domingo, 19 de agosto de 2012

Edward Hopper: la vida que no acaba de llegar

No creo que Edward Hopper, del que el Museo Thyssen-Bornemisza está exponiendo una parte de su obra hasta el próximo 16 de septiembre, haya adquirido su fama como pintor por su dominio de la técnica, aunque sea notable su tratamiento de la luz. Tampoco sobresale, desde luego, porque los motivos de sus cuadros nos produzcan arrobo o nos conmuevan, como lo hacían los románticos cuando buscaban transportar nuestro ánimo a lugares de riesgo emocional o hacia escenarios vertiginosos. Las escenas de los cuadros de Hopper suelen reflejar, por el contrario, situaciones que lindan con lo anodino. Al revés que con los románticos, sentimos cómo ante su contemplación nuestro pulso empieza a decaer un poco, aunque no tanto que nos incapacite para empatizar con la actitud de los personajes de sus cuadros, los cuales, detrás de su pasividad o lasitud, esconden un grado suficiente de energía o inervación, si bien contenidas, en estado de latencia y, a veces, derivando hacia la angustia. Lo que nos atrae de la pintura de Hopper es, precisamente, la forma en que refleja lo que debería de pasar… pero no pasa, el hueco que quienes pueblan sus pinturas van dejando frente a ellos, allí donde su actitud de inquieta espera apunta hacia alguna clase de acontecimiento que no acaba de llegar o de expectativas que quedan interrumpidas o congeladas antes de que lo que las promueve llegue a producirse.

“Esperando a Godot” es una obra de ese teatro que asumió la tarea de reflejar aquel sesgo en la perspectiva sobre las cosas que enfrenta al hombre moderno con el absurdo de la vida, sin llegar a articular maneras de sobreponerse a él. La escribió Samuel Beckett a finales de los cuarenta, cuando Hopper había alcanzado su madurez como pintor. La obra se divide en dos actos, y en ambos aparecen dos vagabundos llamados Vladimir y Estragon, que esperan en vano junto a un camino a un tal Godot, con quien (quizás) tienen alguna cita. El público nunca llega a saber quién es Godot, qué tipo de asunto han de tratar con él o por qué es tan importante. En determinado momento, aparece en escena un muchacho que hace llegar a Vladimir y Estragon el mensaje de que Godot no vendrá hoy, “pero vendrá mañana por la tarde”. El caso es que el tal Godot nunca acaba de aparecer. En la obra llega a expresarse la situación general de esta manera: “¡Nada ocurre, nadie viene, nadie va, es terrible!”.
Si buscáramos una metáfora gramatical para describir la posición de los personajes pintados por Edward Hopper, incluso la de los escenarios que escogía, la mejor sería el signo “entre paréntesis”: individuos dentro de una habitación de hotel que han llegado de algún sitio y que habrán de ir a otro, pero que ahora, por tanto, no están ni en Pinto ni en Valdemoro. O que se acomodan en los asientos de un teatro en el que la función todavía no ha comenzado. O que leen el diario o un catálogo de algo con aparente despreocupación, aunque latente inquietud. O que cruzan los brazos y pasan, a veces, al estado de introversión. O se toman una copa en un bar, alargando la hora de volver a una casa que no parece atraer lo suficiente. O miran no se sabe si a la lejanía o al vacío. O fuman un cigarro antes de ponerse en actividad o porque precisamente han de rebajar esa actividad al grado de mera inquietud. Personajes, pues, que están realizando, en general, gestos que denotan interrupción, estado de latencia o, mejor (tratemos de alcanzar la textura más profunda y dramática de las situaciones que viven), aquello que en la obra de Beckett quedaba expresado en aquella patética exclamación: “¡Nada ocurre, nadie viene, nadie va, es terrible!”.

Los mismos escenarios vienen a ser también, como los paréntesis, acotaciones de algo a lo que, por definición, le falta significado por sí solo: gasolineras, es decir, lugares intermedios entre lo que ya se dejó atrás y lo que aún no ha llegado. O casas junto a un camino o una vía de tren, como si fueran producto de la disecación de un dinamismo que vendrían a expresar ese camino o esa vía de tren, pero que, a falta de por qué y de para qué, quedó allí interrumpido. O momentos del día en transición: tal vez es casi de noche o ya totalmente de día, pero se trata de momentos indeterminados, al menos, en cuanto a lo que en ellos tocaría hacer de una genuina manera.

