sábado, 12 de enero de 2013

La licuefacción de los políticos

(PUBLICADO EN EL CORREO DE BURGOS EL 21 DE ENERO DE 2013)

La tenacidad, la persistencia en el intento de alcanzar los objetivos perseguidos ha sido una cualidad profundamente arraigada en el hombre. Tiene incluso poderosos precedentes en caracteres que tuvieron una importante implicación en la conformación de la vía evolutiva que acabó desembocando en el homo sapiens. Cuenta en este sentido el prestigioso biólogo y naturalista Edward O. Wilson cómo los homínidos que estaban evolucionando hacia la configuración de ese homo sapiens, cuando dejaron atrás su vida arbórea, se adentraron en la sabana y se dedicaron a cazar, tenían el inconveniente de ser mucho más lentos corriendo en distancias cortas que sus potenciales presas, antílopes, cebras, avestruces y otros animales igualmente rápidos. “Sin embargo –continúa diciendo– (…) en algún punto, los humanos se convirtieron en corredores de larga distancia. Sólo necesitaban comenzar una persecución y seguir la pista de la presa, kilómetro tras kilómetro, hasta que esta se agotaba y podía ser vencida”. La misma necesidad empujaría, pues, no sólo hacia el desarrollo de las aptitudes físicas que había que emplear en tan largas persecuciones, sino hacia el moldeamiento de esa tenacidad que otros depredadores que resolvían sus persecuciones en el corto plazo no necesitaban de la misma manera.



La lejanía y la perseverancia cuentan, por lo tanto, con una larga tradición en cuanto que componentes del bagaje de lo humano. Aunque a veces, en determinadas épocas (por ejemplo, del Renacimiento para acá), los hombres han tenido que acortar la distancia con lo observado para acceder a los detalles que constituyen lo más inmediato, la falta o deficiencia en la visión de lo lejano han de ser indicio de alguna clase de crisis o descalabro en la manera de estar en el mundo. Porque, como dice María Zambrano, “sólo tras de haberse  señalado un fin lejano aparecen las finalidades inmediatas. Esa lejana luz es claridad que recae sobre las circunstancias inmediatas y las ordena, las hace cobrar sentido”. Y antes Ortega y Gasset: “Lo próximo, el objeto que vemos en nuestra inmediatez, se nos presenta desde luego destacando sobre un fondo de otras cosas más distantes; esto es, sobre el fondo de un horizonte”.

Y en esas estamos: en la pérdida de la referencia que significa el horizonte, la lejanía en el trato con las cosas, y, consiguientemente, el agotamiento en la perseverancia necesaria para acceder a ellas. El escenario de nuestra vida ha pasado en gran medida a estar copado sólo por lo inmediato y efímero. Zygmunt Bauman, entre otras cosas premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010, denomina este modo de vida característico de nuestra época “vida líquida”. “La vida líquida –sostiene– es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante (…) Entre las artes del vivir moderno líquido y las habilidades necesarias para practicarlas, saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas”. En nuestra sociedad, nada puede permitirse perdurar más de lo debido. El modo de vida triunfante es el propio de quien sabe adaptarse a la fluidez y fugacidad de las cosas, el de quien sabe no acostumbrarse a nada salvo a la propia movilidad en la que todo está inmerso, el de quien “prospera en medio de la desarticulación”. Y prosigue Bauman (citando a Richard Sennett): “Es probable que el horizonte ideal de estas personas sea Eutropia, una de las ‘Ciudades invisibles’ de Italo Calvino, cuyos habitantes, en cuanto se sienten presa del hastío y ya no pueden soportar su trabajo ni a sus parientes ni su casa ni su vida, se mudan a la ciudad siguiente, donde cada uno de ellos conseguirá un nuevo empleo y una esposa distinta, verá otro paisaje al abrir la ventana y dedicará el tiempo a pasatiempos, amigos y cotilleos diferentes”.

Un modo de ser, este que está adaptado a la vida líquida, que había de afectar, quizás de manera especial, a nuestros dirigentes políticos. Efectivamente, confirma Bauman que “las personas que circulan en las proximidades de la cumbre de la pirámide de poder global (…) son personas que se sienten como en casa en muchos sitios, pero en ninguno en particular (…) Viven en una sociedad de valores volátiles, despreocupadas ante el futuro, egoístas y hedonistas. Para ellas la novedad es una buena noticia, la precariedad es un valor, la inestabilidad un imperativo, la hibridez es riqueza. En diverso grado todas ellas dominan y practican el arte de la ‘vida líquida’: la aceptación de la desorientación, la inmunidad al vértigo y la adaptación al mareo, y la tolerancia de la ausencia de itinerario y de dirección y de lo indeterminado de la duración del viaje”. En suma, ausencia de principios, máxima versatilidad en las posibilidades sobre las que optar y falta de objetivos en los que perseverar.

