sábado, 27 de octubre de 2012

El camino hacia la felicidad está jalonado por catástrofes

Copio y pego, amigo benjamingrullo, el párrafo del artículo anterior y la pregunta que al respecto me haces en tu comentario:

“La clave de las doctrinas que sustentan estas epidemias psíquicas estriba en servir de fundamento, asimismo delirado, a las esperanzas de los hombres de encontrar el paraíso perdido llegado al cual las angustias que conlleva el vivir encontrarían solución”. ¿Pero esto es de Jung? ¿No es de Otto Rank o de Ernest Becker? ¿Me lo puedes confirmar? Gracias de nuevo”.

Encantado de poder traer a colación a autores tan insignes, y haber contado con un lector tan cualificado como tú, que eres tan excéntrico como para conocerlos. Sin embargo, la referencia del párrafo al que aludes es más bien, por esta vez, de Gustave Le Bon, al que ya he visto en tu blog que has leído también. El párrafo en cuestión viene a ser un resumen de estos otros de su “Psicología de las masas” (pp. 84-85 de la edición de Morata), mucho más expresivos y mejor escritos, aunque también más extensos de lo que yo pretendía que cupiera en mi artículo anterior:

“Proporcionar a los hombres aquella porción de esperanza y de ilusiones sin la cual no pueden existir, he aquí la razón de ser de los dioses, los héroes y los poetas. Durante cierto tiempo, la ciencia pareció asumir esta tarea. No obstante, lo que la ha comprometido en los corazones, hambrientos de ideal, es el hecho de que (esa ciencia) no pretende ya prometer lo suficiente y no sabe mentir lo bastante.

“Los filósofos del siglo pasado (escribía en 1895) se consagraron con fervor a destruir las ilusiones religiosas, políticas y sociales de las que habían vivido nuestros padres durante prolongados siglos. Al destruirlas han cegado las fuentes de la esperanza y la resignación. Tras las quimeras inmoladas han hallado a las fuerzas ciegas de la naturaleza, inexorables para la debilidad y que no conocen la piedad.

“Pese a todos sus progresos, la filosofía no ha podido ofrecer aún a los pueblos ningún ideal capaz de ilusionarlos. Al serles indispensables las ilusiones, se dirigen instintivamente, como el insecto hacia la luz, hacia los líderes que se las ofrecen. El gran favor de la evolución de los pueblos no ha sido jamás la verdad, sino el error. Y si el socialismo ve crecer hoy día su potencia es porque constituye la única ilusión aún viviente (…) Su fuerza principal consiste en estar defendido por espíritus que ignoran lo bastante las realidades de las cosas como para atreverse a prometer audazmente la felicidad a los hombres (…) Las masas no tienen jamás sed de verdades. Ante las evidencias que las  desagradan, se apartan, prefiriendo divinizar al error, si el error las seduce. Quien sabe ilusionarlas se convierte fácilmente en su amo; el que intenta desilusionarlas es siempre su víctima”.

Así que, en línea con lo que dices en tu blog, no es que sean tontas las masas, es que no soportan ser infelices y no saber de ningún lugar donde depositar de manera realista su esperanza de dejar de serlo; porque llegado este caso, se buscan alternativamente cualquier otro lugar, aunque se trate de un espejismo. El socialismo ya va dejando de señalar espejismos creíbles, y muchos han preferido en nuestro país apuntarse al espejismo que muestran nuestros nacionalismos centrífugos. Tan catastrófico, según muestra la historia, el uno como los otros, yendo separados o cogidos de la mano.

Ciertamente, como bien has observado o intuido, Jung tiene una perspectiva que, a la hora de considerar el origen de las epidemias psíquicas, le lleva a poner el énfasis más en lo que en ellas se pierde que en la perversión de lo que sensatamente es posible esperar. Dice así: “La ‘edad del progreso’ ha destruido la cultura espiritual con su crítica nihilista (…) La esencia de la cultura es la continuidad y conservación del pasado; anhelar la novedad sólo produce anticultura y acaba en barbarismo (…) (Es preciso) apelar a la madurez espiritual y a la responsabilidad del individuo”.

