domingo, 6 de mayo de 2012

Fue Sísifo el que descubrió la ley de la gravedad

   Subir y bajar… mejor aún, levantarse y caer, son los dos movimientos básicos de la vida. Por eso, podemos decir que Sísifo fue el que diseñó su esquema fundamental. Nos pasamos la mitad de esa vida tratando de ser algo diferente de lo que somos, ascendiendo a las cumbres que señalan nuestras ilusiones, cargando esforzadamente el gravoso pedrusco de lo que sentimos que nos falta para ser felices. Y la otra mitad la utilizamos para aprender a aceptar nuestras limitaciones, desistir de alcanzar las alturas imposibles a las que apuntaban nuestros deseos, caer en la cuenta de lo que somos.


   Más que en un aquietado punto medio, la virtud estriba en saber cuándo toca bajar y cuándo subir. Sólo desistir o sólo perseverar son dos formas incompletas de moverse por la vida. Séneca, el estoico, estaba sesgado hacia la media virtud que apunta hacia lo que declina: “El sabio –decía– encuentra contentamiento en sí mismo (…) En cuanto el hombre busca una parte de él fuera de sí mismo, cae bajo la esclavitud de la fortuna. Y aun llegaba a suspirar de esta manera: ¡Cuán dulce es haber fatigado y abandonado los deseos!”. Hasta acabar concluyendo con esta recomendación: “Redúcete al nivel más humilde, un nivel del que no puedas ya caer”. El estoicismo es, pues, la filosofía que Sísifo pergeñó mientras bajaba de la montaña. Seguramente que buscando cómo prevenir los males que afectaron a Ícaro, su mítico colega, aquel imprudente que quiso volar demasiado.
   En el extremo de la otra media virtud, la que quiere hacer de nosotros seres en permanente ascensión, encontramos al atribulado Nietzsche, que decía: “Yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo”. Condenado a no reconciliarse nunca con lo que llegaba a conseguir, afirmaba también: “En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado”. Por eso, como a Sísifo una vez devuelto a la base de la montaña, no le importaba volver a subirla de nuevo: el objetivo, para él, no era la cumbre, sino el hecho de subir. María Zambrano sabía la condena que Nietzsche sobrellevaba con su sesgada manera de conducirse; por eso escribió sobre él: “Nietzsche, ímpetu sin fin de vida, necesitaba la gracia luminosa que detuviera su desesperada carrera, que encantara su ambición demoníaca, que hiciera al fin descansar al judío errante”. Y el mismo filósofo que alumbró la idea del superhombre acabó confesando lo que suponía tanta exigencia: “¿Qué me ha quedado ya? Un corazón cansado y desvergonzado; una voluntad inestable; alas para revolotear; un espinazo roto”.


   No hablamos de algo que sólo tenga descubierto la filosofía. O la física newtoniana. Las enseñanzas de Sísifo también las ha acabado recogiendo la psicología… la buena psicología que sigue la estela de aquella pléyade de genios que rodeó (para discutirle, más que para servirle de altavoz) a Sigmund Freud: Jung, Adler, Otto Rank, Reich… (¡Wilhelm Reich!... La medicina del futuro le considerará un pionero; él habría hecho un buen diagnóstico de ese psicosomático espinazo roto de Nietzsche). Desde uno de los tramos de esa cometa, escribió Alexander Lowen: “Levantarse y caer son funciones antitéticas, que no pueden existir una sin la otra. El que no puede caerse no puede levantarse. Esto se ve claramente en el fenómeno del sueño, del cual decimos que caemos dormidos y nos levantamos por la mañana. (Quienes tienen problemas para dejarse caer en el sueño) tienen dificultades para abandonar el lecho. Tras este problema está la ansiedad de caer (…) La consecuencia es que estos individuos están cansados por la mañana y carecen de energía para levantarse con facilidad”. También dijo Lowen que “la ansiedad de caída y los trastornos de la respiración son dos aspectos de un mismo proceso”. Con esto último, tenemos ya disculpa para remitirnos a las dos penúltimas entradas de este blog.
   Somos, pues, a la vez, seres decadentes y exaltados, desalentados e inspirados, materiales y espirituales. Recurramos, ¡cómo no!, a Ortega para confirmar esta idea: “No es desdeñable enseñanza que la materia, lo más opuesto al alma, sea la encargada de hacer vivir a ésta. El resto del espíritu que no ha logrado materializarse se evapora”. Una lucha cordial de la que también nos habla Unamuno: “El espíritu dice: ¡quiero ser! Y la materia le responde: ¡no lo quiero!”. Pero dejaremos que el marco para esta reflexión que Sísifo nos hizo llegar desde el reino de los mitos lo ponga León Felipe con aquellos versos que los seguidores, pocos aunque suficientes, de este blog ya conocen, y que yo, si hubiera sido psicoterapeuta (una de las muchas cosas de las que me he tenido que dejar caer), habría puesto, bien visibles, en el hall de entrada de mi consulta:
“Mi amor tiene el ritornelo
del agua que, sin cesar,
en nubes sube hasta el cielo
y en lluvia baja hasta el mar.
Y el agua aquel ritornelo
de mi amor que, sin cesar,
en sueños sube hasta el cielo
y en llanto baja hasta el mar”