sábado, 23 de marzo de 2013

A nuestro cerebro no le gusta pensar

Decía Prosper Mérimée que “la felicidad es como una gana de dormir”, es decir, que una parte importante de nosotros, atraída por tan deseable objetivo, a lo que aspira es a tumbarse a la bartola, a apagar los focos de inquietud que contradicen tal pretensión y a implantar sobre nuestro organismo la ley del mínimo esfuerzo. Así parecen corroborarlo algunas investigaciones que llevan a concluir que a nuestro cerebro le resulta preferible que tengamos la oportunidad de descargar el peso de nuestras decisiones sobre instancias externas a nosotros mismos. Efectivamente, se han realizado experimentos en los que se propone al sujeto una tarea que consiste en hacer valoraciones sobre un determinado asunto; el esfuerzo mental consiguiente es medido a través de los correlativos registros de actividad neuronal. En una segunda fase del experimento se le presentan al sujeto, antes de que haga su valoración, las opiniones que respectivamente ha hecho sobre el mismo asunto un supuesto experto en la materia o las que ha preferido una mayoría estadística de otros participantes anteriores en la misma tarea, aunque de hecho se tratara de una mayoría ficticia. En este caso, el cerebro del sujeto experimental prefiere preventivamente dejar de esforzarse (muestra ya de antemano menos actividad neuronal), lo cual significa que es como si juzgara que su labor está ya casi hecha y, ahorrando recursos, tiende a corroborar aquellas opiniones del experto o de la mayoría. En suma, que, por una especie de ley de la conservación de la energía, nuestro cerebro nos empuja a buscar referencias externas que nos ahorren el trabajo de pensar por nosotros mismos, lo que vendría a equivaler a la tendencia a instalarse en el cómodo recinto que gobiernan nuestras creencias, aquello que “se” piensa, aquello que “se” dice. Una creencia es, según esto, el sedimento de aquiescencia que en nuestra mente van dejando las opiniones ajenas dominantes, por las cuales nos sentimos confortablemente rodeados.

Partiendo de aquí, habría dos cosas que sería importante comprender. Una, cómo hacer compatible esa tendencia de nuestro cerebro a responder a la ley del mínimo esfuerzo con aquello que, en sentido opuesto, afirmaba María Zambrano, y que tampoco resultaría difícil confirmar, sobre el hecho de que “toda vida se vive en inquietud”, o aquello otro de lo que hablaba Ortega sobre “el estado de alerta sin el cual el hombre no puede, no tiene derecho a vivir”. Y, por otro lado, resultaría interesante conseguir hallar las fuentes últimas de donde manan las creencias, la manera en que se instalan en las gentes los criterios de valoración que nos permiten (¿o nos imponen?) entrar en sintonía con los demás, acatar los modos de evaluación mayoritarios. Podríamos decir, para empezar, que la instalación en las creencias, en el estado de opinión mayoritariamente dominante en nuestro grupo de referencia, es nuestro estado basal, el modo de funcionamiento mental inicialmente preferido por nuestro cerebro, y sólo nos sentiremos obligados a pensar, para saber qué es lo que debemos elegir o cómo comportarnos, si conectamos previamente con el estado de inquietud o de alerta, es decir, si sentimos que de alguna manera nos han fallado o nos resultan insuficientes nuestras creencias; es a esta última situación a la que se referían Zambrano y Ortega.

¿Cómo se constituyen esos aliviaderos de nuestro esfuerzo mental que desembocan en las creencias? ¿Cómo se construye primero y se generaliza después ese estado mental colectivo que las sustenta? Ese estrato de nuestra mente, como decimos, no está habitado por ideas, no es el resultado de un esfuerzo mental deliberativo, sino que está compuesto de algo que evolutivamente precede a nuestra capacidad de razonar: el sustrato con el que se constituye se forma con todo lo que puede ser acogido dentro de aquella perezosa disposición nuestra a dar por sentadas las cosas. Si de algo podemos sentir que nos viene decidido, nuestra inercia mental nos lleva, como en el experimento antes descrito, a darlo por hecho, a creer en ello (con lo cual, efectivamente, nos ahorramos el ingente trabajo que significaría tener que pensar sobre todo aquello que debamos hacer o decidir). De este modo, si hablamos con propiedad, podemos decir que mientras que una idea se tiene, en una creencia se está.

Si las ideas se expresan a través de silogismos (mejor o peor construidos), las creencias lo hacen a través de símbolos (imágenes mentales o externas) o de afirmaciones elementales que no necesitan demostración, que no necesitan, para resultar convincentes, de un esfuerzo intelectual añadido. De ahí que Ortega pudiera incluso decir que “los credos políticos (…) son aceptados por el hombre medio no en virtud de un análisis y examen directo de su contenido sino merced a que se convierten en frases hechas”. Si la razón es el medio ambiente en el que se desenvuelven las ideas, el propio de las creencias son las imágenes, en cuanto que portadoras de símbolos, y las consignas.

Uno de los movimientos sociales que a lo largo de toda la historia mejor supo desenvolverse en ese estrato mental que acoge nuestras creencias y que es previo y más profundo que el que conforman nuestras ideas, fue, sin duda, el régimen nazi (lo cual no quiere decir que los nazis no tuvieran también una ideología). La simpleza de los discursos de Hitler, considerados desde el punto de vista de su fuerza argumentativa, no era tal si los valoramos según este otro criterio que alude a las creencias, a la elocuencia expresiva, a nuestra necesidad primaria de encontrar ya decidido aquello que hemos de elegir. Por otro lado, la potencia estética de toda la parafernalia nazi que servía de sustento a su simbología (uniformes, antorchas, banderas, desfiles, canciones, folklore…) resultó emocionalmente arrolladora: no hay más que ver la manera en que, sin tener que distraerse buscando sustento en el ámbito de las ideas, sedujo a los alemanes. Y redondeando este conglomerado mental y emocional que servía de cauce al pensamiento visual en el que el régimen nazi se sustentó, la fuerza bruta fue el último factor de sugestión que hizo que finalmente todo el pueblo alemán vibrara casi al unísono.

 
Alcanzó tales cotas el régimen nazi en su elaborada expresión de pensamiento visual y su capacidad de contagio de las creencias que lo sustentaban, que podemos decir que quienes han tratado de seguir por ese mismo camino, por ejemplo, los regímenes estalinistas o los grupos pro-terroristas en el País Vasco, no son sino meros imitadores. Aunque no podamos decir que unos y otros no hayan conseguido llevar a sus respectivas poblaciones a ese estado de hipnosis colectiva o participación mística (así lo llamaba Lévy-Brhul) que sólo parece terminar cuando las creencias se demuestran fallidas en la medida en que esos pueblos acaban topándose con la catástrofe.

Entonces, de vuelta del trance hipnótico, es cuando a las ideas les corresponde tomar el relevo.
 
 

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