viernes, 19 de abril de 2013

Cómo llegar a ser un insignificante asesino en serie (reflexiones a raíz del atentado de Boston)

Nacemos como seres absolutamente insignificantes. Por entonces, nada de lo que ocurría se debía a nosotros, todo nos venía dado, nos encontrábamos diluidos en el océano de una clase de voluntad que por todos sus extremos nos era ajena. Que aparezca la palabra “yo” es una relativamente tardía conquista de la evolución del individuo y de la especie. Antes de eso, nos sentíamos incorporados a alguna forma del “nosotros”, que nos traía y nos llevaba sin que por nuestra parte ofrecer resistencia pudiera haber tenido algún sentido: ¿quién sería en tal caso el encargado de resistir, si “yo” no existía todavía?

En aquellos tiempos, la marea colectiva a la que entregábamos nuestro ser acababa por encarnar simbólicamente en seres concretos, que se convertían así en depositarios de esa voluntad que trascendía de los individuos, en representantes de ese destino que mueve el cosmos y en lo cual consiste la divinidad. Esos hombres que existieron antes de que apareciera el “yo” buscaban, pues, dioses encarnados, héroes o reyes (padres sublimados, diría Freud) a los que seguir incondicionalmente, seres que guiaran sus pasos por el mundo, que les permitieran trascender de su insignificancia como individuos al incorporarles a la voluntad colectiva o cósmica que tales líderes representaban, y a los cuales esos sus súbditos les entregaban el dominio de su vida y de su muerte. Cuando, por ejemplo, Francisco Pizarro ejecutó a Atahualpa, rey de los incas, en julio de 1533 (digamos de paso que de una forma ignominiosa), sus súbditos se sintieron huérfanos, incapaces de conducirse a sí mismos, puesto que faltaba el representante y catalizador de la voluntad colectiva en la que estaban inmersos. En el pueblo inca no existían los individuos; si faltaba el conductor, el representante de Dios, la marea colectiva quedaba desintegrada, sofocada por el caos. Esa fue precisamente la clave de la conquista del poderoso Imperio inca por parte de unas pocas docenas de españoles.

La era moderna ha expulsado a los individuos de su matriz colectiva; podemos decir que Dios ha entregado a los hombres ese destino que hasta entonces les usurpaba, o dicho de otra manera: les ha dado un “yo”, y en esa medida ha dejado de ampararles… o de imponerles tal destino. Desde el Renacimiento para acá, y salvo regresiones como las que han procurado el totalitarismo o el colectivismo, la voluntad supra personal ha dejado de suplantar a la voluntad individual. Cada cual se ha convertido en depositario último de su destino. El significado de la vida es una dependencia y una responsabilidad de cada uno de nosotros. En terminología bíblica, hemos pasado de la indiferencia ante los acontecimientos –que nos superaban– a tener conciencia del bien y del mal y, consiguientemente, a estar comprometidos a favor de aquel y en contra de este. Es decir: hemos sido expulsados del paraíso de la inconsciencia –también podríamos llamarla conciencia cósmica o colectiva– y empezamos a ser responsables de lo que sucede, actores, no sólo espectadores, en el escenario de nuestra vida.

Sin embargo, Rollo May, un psicólogo de la corriente existencialista, gran estudioso de la mentalidad de nuestro tiempo, se preguntaba hace ya décadas (“El dilema del hombre”, 1990): “¿Uno de los mayores problemas del hombre occidental en esta época no es el de sentirse un ser carente de significación como individuo? (…) Toda clase de gente en estos días, sobre todo los jóvenes, cuando acuden a un consejero o a un psicoterapeuta diagnostican su problema como una ‘crisis de identidad’”. También Karl Jaspers, un filósofo de la misma corriente que May, advertía del “peligro de que el hombre moderno pierda la conciencia de sí mismo”. Situación paradójica esta a la que hemos llegado, puesto que a una mirada superficial parecería que de lo que hemos perdido conciencia no es de nosotros mismos, sino de los límites que nos impone la realidad, que parece haberse vuelto de plastilina y prestarse a cualquier pretensión o incluso capricho de nuestro yo aparentemente soberano. Pero es precisamente esa versatilidad en las posibilidades de ser, esa falta de compromiso tanto con los principios como con las metas, ese relativismo que nos puede llevar a ver hoy como bueno lo que ayer juzgábamos malo, y viceversa, lo que, bajo apariencia de que podemos hacer lo que nos plazca, promueve aquella crisis de identidad y consiguiente pérdida de la conciencia que nos habría de permitir saber quiénes somos.
 
