domingo, 15 de julio de 2012

La irrenunciable búsqueda del sentido de la vida

Me he acordado, Vicente, de haber leído una vez cómo alguien ponía en cuestión el buen gusto de la naturaleza, que había escogido que, para hacer el amor y llevar adelante las funciones de la procreación, los órganos implicados habrían de ser los mismos que utilizamos para nuestras funciones excretorias. Una guarrada, oye, en el fondo, que, sin embargo, no podemos ni intentar variar. Con la búsqueda del sentido de la vida ocurre algo parecido: no podemos dejar de aspirar a él, independientemente de que en la realidad efectiva la vida tenga sentido o no. Estamos hechos de esa materia prima tan absurda… o tan antiabsurda que ni siquiera cuenta con la realidad, o sólo cuenta con ella como un punto de partida, a la hora de pretender que la vida tenga sentido. No tenemos elección: si dejamos de respirar, nos morimos; y si dejamos de buscarle un sentido a la vida, nos deprimimos (que es una especie de muerte psíquica). Y, por el contrario, mientras buceamos en la realidad con esas antiabsurdas pretensiones, la vida va desvelándonos aspectos bastante entretenidos, que nos perderíamos si la aceptáramos tal y como se nos aparece. Recuerda, Vicente, a los románticos, grandes pioneros en esto de descubrir y aceptar que la vida es absurda: estaban aquejados por el spleen; llamaban así a un estado de ánimo del que lo más resaltable era el aburrimiento mortal. Bueno, no del todo mortal: Lord Byron decía que estaba tan aburrido que ni siquiera tenía fuerzas para coger un revólver y pegarse un tiro (muchos otros románticos sí lo hicieron).


En fin, Vicente, que la vida es un reto que consiste en buscar en ella lo que no hay (¡maldición!, dirás, ¡otra vez, está Javier hablando de Dios!).

Y respecto de nuestra desgraciada España, me muevo, Vicente, por los mismos raíles argumentales: yo no digo que nuestra nación sea un ente que alguna vez haya existido cabalmente y que no pretendamos sino reconstruir o recuperar. Una nación, decía Ortega, es un proyecto sugestivo de vida en común, no una vida en común ya realizada. Digo, eso sí, que lo que la historia ha puesto ante nosotros (como la naturaleza puso ante nosotros las guarradas aquéllas) es la obligación moral y cívica de ir construyendo esta entidad llamada España, y no ya, sobre todo desde la Ilustración, reconstruir la tribu vascona ni los condados catalanes.

Date por vencido, Vicente: no tenemos otra cosa que hacer, ni siquiera en esto de España, que seguir buscando lo que no hay.