sábado, 10 de noviembre de 2012

El mal nos es intrínseco. El bien se encuentra fuera

Sólo como modo inicial de formular la cuestión, permitámonos decir que el bien y el mal son abstracciones. Efectivamente, si descendemos al terreno de los hechos concretos, lo que para unos es bueno resulta ser malo para otros y viceversa. Incluso para uno mismo, lo que unas veces es bueno resulta ser otras malo, y lo contrario. Kant pone el siguiente ejemplo: Llaman a la puerta, y el criado va y abre. Quien llamaba es una persona que, blandiendo un cuchillo de forma amenazadora, pregunta al criado si el amo está en casa, porque tiene la intención de matarle. Puesto que el amo, efectivamente, está en casa, el criado se encuentra ante un dilema: si opta, como le dicta su moral, por decir la verdad, se enfrentará a otro mandato moral, el que le exige ser fiel servidor de su amo, así como el de tratar de evitar un asesinato. Haga lo que haga, pues, cometerá una inmoralidad. Este relativismo de la moral ha llevado a muchos, finalmente, hacia el escepticismo, hacia la consideración de que no existen el bien y el mal, o puede que hacia el utilitarismo: sólo existe lo que me beneficia o me perjudica. Así resumía Platón la propuesta moral de Protágoras, el más significado entre los fundadores del relativismo: “Tal como me parecen las cosas, tales son para mí, tal como te parecen, tales son para ti”.

Pero el mismo Kant trató de buscar una regla universal que permitiera seguir creyendo que, por encima de las concretas circunstancias, existe un principio moral absoluto e insoslayable: “Obra de tal modo –decía– que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio”. Como de costumbre, no resulta fácil entender cabalmente lo que está diciendo Kant (ni, por desgracia, lo que dicen –cómo lo dicen– la mayoría de los filósofos). Así que, para tratar de entenderlo mejor, optaremos por dar vueltas alrededor de eso que propone como primer principio de la moral. Primera asociación de ideas al respecto: pudiera ser que lo dicho tuviera que ver con lo que pensaban los estoicos, para los cuales es virtud aquello que nos pone en armonía con el mundo. El mundo. El mundo… ¡Un poco más de concreción, por favor…! Intentémoslo: el mundo es eso que nos encontramos ahí afuera en cuanto salimos a ver qué hay además de nosotros mismos; es decir, en cuanto empezamos a vivir, porque decía Ortega: “La vida es precisamente un inexorable ¡afuera!, un incesante salir de sí al Universo (…) Es (el hombre) un dentro que tiene que convertirse en un fuera”. Virtud sería así lo que, haciéndonos salir de nosotros mismos, trata de ponernos en armonía con el mundo, es decir, con nuestra persona en cuanto que ser mundano (lo que estamos llamados a ser en el mundo) y con la persona de cualquier otro que forme parte de mi mundo; y vicio o maldad sería quedarse dentro de sí, esto es, el egoísmo. Ellos (mi persona mundana y las personas de mi mundo) son el fin, el “afuera” gracias al cual propiamente vivo, no un medio a mi servicio, un medio para seguir siendo yo (un yo que no saliera de sí). Puestas así las cosas, Cioran pudo decir que “el mal es abandono; el bien, un cálculo inspirado”; el mal nos es consustancial, el bien una conquista. Y por ello, la vida consiste en esa tarea de sobreponernos al mal del que partimos: “En el fondo, ¿qué hace cada hombre? Se expía a sí mismo”, concluye el mismo Cioran.

