viernes, 23 de noviembre de 2012

Nacionalismos y otras utopías reaccionarias

Copio y pego, querida Carlota, una parte de tu comentario a mi anterior artículo: “Ya sabes que yo no creo que los nacionalismos actuales sean reaccionarios, sino progresistas: la reaccionaria soy yo, que reacciono contra ellos porque me fastidian. -No sé donde tengo el ensayo de García Morente sobre el progreso, pero creo que ahora me vendría bien-. Tenemos aquí una seria diferencia semántica”. Efectivamente, creo que aquí está la clave de lo que parece diferenciarnos, y que te hace recelar de mi visión del nacionalismo (y de los totalitarismos o protototalitarismos en general) como una regresión, tanto de los individuos como de las colectividades en las que prende el virus, hacia estructuras de personalidad más primitivas. Tú ya sabes que cuentas con el apoyo intelectual de nuestro común amigo Jesús Laínz, que tuvo el arrojo (así hay que considerarlo en los tiempos que corren y con las maneras de fijarse el imaginario colectivo que rigen) de escoger como provocativo título para uno de sus últimos libros el de “Escritos reaccionarios”.

Yo sí tengo a mano una cita de Manuel García Morente que considero pertinente incluir en esta reflexión que llevamos a medias. La entresaco de un libro que tiene escrito sobre la filosofía de Kant, y se refiere a la inclinación hacia el utopismo que caracterizó a muchos de los contemporáneos de éste (y por tanto, de la Ilustración), y dice así: “Los hombres del siglo XVIII querían vivir en seguida conforme a la idea. Nosotros hemos aprendido a considerar que la idea está en un lejano futuro; que el presente y el pasado van poco a poco realizando la idea, y queremos que nuestra vida se encamine hacia ella, según las leyes y principios de todo encaminarse, de toda evolución. Aquellos vivían mirando al presente. Nosotros vivimos mirando al futuro. Su racionalismo era revolucionario. El nuestro es evolucionista (…) Este sentido de la vida como una realización de la idea, es propiamente el sentido kantiano (…) Kant es el pórtico que por un lado termina y cierra la labor del Renacimiento y por otro abre la entrada en la nueva época que aún vivimos. Su crítica definitiva de la metafísica, expulsa del dominio de la ciencia física los entes absolutos y los transforma en ideales para orientación de la vida”. Kant fue, efectivamente, progresista: abogaba por convertir la vida en una esforzada tarea en pos de algo mejor, en pos del ideal. Así lo reconoce Ortega, cuya filosofía se gestó, precisamente, en los regazos kantianos: “(Con la filosofía de Kant) –dice– entra en la historia un principio nuevo, al cual se debe la existencia de Europa: la voluntad personal, el sentido de la independencia autónoma frente al Estado y al Cosmos. Bajo su influjo, la vida, que era clásicamente una acomodación del sujeto al universo, se convierte en reforma del universo. La posición pasiva queda abolida y existir significa esforzarse”. La vida del hombre pasa a entenderse como tarea de reforma del universo para adecuarlo cada vez más al ideal que el hombre trae consigo. Hegel dirá que para acercarse progresivamente hacia la Idea o el Espíritu.

La utopía moderna, aquella a la que se refiere Morente, tuvo su adalid más destacado en Rousseau, contemporáneo, efectivamente, de Kant. Según lo que decía Morente, parecería que los utópicos también querían el progreso, sólo que de manera impulsiva: lo querían ya, como si sólo dispusieran del presente para realizar sus deseos. Pero esa actitud (ya sabes que me gusta hacer incursiones en paralelo hacia la psicología), además de impulsividad, significa intolerancia a la frustración y atentar contra el principio de realidad, justo las características de la personalidad inmadura (infantil, primitiva…). Por eso sostengo que el pensamiento utópico es un pensamiento reaccionario o regresivo. Efectivamente Rousseau era ése que decía que el hombre es bueno por naturaleza y lo que le pervierte es la sociedad, y abogaba por la regresión al estado natural, o a lo que consideraba como tal: más precisamente, situaba en el paleolítico el momento más feliz de la humanidad (más o menos donde los nacionalistas vascos sitúan su perdida Arcadia feliz). Rousseau consideraba incluso que la socialización, la entrada del hombre en sociedad, fue un hecho desgraciado, y que el auténtico estado natural es aquel que le lleva hacia la vida solitaria; incluso la familia era para él una creación artificial (y lo demostró prácticamente: abandonó en un orfanato, a medida que los fue teniendo, a sus cinco hijos). Y aún más (o menos) llegó a decir: “El estado de reflexión es un estado contra la naturaleza, y (…) el hombre que medita es un animal estragado”. La misma capacidad de razonar era para Rousseau un infeliz artificio. O sea que, puesto a regresar, está claro que no hubiera parado hasta volver al útero materno, la misma fantasía que alimentan los psicóticos más graves.
 
Sería necesario hilvanar más y mejores argumentos para sostener mi tesis general con suficiente solvencia, pero renuncio a ello de momento, y dejaré sólo apuntada otra correlación: la que el pensamiento utópico (esto es, el propio de quienes aspiran a reencontrar la Arcadia feliz –o Euskalerría o Catalunya felices– a la que se sienten pertenecer regresando a un pasado que consideran que se les ha arrebatado) tiene con el totalitarismo. Así lo demuestra, en mi opinión, el mismo Rousseau cuando llega a afirmar que “el que se niegue a obedecer a la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo; lo cual no significa otra cosa sino que se le obligará a ser libre”. También Hitler consideró que el Tercer Reich era el súmmum de la civilización y del progreso. Y Lenin creyó que había sentado las bases del regreso a la Arcadia del comunismo primitivo. Y los ácratas aún aspiran a regresar al estado de naturaleza... Todos ellos, efectivamente, se consideraron o se consideran muy progresistas. Si así fuera, yo también preferiría ser reaccionario, desde luego.


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