domingo, 8 de julio de 2012

Vivir, incluso para los pueblos, es seguir el rastro de la unidad

Cuenta Andrzej Szczeklik, médico y escritor polaco, en un libro que se acaba de publicar (“Core. Sobre enfermos, enfermedades y la búsqueda del alma de la medicina”, El Acantilado, 2012), cómo una vez le pidieron que examinara a un célebre profesor de historia de la literatura cuyo comportamiento empezaba a preocupar a sus allegados. Se pusieron a hablar. La conversación del profesor era inteligente e interesante; giraba alrededor de Marcel Proust, sobre quien éste había escrito algunos ensayos. Derivaron fácilmente hacia el tema del paso del tiempo, el tiempo perdido. Cuando ya estaban completamente sumergidos en la conversación, el médico dijo: “Profesor, ¿podría dibujarme usted qué hora es?”. El profesor, solícito, tomó papel y lápiz  e hizo un dibujo que le pasó a Szczeklik. Consistía en una esfera de reloj vacía y unas manecillas al lado. Aquél dibujo contenía una prueba diagnóstica clara para el médico: se trataba de la enfermedad de Alzheimer. Su memoria se estaba descomponiendo y, con ella, “todo su mundo se iba deshaciendo en partes disociadas”. Si alguna vez la esfera y las manecillas habían formado parte de un mismo conjunto significativo en la mente del profesor, ahora su tiempo, su tiempo vital, estaba empezando a desembocar en ese mar inmenso e informe que constituye, precisamente, el tiempo perdido, el tiempo del olvido, el tiempo en el que las cosas dejan de estar relacionadas entre sí y la realidad regresa a aquel estado del que Demócrito, uno de los primeros nihilistas de la historia, decía que se componía de átomos y de vacío.



Cambiemos un poco el ángulo de nuestra perspectiva. Pierre Janet, un destacado psicólogo de aquella gran hornada de la que salieron Freud, Jung, Adler… alumbró el concepto de psicastenia para designar con él un trastorno del sentido de la realidad caracterizado por la debilidad psíquica de quien lo sufre, que le impide confrontarse adecuadamente con las experiencias cambiantes que van surgiendo en la vida. Confrontados los variables estímulos con un yo pasivo y retraído, éste no consigue darles una forma organizada, de modo que lleguen a la percepción convertidos en conjuntos congruentes, por lo cual el sujeto psicasténico, colocándose a la defensiva, reduce su trato con los estímulos en general (derivando hacia la agorafobia, la fobia social…), renuncia a adentrarse en esa fuente de inquietud permanente, de caos, que son el mundo y los demás. Prolongando esa retirada, se hacen frecuentes los sentimientos de cansancio, incluso cuando falta la actividad, los dolores corporales, las dudas que llevan a la irresolución, los pensamientos obsesivos, los miedos infundados… La psicastenia vendría a ser un equivalente psíquico, funcional, de lo que, más al fondo, pasaría a ser la degeneración orgánica e irreversible que significa el Alzheimer: ambas enfermedades se abren paso hacia la disociación, hacia la incapacidad de aglutinar los datos de la experiencia bajo un manto unificador.

Janet, en su libro “De la angustia al éxtasis”, describe así a uno de sus pacientes psicasténicos-tipo: “Por lo demás, de cuando en cuando, esta misma enferma se queja de dificultades en la percepción, bastante singulares. Los objetos son vistos con un detalle excesivo, sin percepción suficiente del conjunto, y además pierden su significación, y sobre todo su uso: ‘Veo las hojas de los árboles una por una, las piedras de la pared demasiado claras, y no veía yo así antes… veo que es un banco, pero no tengo ya la idea de que es posible sentarse en él, es un banco porque tiene patas, y me parece que no sirve para nada’ ”. La misma impresión, pues, que produciría la contemplación de una aislada rueda de bicicleta o cualquiera de las otras ready-made de Marcel Duchamp, tan desconectadas de su función, de lo que les daría sentido, y que nuestra posmodernidad ha considerado algo así como la quintaesencia del arte (la obra que Duchamp denominó “Fuente”, un urinario sin ningún otro añadido que el del título, fue considerada la obra de arte más influyente del siglo XX, por votación entre 500 críticos de arte). Centrar la atención, pues, en  los detalles, en los elementos inconexos, impide captar las globalidades o vislumbrar grandes asuntos dentro de los que lo trivial, cotidiano o inmediato sólo debería aparecer como parte de un todo. Porque, como dice María Zambrano, “sólo tras de haberse  señalado un fin lejano aparecen las finalidades inmediatas. Esa lejana luz es claridad que recae sobre las circunstancias inmediatas y las ordena, las hace cobrar sentido”. El arte deconstructor de nuestra época nos avisa de una cultura que actualmente atraviesa un paraje constituido, precisamente, por elementos aislados. O dicho de otra forma: transcurrimos por los peligrosos y amenazadores dominios del nihilismo, de una forma de estar en el mundo que considera que cada cosa, cada ser individual, agotan su sentido en lo que son por sí mismos.

Encaminémonos hacia la conclusión: vivir es incorporarse a ese flujo universal del que hablaba San Agustín cuando decía que “todo tiende a la unidad”, es decir, a sintetizar en unidades complejas lo que antes eran elementos dispersos. Un embrión aparece como una unidad celular capaz de integrar a las células individuales que bajo su amparo sintetizador van emergiendo. La inteligencia, asimismo, es la función psíquica que, a partir de un cierto punto, toma el relevo vital de lo orgánico y sigue conjuntando elementos (imágenes esta vez) que en principio estaban aislados, hasta formar con ellos los conceptos o sus equivalentes poéticos, las metáforas; la memoria se encarga de fijar en la mente esos elementos sobre los que la inteligencia efectuará después su labor unificadora.

Caminar hacia la muerte es, por el contrario, ir regresando a la simplicidad, a los detalles aislados, a la desintegración de la realidad en átomos independientes. Desprovisto de fuerza cohesionadora, el organismo, efectivamente, se desintegra hasta encontrarse con su cadáver, y la memoria, perdida la función unificadora de la inteligencia, se disuelve en un caos de elementos independientes entre sí, hasta acabar desembocando en el olvido. La depresión sería asimismo el morbo psíquico que nos pone en el camino que conduce hacia la muerte; partiendo de este contexto, podemos entender lo que Ortega nos dice que entonces ocurre: “Cuando hemos llegado hasta los barrios bajos del pesimismo y no hallamos nada en el universo que nos parezca una afirmación capaz de salvarnos, se vuelven los ojos hacia las menudas cosas del vivir cotidiano”, esto es, hacia los detalles aislados, atomizados, desprovistos de significado.
No sólo descubrimos la labor desintegradora de la muerte en los organismos y en las mentes de los individuos: también las sociedades viven y mueren gracias a esta misma clase de dinamismos, como pone de manifiesto el mismo Ortega: “Los pueblos se van haciendo mediante la aglutinación progresiva de elementos extraños entre sí. Viven de la cohesión lograda y mueren por disociación de lo que un tiempo estuvo unido, sólido, compacto”. España, precisamente, resulta ser un claro ejemplo de esa inercia desintegradora que hoy parece poseernos a los españoles, la que nos pone rumbo a la disociación, la psicastenia colectiva (el marasmo), el olvido de lo que hemos sido y somos… y lo que espera más allá de todos esos síntomas.