sábado, 20 de octubre de 2012

Rebeldes sin causa y catástrofes históricas (argumentos contra el separatismo desde la psicología)

(PUBLICADO, EN UNA VERSIÓN MÁS REDUCIDA, EL EL CORREO DE BURGOS EL 12-XI-2012)

Hay dos tipos de fenómenos sociales que se entremezclan en la realidad, pero que obedecen a causas contrapuestas. Los unos responden a causas objetivas, y los determinan las leyes sociales e históricas. En este ámbito, los individuos se comportan empujados por fuerzas que les trascienden, en respuesta a causas que les son externas. Al estudio de este tipo de fenómenos sociales es a lo que preferentemente se dedica la sociología. Y hay otro tipo de fenómenos sociales que no deben su aparición a aquellas causas objetivas, sino que se van cociendo en el puchero de los sentimientos, esto es, en la intimidad de los sujetos. Y esos son dominios que pertenecen a la psicología.

Antes de que aterrizáramos en el mundo y de que adecuáramos nuestra personalidad a las acotaciones que él impone, ya contábamos con un bagaje sentimental. Al menos con el sentimiento que sirvió de matriz a todos los demás: la angustia, que es el sello que, como recuerdo, dejó impresa en nuestra personalidad la nada que nos precedió cuando nos soltó de su mano para que pudiéramos entrar al fin en la existencia. Sería la angustia el tipo de desasosiego producido por esa extraña e inconcreta sensación de pérdida o de vacío (de pecado original) que nos dejó el hecho de nacer. Vale también decirlo como lo hacía Ortega: “La esencia del hombre es (…) el descontento (…), que es un dolor que sentimos en miembros que no tenemos”. A partir de ahí, y a medida que la angustia fue encontrando sus correlatos en los objetos del mundo, surgió el miedo, que es la angustia proyectada ya sobre un objeto mundano; y en una capa más superficial surgieron el agrado, que en origen es la respuesta que emitimos ante la ausencia de perturbaciones (es decir, ante la posibilidad de evocar la nada añorada) y el desagrado (lo contrario). Estos últimos sentimientos en seguida encontraron la manera de prolongarse hacia el formato de las valoraciones morales: lo bueno y lo malo, que el niño, atrapado aún en la prehistoria de la moral, superpone sin solución de continuidad sobre los sentimientos de agrado y desagrado.

Mientras tanto, cuando la angustia original no consigue encontrar objetos sobre los que proyectarse (cuando queda anclada en el agujero negro congénito de la falta de motivos para sufrirla) ni, consiguientemente, ampliaciones a sus presupuestos sobre el terreno moral, se están dejando sentadas las bases de los trastornos psíquicos más graves. Un trastorno psíquico es, en general, el cauce sucedáneo que la angustia primordial encuentra para discurrir al margen de los objetos, de las causas objetivas y mundanas. La alucinación y el delirio proporcionan, en los casos más graves, los objetos sustitutivos a los que la angustia o los sentimientos compensatorios que en ella se originan se pueden dirigir para encontrar en ellos el modo de dramatizarse. El mecanismo de defensa de la proyección, propio de trastornos menos graves, sirve para verter sobre objetos reales esos mismos sentimientos, aunque de una manera desproporcionada respecto de lo que tales objetos se merecen (por ejemplo, en una fobia). La salud psíquica estribará en conseguir encontrar objetos y motivos realistas sobre los que proyectar nuestros sentimientos y los comportamientos que tales sentimientos demanden.

En suma (y de esta manera regresamos a los orígenes de nuestro hilo argumental), hay comportamientos, no sólo de los individuos, sino también de las sociedades como conjunto, que no se pueden explicar por causas objetivas sino por motivos sentimentales. Cuanto menos adaptados al principio de realidad, cuanto menos sugeridos por la realidad externa y más por la interna (eso que en el individuo promueve las alucinaciones y los delirios), más peligro de decaer en lo patológico conllevarán esos comportamientos. ¿Dónde encontrar la línea de separación entre unos y otros? Carl Gustav Jung, en línea con lo que antes decíamos, propone que, en aras a esa distinción, “se investigue en toda reacción psíquica que no guarde proporción con la causa que la provoca” (con la causa objetiva, se entiende). Cuando los nazis deciden exterminar a millones de judíos por motivos raciales o, a menor escala, cuando un etarra decide matar a un guardia civil (o eventualmente a niños, al considerar que se está en guerra) porque representa al “estado español opresor”, hay que abandonar los dominios de la sociología y entrar en los de la psicología y, más en concreto, de la psicopatología. Porque las motivaciones objetivas aludidas son claramente desproporcionadas (estaría justificado decir que deliradas), y, por el contrario, el poder motivador de los sentimientos es indiscutible.

