viernes, 7 de diciembre de 2012

El endeble hombre posmoderno

Lo deseable se ha acabado convirtiendo en el único elemento a admitir como ingrediente de la vida. Todos los recursos de la sociedad posmoderna se han puesto de una u otra forma a su servicio, de manera que las aristas más ásperas de nuestra modo de vivir van desapareciendo o quedando difuminadas. Sólo sobrevive, al menos para la conciencia, lo que sea compatible con los valores hedonistas, lo que signifique un mínimo de coacción y un máximo de opciones personalizadas. Lo placentero, lúdico, divertido, fácil, relajado, flexible, espontáneo, seductor, informal, bien humorado, dialogante, el respeto a la singularidad de cada uno, lo que provoque emociones positivas, lo saludable, lo rejuvenecedor… son las cualidades no ya exclusivas sino con pretensiones de ser excluyentes que han pasado a ser ingredientes exigibles en una vida adecuadamente planteada según los parámetros de la posmodernidad. Se intenta a toda costa eliminar de ella todos esos otros componentes que conllevan o presagian incomodidad, esfuerzo, declive, sufrimiento o dolor.

En el orden psicoterapéutico, por ejemplo, la consigna que, sobre todo en los libros de autoayuda, viene a dar expresión a lo que se entiende como remedio universal es la que recomienda “sentirse a gusto con uno mismo”, eludiendo el trato con todo aquello que la circunstancia haga asomar como conflictivo o preocupante. En el ámbito pedagógico, frente a la autoritaria educación propia de otras épocas, ha pasado a ser recomendable dejar que el niño se comporte espontáneamente, permitir que aflore su naturaleza sin coacciones y sin agobios, y con tal objeto se evitan todos aquellos elementos ambientales que pueden resultar coercitivos o traumatizantes; así, el amargo “suspenso” ha pasado a ser el mucho más edulcorado “insuficiente”, el mal alumno se ha convertido en un niño con problemas y las reglas disciplinarias han sido sustituidas por la participación. El lenguaje en general recoge hoy los resultados de un denodado esfuerzo destinado a transformar todo lo que pueda resultar intranquilizador o desagradable en eufemístico, esterilizado, y neutro: y así, los viejos se han convertido en miembros de la tercera edad, los ciegos en invidentes, los lisiados en minusválidos, los tontos en disminuidos psíquicos, las chachas en empleadas de hogar, el aborto en interrupción voluntaria del embarazo, los grupos de sindicalistas violentos y coactivos en piquetes informativos… En suma, lo que la sociedad posmoderna ha tratado de hacer ha sido, ya que no suprimir, al menos ignorar el mal.

¿Cómo ha podido hacerlo, si lo bueno y lo malo son ingredientes insoslayables ambos de la vida, si en cualquier situación forman un conjunto inextricablemente unido, de modo que donde uno se manifiesta, el otro siempre asoma, aunque sea en el modo de latencia? Lo ha podido hacer porque previamente ha disuelto la realidad en fragmentos; “fragmentación” es el gran concepto (quizá sería mejor decir anti concepto) posmoderno. Eso que antes se nos aparecía como un todo, situaciones o momentos, por ejemplo, en principio benéficos que no podíamos separar de las maléficas amenazas que les acompañaban, pueden ahora ser vistos como drásticamente diferenciados, de modo que todo consiste ya en atender solamente las partes agradables de las cosas y rechazar o ignorar las desagradables.

El resultado antropológico final ha sido la aparición del hombre endeble, del hombre flojo, frágil, feble, pusilánime, blandengue, timorato, inseguro. En suma, del hombre incapaz de adentrarse en las zonas de sombra de la vida que también son la vida, inepto a la hora de enfrentarse consecuentemente al mal, al dolor, a la desgracia, sólo diestro cuando de lo que se trata es de huir de ellos.

Y en esas estamos: incapaces de aceptar que la crisis actual se debe simplemente a que lo que hemos gastado es mucho más de lo que teníamos, ese hombre endeble no es que se rebele contra la mala administración, sino que lo hace contra los recortes; cualquier clase de recortes. La culpa la tiene, pues, la Merkel, que trata de imponernos esa conducta tan poco posmoderna que es la austeridad. Enfrentados, por otro lado, a problemas tan graves como los que hoy amenazan nuestra integridad nacional y estatal, ese hombre endeble se siente representado por un presidente del Gobierno como Rajoy, que, incapaz de ver que estamos ante un problema que exige ser resolutivo, sigue proponiendo como únicas medidas el diálogo, la flexibilidad y las ganas de agradar, precisamente con aquellos que ya han dicho que odian a España y que no hay nada que dialogar salvo la fórmula instrumental de la separación. Ese hombre endeble, asimismo, buscó durante décadas en el País Vasco la manera de coexistir adecuadamente con quienes implantaban el terror y la coacción, dejándoles ocupar la calle y finalmente, con la ayuda de los febles gobiernos del PSOE y del PP, también las instituciones. El prototípico hombre endeble de nuestro tiempo es ese que acepta que nuestras endebles instituciones no quieran investigar los enormes agujeros negros del atentado múltiple del 11 de marzo de 2004, de cuyo juicio sólo salió un ejecutor condenado, Jamal Zougam, cuando fueron trece las bombas que o explotaron o se colocaron en diferentes trenes; un condenado respecto del cual la fiscalía se ha negado a investigar las muy verosímiles sospechas denunciadas por El Mundo de que las dos testigos que declararon verle en uno de los trenes, y en cuyo único testimonio se basa la condena, fueron literalmente compradas para que aportaran tal testimonio; y un fiscal general del Estado, el insigne, y endeble, Eduardo Torres-Dulce, que ha declarado hace unos días que para él “el 11-M es un caso cerrado”; ignominiosamente cerrado habría que añadir. El hombre endeble sigue, en fin, creyendo que el estado benefactor, con ayuda de la Providencia tal vez, resolverá los enormes problemas políticos, económicos, sociales y judiciales que nos acosan, sin que él tenga que hacer nada, salvo lo de siempre: inhibirse, escapar de sus responsabilidades cívicas, votar a endebles gobernantes y abogar, eso sí, como las misses, por el diálogo, la paz en el mundo y la desaparición del hambre.

En conclusión, podemos decir que, en esta última etapa de la posmodernidad, la fragmentación ha dado un paso más, y está convirtiéndose en descomposición.


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