Prosigamos con Kant, que vimos que decía: “Obra de tal modo que te relaciones con la humanidad…”. La humanidad. La humanidad… ¡Otro poco más de concreción, por favor…! Bien, pues después de concretar, lo primero que empezamos a ver ahí afuera es a nuestra familia; después a nuestra nación… al género humano en última instancia. Y a múltiples estratos sociales intermedios. Por ejemplo, aquel criado del que antes hablábamos: su virtud estaría mediatizada por la concreta sociedad en la que se sintiera personalmente integrado; si en ella juega un papel suficiente su amo, estaría moralmente obligado hacia él. Si no fuera así, si estuviera resentido contra su amo, al que en el fondo considerara un enemigo (un miembro de otro cuerpo social contrapuesto al suyo), quizás empezara a sentir al potencial asesino que llamó a la puerta como un socio, de modo que sería con él con quien se sentiría moralmente obligado.
Somos pues, en un sentido moral, una fuerza vectorial que va de dentro a fuera y que nos une a nuestra sociedad. O a nuestras sociedades; ésas de las que decía Montesquieu (1689-1755): “Si yo supiera alguna cosa que fuera útil para mí y que fuera perjudicial para mi familia, la expulsaría de mi mente. Si yo supiera alguna cosa que fuera útil para mi familia y que no lo fuera para mi patria, intentaría olvidarla. Si supiera alguna cosa útil para mi patria y que fuera perjudicial para Europa o para el género humano, la miraría como un crimen”. En suma: es moral lo que me hace elevar mi punto de vista por encima de mi exclusivo interés e incluye en él el interés de mi sociedad. “Yo en mi sociedad” (en “mi circunstancia”) es, en este sentido, lo que determina qué cosas son buenas y cuáles malas. Si me siento integrado en un grupo terrorista, por ejemplo, matar a personas inocentes pasará a ser algo quizás terrible, pero bueno en última instancia, porque favorece los intereses de mi grupo de referencia. Si, por el contrario, pertenezco a una sociedad de penitentes que se procuran castigos corporales a sí mismos porque aspiran a una vida superior que el cuerpo está impidiendo, infligirse esos castigos será bueno, será virtuoso.
Así que la moral es una potencia del hombre que discurre entre los extremos de dos continuos: el extremo inmoral o amoral del primero de ellos es el egoísmo, la pretensión de permanecer encerrado dentro de uno mismo, convirtiéndose en una fuerza centrípeta hacia la que dirigir las aportaciones de los demás; en suma, y usando de los términos de Kant, convertir a los demás en un medio. Y al contrario, el extremo moral estaría marcado por el altruismo, que significaría convertir la vida en una entrega, en una tarea a través de la cual yo me vuelco hacia el mundo; no dejo de ser yo, pero soy yo en mi circunstancia. Este primer continuo hace referencia a lo que sería el desarrollo de la vida individual, que comienza en lo que Freud llamaba el narcisismo primario, la consideración de que el mundo es un apéndice de mí mismo, y transcurre hacia la personalidad madura que, como decía Aristóteles, es la que nos convierte en ciudadanos, animales políticos, habitantes de nuestra sociedad. El relativismo moral, desde este punto de vista, empieza a no ser tan relativo: para el niño es bueno lo que le procura placer y malo lo que conlleva dolor. El adulto comprende ya que a veces el sacrificio doloroso puede ser moralmente bueno. Todo es cuestión de situar sendas perspectivas dentro de su respectivo tramo evolutivo. A este desarrollo evolutivo hacía referencia el mismísimo Charles Darwin, apuntando implícitamente, podríamos decir, hacia el punto omega que daría sentido a esa misma evolución: “Una tribu que incluya muchos miembros que, por poseer en alto grado el espíritu de patriotismo, fidelidad, obediencia, valentía y simpatía, estén siempre dispuestos a ayudarse mutuamente y a sacrificarse por el bien común, será victoriosa sobre la mayoría de las demás tribus; y esto será selección natural. En todas las épocas y en todo el mundo, unas tribus has sustituido a otras y, puesto que la moralidad es un elemento importante de su éxito, la norma de moralidad y el número de hombres con buenas cualidades tenderá a crecer y a aumentar en todas partes”.
Y el otro continuo a través del cual la moral se va desarrollando como una potencia camino de su actualización hace referencia no ya al desarrollo de los individuos en relación con su sociedad, sino al de las mismas sociedades. Esta vez sería la historia, no sólo la vida de los individuos, el campo en el que la moral transcurre camino de su punto omega. Según esto, el extremo amoral de este continuo lo marcarían las sociedades centrípetas, encerradas en sí mismas, autárquicas y endogámicas, que o bien desdeñan a las demás naciones o sociedades, o se dirigen hacia ellas considerándolas instrumentos o medios al servicio de su propio interés. Y el punto omega o extremo de moralidad de este mismo continuo quedaría señalado por las sociedades abiertas, que encuentran su propio beneficio a través del hecho de inundar con sus aportaciones a las sociedades vecinas y de buscar la manera de armonizarse a sí mismas con el mundo como globalidad. En tiempos de la República, en Roma, esclavizar a los miembros de las naciones que derrotaban sus legiones era algo bueno. Después de la Ilustración, en la cual todos los individuos pasan a ser considerados ciudadanos en su nación, la esclavitud ha pasado a ser moralmente repudiable. Son cosas de la evolución, o de la historia. Asimismo, quienes aspiran a regresar a modos de sociedad preilustrados, endogámicos, en donde el idioma resulta ser un instrumento de separación con los vecinos antes que de comunicación, y en donde cada residuo tribal venga a conservar leyes e instituciones propias para regular problemas compartidos con las sociedades que, en el actual momento histórico, quedaron demarcadas tras la Ilustración, se sitúan en un estrato moral asimismo más primitivo desde el punto de vista de la historia.


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