martes, 31 de julio de 2012

La zona de riesgos que, como sociedad, estamos atravesando

Carl Gustav Jung ha sido, seguramente, el psicólogo más importante de la historia (aunque no siempre su capacidad para comunicar sus ideas estuviera a la altura de éstas). Fue un gran estudioso del alma humana, y por ello mismo, un profundo analista de los grandes acontecimientos de su tiempo... que es el nuestro. Lo decisivo de ese (de este) tiempo, decía (en 1933) que era "la paulatina y general transformación espiritual cuyo primer síntoma fue, en nuestra cultura, la Reforma (...) Su inevitable consecuencia fue el ascenso de la importancia del individuo (...) La destacada tendencia individualista de nuestra última evolución ha producido 'un retroceso compensatorio hacia el hombre colectivo' (Ese) hombre colectivo amenaza con sofocar al individuo singular". Estaba haciendo referencia a la amenaza de los totalitarismos entonces emergentes, y que dejarían su huella marcada de sangre y horror a lo largo del siglo XX.

Para Jung, comprender a fondo un acontecimiento histórico exigía adentrarse en las profundidades del alma de los individuos: "Cuando contemplamos la historia de la humanidad no vemos sino la superficie exterior de los acontecimientos (...) Guerras, dinastías, revoluciones sociales, conquistas, religiones, son los síntomas más superficiales de una secreta actitud anímica fundamental del individuo, inconsciente para él mismo y, por lo tanto, no transmitida por ningún historiador". Desde allí, desde las profundidades del alma, era posible observar cómo aquel individualismo característico de nuestra época estaba engendrando el monstruo del "hombre colectivo" compensatorio que se desarrollaba en la zona sombría, inconsciente, de los hombres de este tiempo, esos hombres que estaban conduciendo aquel individualismo hasta la exacerbación. Algo se estaba (se sigue) cociendo que le hacía decir a Jung: "Si somos sinceros debemos reconocer que en este mundo actual ya nadie se siente del todo a gusto, y la incomodidad será incluso creciente".



Un año antes, en 1932, decía de un modo mucho más crudo: "Las catástrofes dantescas que nos amenazan no son procesos elementales de índole física o biológica, sino acontecimientos psíquicos. Nos conminan en una medida aterradora guerras y revoluciones que no son más que epidemias psíquicas. En cualquier instante millones de hombres pueden ser atacados por una nueva locura y entonces tendremos otra guerra mundial o una revolución devastadora". La única manera auténtica de afrontar tales riesgos es operando en esas profundidades anímicas, allí donde las exageraciones de nuestra parte consciente preparan la venganza, igualmente exagerada, de nuestra parte sombría, repudiada e inconsciente (nuestra parte repudiada es, precisamente, la que nos liga a nuestra sociedad, a nuestro auténtico ser colectivo; nuestro falso ser colectivo es el que producen las utopías, que inevitablemente derivan hacia el totalitarismo).

Del individualismo extremo característico de nuestra cultura venimos hablando a menudo en este blog. Y también de los riesgos que sus desatenciones producen. Pero concluyamos, con Jung, de una manera digamos que optimista: "Una cultura no se desintegra, da a luz".