domingo, 22 de julio de 2012

El malestar de la civilización (y España como ejemplo destacado)

Noticia de estos tres últimos días en la prensa: James Holmes, un psicópata cuyos antecedentes, sin embargo, se reducían a una multa de tráfico por exceso de velocidad, irrumpe en un cine de Denver, Colorado, en el estreno de la película “El caballero oscuro” (de la saga de Batman), sintiéndose Jóker, el enemigo de Batman, y se pone a disparar al azar sobre los espectadores, matando a doce de ellos y dejando heridos a cincuenta y ocho. De 24 años de edad, el presunto asesino estudiaba para ser neurocientífico en la Universidad de Colorado, donde cursaba estudios de doctorado, y precisamente siguió esta primavera una asignatura sobre desórdenes psiquiátricos. Un portavoz del centro universitario explicó a The Washington Post que el estudiante era “tranquilo” y “socialmente aislado”.

Año 1924: nace oficialmente el surrealismo, quizás el movimiento cultural más representativo del siglo XX, con la publicación por parte de André Breton del “Manifiesto del surrealismo”. En 1929 da a la luz un segundo Manifiesto, y en él escribe: “El acto surrealista más puro consiste en bajar a la calle, revólver en mano, y disparar al azar, mientras a uno le dejen, contra la multitud”.

Hablamos de un tipo de actos que tienen una profunda raigambre en algún oscuro rincón de la psique humana. En las tribus de Malasia se hablaba del amok, una forma de enajenación mental paroxística (es decir, en que el sujeto actúa en un estado mental que le lleva a perder todo control sobre sí mismo) que consiste en el intento de matar, sin cuidarse de la propia seguridad, a la primera persona que se encuentre. A menudo se desencadena por un contratiempo aparentemente trivial.

¿Cuáles son las causas últimas del amok, de estas formas extremas de violencia indiscriminada e incontrolada? El mismo André Breton nos da al respecto interesantes claves cuando, tratando de explicar las raíces del surrealismo, dice: “Todo acto lleva en sí su propia justificación”, y asimismo: “El hombre propone y dispone. Tan sólo de él depende poseerse por entero, es decir, mantener en estado de anarquía la cuadrilla de sus deseos, de día en día más temible”. Y de forma aún más definitiva: “Únicamente el surrealismo podrá explicar el estado de completo aislamiento al que esperamos llegar aquí en esta vida”. Fiódor Dostoievski, gran escrutador de almas, hace que Rodia Raskólnikov, el protagonista de su novela “Crimen y castigo”, exprese de esta forma, refiriéndose a la gente en general, el estado de ánimo del que estaba poseído inmediatamente antes de cometer su crimen: “¡Dejadme, dejadme todos –gritó furioso Raskólnikov–. ¿Me dejaréis en paz? ¡Verdugos! ¡No os tengo miedo! ¡Ahora no temo a nadie, a nadie! ¡Fuera de mi lado! ¡Quiero estar solo, solo, solo!”.

Ampliemos el campo de nuestra argumentación a través de un ejemplo bastante menos dramático: Maurice de Vlaminck, pintor representativo del fauvismo, que había participado, aunque desde la retaguardia, en las revueltas anarquistas que sacudieron París al final de la década de 1890, con lanzamientos de bombas y numerosos desórdenes, estaba reflejando también su mala relación con el mundo, aunque de una manera menos exacerbada que en los ejemplos anteriores, cuando escribió años más tarde de aquellos hechos, tratando de explicar los motivos de su pintura: “No estaba lleno ni de envidia ni de odio, pero me sentía tremendamente impulsado a recrear un mundo nuevo que había visto a través de mis propios ojos, un mundo que era enteramente mío”. Demostraba ser, pues, un individuo proclive a las utopías, a mundos inexistentes, pero imaginariamente preparados para servir de correlato a deseos incubados en la soledad. También Raskólnikov, un individuo como James Holmes, “socialmente aislado”, había elaborado unos cabales diseños para sus utopías. Asimismo, Anders Behring Breivik, autor de los atentados de Oslo en julio del pasado año en que murieron setenta y siete personas, era un individuo socialmente aislado que se sentía luchando por un mundo racialmente puro.

Ya Cioran, en fin, nos había dejado advertidos sobre de dónde proviene y a dónde puede llevar todo esto cuando dijo: “¿La soledad no es, sin embargo, un terreno propicio para la locura?”. Aristóteles consideraba al individuo aislado como la materia de la que estamos hechos antes de adquirir ninguna forma; sólo somos realmente lo que somos cuando nos realizamos como zoon politikon, como animales sociales, como seres en sociedad. Cuando, por el contrario, regresamos hacia lo que éramos antes de ser ciudadanos, seres sociales, se produce un efecto catastrófico, que Aristóteles denominó disociación: cada individuo atiende sólo a sus personales intereses, desentendiéndose del bien de su comunidad. En el regresivo trayecto hacia el solipsismo, hacia ese egoísmo radical, nacen muchas de las utopías, fabulosas fórmulas de organización social que tienden a arrojar todo su potencial destructivo sobre lo que realmente es o ha de ser la sociedad.

