sábado, 24 de marzo de 2012

Todos fuimos alguna vez Caperucita Roja (una sutil incitación a la lectura y a la escritura)

La fantasía es un mundo duplicado (disociado) al que vamos a parar para tratar de suplir las deficiencias de nuestra pobre, decepcionante y a menudo amenazadora realidad… o al menos evadirnos de ellas. “Es extraño cómo el poder creativo pone el universo entero en orden”, dijo una vez Virginia Woolf, uno de las escritores que más angustia ha tenido que contrarrestar con el poder imaginativo de su literatura. Hasta el punto de que los personajes creados por su imaginación no siempre se quedaron quietos dentro de los dominios propios de esa literatura, sino que a menudo traspasaron la frontera y se convirtieron en materia prima de sus múltiples delirios y alucinaciones. Lo cual dio como resultado que, a la vez que fue una original creadora literaria (o mejor diríamos, un instante más allá), Virginia Woolf estuviera loca. Todo en el mismo, aunque secuenciado, paquete.

No es el mundo la causa de nuestras inquietudes. Por el contrario, es aquél la necesaria coartada de que disponemos para poder vestir unas inquietudes que le preceden, que habitan en nosotros desde antes de nuestro primer vagido y de nuestra primera toma de contacto con lo exterior. Si no podemos proyectar sobre el mundo esas atávicas inquietudes ni conducirlas por esos cauces imaginarios, pero controlados, que tienen preparados la literatura o el cine; si, por consiguiente, quedan aquéllas flotando ingrávidas en los páramos desolados de nuestra alma, la vida, la vida en el mundo y también la que de manera sucedánea transcurre por los vericuetos de la imaginación, perderán sentido, y entonces daremos forma a fantasmas alternativos a esos otros referentes que la realidad o la imaginación narrada brindaban a nuestro desasosiego, de modo que nos iremos adentrando en los escenarios que para estas ocasiones tiene previstos la locura. La angustia no es una respuesta al mundo; el mundo es la respuesta a la angustia. Podríamos suscribir, por tanto, esto que afirmaba Kierkegaard: “Yo digo de mi pena lo que el inglés dice de su casa: ‘Mi pena es mi castle’”; el mundo exterior es lo que aparece cuando salgo de lo que esencialmente soy: “mi pena” (mi castillo o reducto último). Si el mundo llegara a quedar vacío, si dejara de ser significativo, tendríamos un grave problema, porque nuestra angustia quedaría entonces flotante, sin destino hacia el que apuntar para aspirar a resolverse… Y si tampoco hubiéramos inventado la literatura, estaríamos asimismo sin cuento de Caperucita en el que insertar esa angustia para poder conducirla, al menos imaginariamente, a buen puerto.


La imaginación de Virginia Woolf se colapsaba una vez que terminaba un libro; el último que escribió fue “Entre actos”, poco tiempo antes de su trágica muerte. Hablando de estas vicisitudes que estaban anunciando su inminente suicidio, cuenta su marido Leonard Woolf en un libro que acaba de aparecer, “La muerte de Virginia Woolf”: “Estoy seguro de que lo que estaba a punto de ocurrir tuvo que ver con la tensión de revisar las galeradas y con la negra nube que siempre se cernía sobre su imaginación cuando, una vez terminado un libro, tenía que enfrentarse a la conmoción de cortar, por así decirlo, el cordón umbilical mental y enviarlo a la imprenta…, y por último a los críticos y a los lectores”.

El primer recurso que oponemos, pues, a nuestra angustia constitutiva es la acción más o menos productiva en que consiste la vida, las tareas que ponemos en marcha para contrarrestar las eventuales fuentes de inquietud. El segundo es la imaginación, gracias a la cual llegamos a incluir la angustia dentro de un formato narrativo equivalente al del cuento de Caperucita, que nos conduce hacia la resolución sucedánea que, como ocurría en la tragedia griega, desemboca en la kátharsis o descarga de tensión emocional. El tercero, perentorio ya, es la locura: la imaginación sigue cumpliendo su función catártica, pero los personajes que crea dejan de estar contenidos en los cauces creados por la literatura o el cine e invaden alucinatoriamente la realidad. Cuando ninguno de esos recursos resulta viable, la angustia queda sin cauces y se desborda anegando la personalidad. La depresión es el desistimiento de seguir luchando contra la angustia. A partir de ahí, sólo queda un recurso para liberarse de ella: la muerte. Virginia Woolf recorrió este camino descendente hasta el final.