud de productores. Tres investigadores de la Universidad de California han publicado recientemente un estudio en el que tratan de averiguar dónde se produce una Ipod de la empresa Apple y cuál es el reparto mundial de su beneficio. Han destripado el Ipod en 451 componentes distintos, que van desde los tornillos hasta la logística necesaria para poner el producto en las estanterías de las tiendas. Muy pocos de los componentes del Ipod los produce Apple, la mayoría son subcontratados a otras empresas especializadas repartidas por el mundo. El conjunto de todas esas empresas que, sin premeditarlo, producen el Ipod en cuestión… eso es el mercado.


Los ideólogos del socialismo, recelosos del poder de la libertad, no se acaban de creer que el mundo sea capaz de ordenar espontáneamente su producción y su consumo a través de la simple ley de la oferta y la demanda. Tienden a creer que existen cónclaves, conciliábulos o aquelarres de algún tipo que desde lo oculto deciden (o lo intentan al menos) la marcha de los mercados, maniobrando aquí y allá y haciendo que la producción y el consumo sean de esta o de la otra manera. Correlativamente, tratan de oponer otro tipo de planificación que, desde el estado, contrarreste las aviesas intenciones de esos otros gobiernos en la sombra. En conclusión, y en congruencia con aquellos tiempos que vino a superar el Renacimiento, detraen por la vía de los impuestos una gran cantidad de recursos a la actividad privada, tratando de sustituirla y así arrancar de las perversas manos del mercado (es decir, de sus “ocultos gestores”) la marcha de la sociedad. ¿Cuál es el resultado?

Pondré un ejemplo: El Departamento de Exteriores y Cooperación que dirigía Trinidad Jiménez como ministra de Zapatero esperó al día siguiente de las últimas elecciones generales, con el gobierno ya en funciones, para repartir más de 63 millones de euros entre diversas ONGs. Sólo citaré una de las ayudas (del resto hablo en mi artículo sobre "El estado del bienestar o el bienestar del estado"), la que fue destinada a la mejora de la producción agrícola mediante la resolución de conflictos con los hipopótamos en Guinea Bissau por valor de 293.889 euros. ¿Atendía ese gasto a algún tipo de demanda de la sociedad española? Evidentemente, no. ¿Atendía a algún tipo de planificación destinada a corregir alguna desigualdad o deficiencia social que empujara al estado a cumplir con sus funciones asistenciales y redistributivas, nacionales o internacionales? Pues depende. Depende de la opinión del político de turno; en el caso de Trinidad Jiménez, está a la vista que sí. Es lo que tiene la planificación, que está al albur de la opinión más o menos personal de los políticos que planifican. Y planifican a costa de quebrar la marcha natural de las cosas, en este caso, del modo en que la libre iniciativa hubiera empleado esos recursos si en vez de detraerlos de la sociedad por la vía fiscal, se hubiera dejado su administración al libre juego de la oferta y la demanda… o, en última instancia, se hubiera destinado a corregir situaciones de deficiencia social probablemente más apremiantes.

El estado, en general, es un gestor más caro y más ineficiente que la “mano invisible” de Adam Smith. Sus “planificaciones”, tienden a traducirse en una política de inversiones y subvenciones que no se deciden según la ley de oferta y demanda de la sociedad, sino según el criterio de los políticos, que demasiadas veces es desacertado. Incluso corrupto. Por otro lado, las actividades públicas gestionadas conforme al criterio de la planificación, es decir, por el estado, tampoco se someten a las leyes del mercado en cuanto a competitividad: una empresa privada asume riesgos que la obligan a ser eficaz y eficiente… o desaparecer. Una empresa pública, puede que sea eficaz y eficiente, pero no porque esté obligada a ello de la misma forma: si tiene pérdidas, el presupuesto del estado está ahí para tapar los agujeros, cosa que no ocurre con las empresas obligadas a competir. La existencia de burocracias inútiles, mamandurrias y duplicidades administrativas, tan evidentes en la administración de lo público, serían insólitas (imposibles) en la empresa privada.

El estado, en conclusión, en lo que se refiere a la actividad económica debe de intervenir allí donde haya de ejercer sus funciones asistenciales y redistributivas, y dejar que el conjunto de la marcha de la sociedad lo dirija el libre juego de la oferta y la demanda. No porque los liberales así lo queramos, sino porque ésa es la forma en que se organizan espontáneamente las sociedades libres (los liberales, simplemente, tomando la perspectiva adecuada, observamos que es así).