La humanidad ha sufrido varias veces a lo largo de la historia los destructivos efectos de la regresión general a ese “estado de completo aislamiento” del que hablaba Breton. Hegel se refería así a este tipo de situaciones históricas: “La ruina (del espíritu del pueblo) arranca de dentro, los apetitos se desatan, lo particular busca su satisfacción y el espíritu sustancial no medra y por tanto perece. Los intereses particulares se apropian las fuerzas y facultades que antes estaban consagradas al conjunto. La Guerra del Peloponeso fue un momento culminante de la crisis social que sufrió el mundo heleno en los siglos V y IV a. de C., y que, más allá de aquella eclosión bélica, aún habría de durar, pues, varias décadas más, hasta enlazar con los tiempos de Aristóteles, que la analizó concienzudamente. “Rostovtzeff insiste –dice asimismo Julián Marías al analizar uno de los efectos característicos de estas épocas de crisis, la disminución de la natalidad– en que la causa de esta disminución de la población helénica no fue principalmente las pérdidas en las muchas batallas, sino la incertidumbre general, que llevó a una fuerte restricción de la natalidad, a un individualismo creciente, a una preocupación por la prosperidad particular; en suma, a un estado de disociación”. También Werner Jaeger habla de ese predominio, por entonces, del individualismo; decía aún más: “Probablemente veía con claridad toda persona inteligente que el estado no tenía salvación a menos que se superase tal individualismo, o siquiera la forma más cruda de él, el desenfrenado egoísmo de cada persona; pero era difícil desembarazarse de él cuando hasta el Estado estaba inspirado por el mismo espíritu –había hecho de él el principio de sus actos”.

El mismo Rostovtzeff, un clásico también en el estudio de Roma y de su decadencia, habla así, por otra parte, de la disgregación social que existía en los tiempos en los que la caída del Imperio (otra de esas grandes crisis por las que ha atravesado la humanidad) era inminente: “Los campesinos odiaban a los terratenientes y a los funcionarios; el proletariado de las ciudades odiaba a la burguesía urbana, y el ejército era odiado por todos, incluso por los campesinos... Las relaciones entre el Estado y los contribuyentes tomaron la forma de un latrocinio más o menos organizado”. Los más ricos se refugiaron en sus villas rurales, tratando de eludir desde allí sus obligaciones fiscales, la unidad nacional romana se fue deshilachando… Reinaba, pues, también, la disociación.

Nos hallamos hoy ante la tercera gran crisis histórica provocada por la recurrente aparición del individualismo, la constatación de que, como dijera Protágoras en los albores de la primera de estas crisis, “el hombre (cada hombre, cada individuo) es la medida de todas las cosas”. Erich Fromm trazó los límites temporales de este nuevo reinado del individuo: “El proceso por el cual el individuo se desprende de sus lazos originales, que podemos llamar proceso de individuación, parece haber alcanzado su mayor intensidad durante los siglos comprendidos entre la Reforma y nuestros tiempos”. Un proceso que, en otro sentido, ha sido fecundísimo, especialmente en cuanto se refiere al avance de las ciencias y al imparable desarrollo de la tecnología, pues ambas trayectorias están unidas, como Hegel reconoce: “Los individuos se retraen en sí mismos y aspiran a sus propios fines (…) Esto es la ruina del pueblo; cada cual se propone sus propios fines según sus pasiones. Pero con ese retraimiento del espíritu, destácase el pensamiento como una realidad especial y surgen las ciencias. Así las ciencias y la ruina, la decadencia de un pueblo, van siempre emparejadas”. Algo en el hombre, pues, aspira a la individuación, a la autorresponsabilidad, a desprenderse de las limitaciones que le impone lo general, pero, paradójicamente, si esa aspiración a ser “la medida de todas las cosas” llega a desprenderse efectivamente del marco que imponen la sociedad, las instituciones, el bien común, se acaba decayendo en un solipsismo destructivo o en la elaboración de utopías no menos destructivas.

En España estamos llegando a un punto culminante en la decepción que nos están produciendo nuestras instituciones, los gobiernos de uno y otro signo político, la forma de organización de nuestra sociedad. Para los próximos meses se prevén amplios movimientos de protesta contra todo ello que pueden ir degenerando, aún más, hacia la regresión al mero interés particular o hacia la cristalización de movimientos extremistas que contagien de utopismo las mentes de muchos de esos decepcionados. La disociación de la que hablaba Aristóteles encuentra en nuestro país un caldo de cultivo inmejorable para prosperar, en la medida en que llevamos décadas descuidando nuestra educación en los valores del patriotismo y de pertenencia a un mismo ser social.

Ojalá que a la vista del abismo que se abre a nuestros pies, seamos capaces de reaccionar y actuemos en pro de la http://www.reconversion.es/


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