En ocasiones, Hopper toma el punto de vista del voyeur, pintando lo que ocurre ventanas adentro. Pero su puritanismo sigue sin dejarle observar situaciones interesantes o excitantes, esto es, que hayan alcanzado ya alguna clase de culminación o de rotundidad en cuanto a su poder de comunicar algo: se conforma con ver a una mujer haciendo la limpieza de su casa o a una pareja que está haciendo tiempo o, simplemente, a una mujer sentada o a un oficinista junto a la ventana, ellos mismos víctimas de ese modo de ser propio de quien no sabe a dónde ir o qué esperar.
Creo que la vida de cada individuo se va configurando alrededor de unas pocas constantes vitales, como si quisiera dar definición al destino por el que se rige en una especie de sentencia epigramática, que bien podría acabar transcribiendo en forma de epitafio una vez concluida aquélla. Un artista plástico como Hopper nos da la facilidad de observar cómo sus constantes vitales quedan incorporadas a sus cuadros a lo largo del tiempo, incluso de intuir cómo tales constantes impregnarían el conjunto de las facetas de su vida. El epigrama que serviría a Hopper como resumen a la hora de dar cuentas de su vida en la hora postrera podría ser: “Me he pasado la vida esperando, pero no he llegado a saber qué”.
En otro tiempo, los hombres tenían resuelta esa espera: aspiraban a alcanzar la visión de Dios, que, si bien negada en esta vida, habría de llegar al alcanzar otra postrera. Hoy, Dios (God-ot) ha muerto, y los hombres nos hemos quedado en gran medida sin saber cómo sustituir esa espera por otra capaz de dar contenido no a una vida futura y trascendente, sino a ésta, empequeñecida y vulgar, que nos queda por vivir en este mundo. Hasta cierto punto, podría valer para ayudarnos a expresar esta idea aquello que decía John Lennon: “La vida es eso que va pasando mientras estamos ocupados haciendo otros planes”. Más exactamente, aún no hemos aprendido a gestionar nuestra vida sin la ayuda de un ser que paternalmente nos la dirija. Luigi Pirandello escribió otra de las obras de teatro características de nuestra modernidad y que nos ayuda a perfilar un poco más la situación existencial del hombre moderno; la tituló “Seis personajes en busca de autor”, y en ella el público es confrontado con la llegada inesperada de seis personajes durante los ensayos de una obra teatral (incidentalmente, una propia obra de Luigi Pirandello: “El juego de roles”) que insisten en ser provistos de vida, en que se les permita contar su propia historia, que es ni más ni menos que la de su propia vida, pero que, por lo visto, necesita ser sancionada o reconocida como algo necesario por un ser trascendente. Personajes, pues, que sienten que no son protagonistas de sus vidas, que han de esperar a que alguien, el director, acepte elevar esas vidas hasta un escenario en el que sientan que ya están viviendo de verdad, que eso que les pasa no es una mera contingencia o azar, sino algo que consigue tener sentido, entidad suficiente como para dar contenido a una vida.
Vivimos, pues, efectivamente, entre paréntesis: nadie va a venir a decirnos lo que hemos de hacer con nuestra vida, ningún acontecimiento categórico vendrá a redimirnos de nuestras insuficiencias, y mientras sigamos esperándolo, estaremos como el pintor al que se le ha caído la escalera: colgados de la brocha. O como los personajes de Hopper, oteando el horizonte, a ver si acaba de llegar lo que resolverá nuestra situación, u observando lo que ocurre en la vida de los demás a través de las ventanas, por si es allí donde está ocurriendo algo trascendente. O, en fin, acomodándonos en nuestros asientos del teatro de la vida, dispuestos a asistir a la función teatral, bien como espectadores o incluso como actores que demandan tener en ella un papel.

El final de la obra de Beckett es conocido; después de esperar infructuosamente a Godot, éste es el último diálogo entre los dos protagonistas:
Vladimir: “¡Qué! ¿Nos vamos?”
Estragon: “Sí, vámonos”.

Pero ninguno de los dos se mueve de su sitio. Todavía no saben, no sabemos a dónde ir.


 
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