Estos últimos días hemos asistido a la demostración de un claro ejemplo de comportamiento líquido en nuestros políticos, el que sobre todo han protagonizado Borja Sémper, presidente del Partido Popular de Guipúzcoa, y Javier Maroto, alcalde del PP de Vitoria, perfectos prototipos de políticos licuados y, a pesar de la inofensiva desautorización que han sufrido por parte de dirigentes nacionales del PP, auténticos representantes de los nuevos modos de hacer política en este partido, pues, como ha dicho Sémper, la tesis según la cual hay que “hacer un esfuerzo (que) pasa por entender que (en el futuro del País Vasco) estará Bildu (es una tesis que) manejan también Mariano Rajoy y el ministro del Interior”. Un apoyo, este de los máximos dirigentes del PP, evidente para quien quiera verlo, y que queda confirmado cuando, después del evidente fracaso del PP vasco en las últimas elecciones autonómicas, que ha perdido un 40% de los votos en relación con los que en 2005 obtuvo el PP de María San Gil, un 60% respecto de los que obtuvo en 2001 con Mayor Oreja, y un 49% en relación con los obtenidos cuando el PP vasco fue dirigido por Carlos Iturgáiz en 1998, no ha sido removido ni cuestionado ninguno de los actuales dirigentes de ese partido vasco.

El alcalde del PP de Vitoria Javier Maroto ha declarado que “no le tiemblan las piernas” por llegar a acuerdos con Bildu, la franquicia de ETA. Una ETA que, coyunturalmente, ha renunciado al empleo de las armas por dos motivos: por la excelente labor que contra ellos ha llevado a cabo la Guardia Civil y la Policía Nacional, y porque hoy sacan mucha más rentabilidad ocupando las instituciones, gracias al PP y al PSOE, que matando; pero los miembros de sus comandos siguen siendo detenidos con aquellas armas en su poder. Ese mismo alcalde licuado de Vitoria se ha llegado a pavonear de que se va de potes con los concejales de Bildu, es decir, de que acepta humillar la memoria de sus propios compañeros asesinados por la misma banda a la que pertenecen los miembros de esa franquicia, los mismos que se encargan de organizar los homenajes cuando el gobierno del PP excarcela a alguno de los asesinos.

El máximo dirigente del PP de Guipúzcoa, Borja Sémper, ha declarado por su parte que “el futuro de Euskadi se tiene que construir también con Bildu”; con un partido totalitario, pues, con el que se está dispuesto a pactar, es decir, a buscar un punto medio entre el partido que hoy gobierna en España y ellos, los que pretenden destruir esa misma nación. “No hay ningún inconveniente para el acuerdo –había declarado el alcalde Maroto–, el acuerdo es bueno. Hay municipios en Euskadi en los que, aunque PP y Bildu coincidan en sus prioridades, no votan juntos. Y esto nos hace distintos en Vitoria. A lo mejor es cuestión de talante”. El talante propio de quien busca ese “virtuoso” centro aristotélico entre un partido que cuenta con numerosos asesinados y otro que pertenece a la misma trama en la que se incluyen los asesinos, y que nunca ha renegado de sus crímenes.

Cuando Sémper ha buscado contra quién desahogarse después de sentir que su actitud no era muy bien acogida, sólo ha podido encontrar un partido enfrente contra el que cargar: UPyD. Así, acusa a Rosa Díez de tener una “actitud de inquisidores que no aceptan ni matiz ni reflexión”. Es decir, no aceptan que la política sea tan acuosa como para que quepa en un mismo partido aquello que defendieron Mayor Oreja, María San Gil, Santiago Abascal, Ortega Lara, Carlos Iturgáiz, Regina Otaola, Carmelo Barrio, Carlos Urquijo o el asesinado Gregorio Ordóñez y esto que defiende el PP pop de los Basagoiti, Oyarzábal, Sémper y Maroto. Un orgullo para mí pertenecer al único partido contra el que hoy puede cargar el acuoso Sémper.

Una prueba de que la política es hoy algo en estado perfectamente líquido es el hecho de que esté en manos de personas que no entienden la virtud de la perseverancia en los principios y en los objetivos. Aquellos humanoides de los que hablaba Edward O. Wilson en los que la perseverancia era un valor tan importante se hubieran muerto de hambre si hubieran asumido comportarse de acuerdo con estas otras variables líquidas. Otros llevamos camino de morirnos de asco.


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