Y desde luego, Otto Rank y su discípulo Ernest Becker ofrecen ideas muy sugerentes a la hora de hacer acopio de las que necesitamos para comprender las epidemias psíquicas que aquí tratamos. La impresión que he tenido cuando he intentado acercarme al pensamiento de Otto Rank es que se hizo un lío con sus propias intuiciones y le salió una obra un tanto enmarañada. Él mismo aspiraba a que su paciente y discípula, la escritora Anaïs Nin, pusiera orden y claridad en sus ideas. La principal de todas, la de que toda nuestra biografía arranca de un trauma, el que supone el hecho de nacer, es muy aprovechable a la hora de entender las ideologías transgresoras, y muy en particular nuestros nacionalismos centrífugos. Según ello, y como cauce a través del cual arrastramos aquel trauma, hay un sentimiento que nos acompaña y acompañará de por vida: el de estar desterrados de nuestra patria original, que no es otra que el útero materno, de forma que vivimos nuestra instalación en el mundo, sea cual sea el lugar y el modo en el que hayamos caído en él, como un sucedáneo de la que auténticamente sentimos que nos corresponde. La rebeldía contra el mundo suele anclar con excesiva facilidad en esta forma de inadaptación que nos es intrínseca, que no se origina en el mundo. Y también, claro está, la rebeldía contra la patria o nación que nos ha caído en suerte y que debido a ello no sentimos como propia. Si los de CIU o el PNV nos hicieran caso (que no nos lo harán: tienen mal pronóstico) cuando les decimos que lo suyo se lo tienen que ir a mirar, lo mejor sería, por tanto, que lo hicieran con un psicoanalista de la escuela de Otto Rank.

Ernest Becker tiene más ordenadas y claras sus ideas (aunque se siente absoluto deudor de las de Rank). Considera que la vida es un permanente y activo combate contra la muerte, no sólo en el aspecto orgánico o fisiológico, sino también en el nivel del significado: “El hombre realmente no teme tanto su extinción, sino morir siendo insignificante, dice. En este mismo sentido se preguntaba León Tolstoi: “¿Qué he logrado en mi vida (…) Tiene ella algún significado que no la destruya la muerte inevitable que me espera?”. En definitiva, dice Bécker: “El hombre no sólo trasciende a la muerte al continuar alimentando sus apetitos, sino especialmente encontrándole un significado a la vida”. Si alcanzamos a dar a la vida ese significado, habrá paz (es una forma de hablar). Paz para con nosotros y para con nuestro entorno, porque la vida encontrará así un modo de sobreponerse, de alguna manera, a la muerte. Pero si no es así, no por ello dejará la vida de luchar contra la extinción; aunque entonces lo hará de maneras atrabiliarias: “El organismo –dice Becker– (…) (se aferrará) a la vida a cualquier costo, un costo que puede ser catastrófico para el hombre”. Porque entonces éste destapará su caja de Pandora de esperanzas utópicas, en las que de manera insoslayable necesita creer para confirmar que su vida no va a desembocar en el vacío. Por ello, concluye Bécker: “Las esperanzas y los deseos imposibles han acumulado el mal en el mundo”. Lo cual nos lleva a evocar aquellas otras palabras de Ortega: “El hombre es un sistema de deseos imposibles en este mundo”. Y sin embargo, en ello radica la filigrana en la que ha de consistir el hecho de vivir: cómo encontrar el sentido partiendo de una materia prima tan absurda, la que nos lleva a concluir que aquello que deseamos nunca llegaremos a verlo realizado del todo. Por no haber entendido a Ortega, nuestros nacionalistas, en fin, creen estar a punto de ver realizados sus sueños. Están, pues, más cerca de comprender que la felicidad, como siempre, estaba en otra parte.