Cuando los comportamientos sociales dejan de estar sujetos a las motivaciones realistas y sólo responden al poder movilizador de los sentimientos, la fuerza que se libera tiende a ser destructiva. Atento a este tipo de comportamientos desestructurados, decía Carl Gustav Jung en 1932, cuando la Segunda Guerra Mundial aún no resultaba inminente, al menos en apariencia: “Las catástrofes de gigantescas proporciones que nos amenazan no son acontecimientos elementales de índole física o biológica sino sucesos psíquicos. Las guerras y revoluciones que nos amenazan tan pavorosamente son epidemias psíquicas. En cualquier momento puede apoderarse de millones de seres una idea delirante, y tendremos otra vez una guerra mundial o una revolución devastadora. En vez de estar expuesto a animales salvajes, a rocas que se desprenden, a inundaciones, está ahora expuesto el hombre a sus fuerzas anímicas elementales. Lo psíquico es una gran potencia que supera con mucho a todos los poderes de la Tierra”.

De la mano de este poder psíquico, del poder de los sentimientos cuando éstos cursan al margen de motivos objetivos (o lo que tiende a ser lo mismo: cuando esos motivos son delirados), surgieron los totalitarismos que asolaron Europa en el siglo XX, y se desencadenó la peste psíquica que, entre otras cosas, abocó a las dos guerras mundiales. La clave de las doctrinas que sustentan estas epidemias psíquicas estriba en servir de fundamento, asimismo delirado, a las esperanzas de los hombres de encontrar el paraíso perdido llegado al cual las angustias que conlleva el vivir encontrarían solución. El pilar básico de esas doctrinas son una clase de conceptos elementales (imágenes en realidad) a los que se asocia esa esperanza delirada y que sirven de estandarte tras el cual las masas humanas discurren como hipnotizadas en pos de su utopía. A tales casos hay que vincular esta reflexión del psicólogo social Gustave Le Bon, que hablando de la psicología de las masas, decía que en ellas “el poder de las palabras está vinculado a las imágenes que evocan y es, por completo, independiente de su significación real. Aquellas cuyo sentido está peor definido poseen a veces el máximo de capacidad de acción. Así por ejemplo, términos como democracia, socialismo, igualdad, libertad, etc. cuyo sentido es tan vago que no son suficientes gruesos volúmenes para precisarlo. Y, sin embargo, a sus breves sílabas va unido un poder verdaderamente mágico, como si abarcasen la solución a todos los problemas. Sintetizan diversas aspiraciones inconscientes y la esperanza en su realización”. Por lo que a nuestras actuales preocupaciones como españoles respecta, las que nuestros nacionalismos llevan a su máxima intensidad, otra de esas palabras talismán de ambiguo significado pero capaces de hipnotizar a masas humanas y de arrastrarlas en pos de lo que no es sino un espejismo, es “patria” o “nación” (aclaremos sin más demora que no todos los usos posibles de esas palabras son irracionales; estamos hablando de conductas promovidas por sentimientos que discurren al margen del principio de realidad).

El delirio supone una enfermedad mental grave cuya premisa principal es que quien lo padece nunca admitirá que lo está sufriendo, lo que hace que tenga muy mal pronóstico, pues le falta la necesaria conciencia crítica. Los nacionalistas catalanes, por ejemplo, hacen de Rafael Casanova su héroe principal, porque en las postrimerías de la Guerra de Sucesión (1701-1714) defendió Barcelona de las tropas de Felipe V y a favor del otro pretendiente a la Corona, el que hubiera podido ser, pero no fue, Carlos III. Casanova, ante el ataque inminente de las fuerzas borbónicas, emitió un bando que repartió por las calles de Barcelona en el que se decía textualmente que “atendiendo que la deplorable infelicidad de esta ciudad, en la que hoy reside la libertad de todo el Principado y de toda España”, confiaba en que los barceloneses, “todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados, a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España”. Y sin embargo, los que hoy pretenden la separación de Cataluña del resto de España se empeñan en considerar que aquella Guerra de Sucesión era en realidad una Guerra de Secesión que enfrentaba a Cataluña con el resto de España, y consideran a Casanova, declarado patriota español, como su héroe nacional. Asimismo, los nacionalistas vascos consideran que nuestra Guerra Civil fue en realidad una guerra de España contra el País Vasco, de igual manera que los nacionalistas catalanes consideran que fue una guerra de España contra Cataluña y, en el colmo del esperpento, los nacionalistas gallegos consideran que fue una guerra de España contra Galicia. Y sin embargo, vascos, catalanes y gallegos dice el principio de realidad que hubo declaradamente en los dos bandos, y que fue aquélla una guerra de españoles contra españoles. Son meros ejemplos que apuntan sin embargo a evidencias que nunca se permitirán reconocer los delirantes nacionalistas. Aún más: la mayoría de los separatistas no están pendientes de sostener sus sentimientos nacionalistas en ninguna clase de argumento, y simplemente desdeñan la historia o cualquier otra clase de demostración empírica. Ellos sólo atienden a las palabras o imágenes que, como las sugestiones del hipnotizador, les ponen en el trance apasionado que les lleva a despreciar la realidad cuando ésta les contradice. Todo lo cual demuestra que las destructivas epidemias psíquicas que analizaron Carl Gustav Jung y Gustave Le Bon, así como nuestro Ortega y Gasset en su “La rebelión de las masas”, no son cosa sólo del pasado. Como en aquellos angustiosos momentos en que la existencia de Roma estuvo amenazada, también hoy nos toca ver a “Aníbal ante portas”.