Hemos regresado, pues, a aquella posición moral del hombre primitivo que le llevaba a la indiferencia (irresponsabilidad) ante los acontecimientos. Como dice Rollo May, “la respuesta pragmática ofrecida por la situación inmediata” es prácticamente todo lo que tenemos ya; en suma, “la respuesta impersonal”. Hemos vuelto a los tiempos en los que vagábamos inmersos en una voluntad ajena, una voluntad “divina”… pero con una diferencia: ya no hay ninguna voluntad divina en la que vagar, somos irremediablemente individuos, nos sabemos dueños de nuestro destino, pero no creemos que podamos hacer nada con él, que podamos dar ningún significado a nuestra vida, sólo respuestas a lo inmediato. Estamos volviendo a ser insignificantes, pero, al revés que nuestros ancestros, condenados a vivir esa insignificancia en soledad, no bajo el amparo de un destino superior que nos envuelva.

El caso es que el absurdo, la falta de significado (la insignificancia) no es soportable como sustrato sobre el que hacer discurrir la vida. El resultado inmediato de aquello es la ansiedad o angustia patológica. Dice Rollo May que esa ansiedad “es la pérdida de sentido de uno mismo en relación con el mundo objetivo”. El mundo objetivo y los demás se ven entonces como contrapuestos y enfrentados a uno mismo, sentimos su proximidad como una agresión contra nuestra frágil identidad, lo convencional se vive como un ataque contra uno mismo, como una asfixiante imposición o intolerable privación. Karl Menninger (“El hombre contra sí mismo”, 1972) habla de una docena de criminales que fueron sometidos a psicoanálisis: “En todos los casos –concluye – apareció la misma fórmula general, es decir, un gran deseo de seguir siendo un niño subordinado a la dependencia familiar, y un gran resentimiento contra las fuerzas sociales, económicas y otras que frustraron sus satisfacciones”. Al final de ese periplo psicológico se entra en un círculo vicioso que May describe de esta forma: “La ansiedad lleva a la apatía, ésta a un odio creciente que desemboca en un mayor aislamiento de la persona respecto de su prójimo, un aislamiento que, por último, aumenta el sentimiento de insignificancia y desamparo del individuo (…) Y el odio y la disposición a destruir a nuestros vecinos se convierte (…) en una descarga para nuestra propia ansiedad e impotencia”. Todos estos elementos de la personalidad de quien se siente tan gravemente enfrentado a su entorno pueden valorarse asimismo como componentes de la personalidad paranoide. En un manual de psiquiatría que tengo ante mí (“El mundo paranoide”, VVAA., 1974), se habla de “la necesidad del paranoide  de ser el centro de la atención, y de ser lo bastante importante como para que otros, particularmente los que están en posesión de autoridad, se preocupen de él”. Si no es así, si el paranoide no tiene éxito en provocar una respuesta de atención (la manera más primaria de ser significativo) de figuras paternales, da paso a las típicas rumiaciones persecutorias que no van acompañadas en principio de comportamientos que sirvan para hacerlas manifiestas. Sin embargo, lo que se produce paulatinamente es que “aumenta la tensión, y en personas gravemente paranoides ello desemboca en actos violentos hacia sí, o desgraciadamente en ocasiones, hacia otros”.

Estallidos de violencia indiscriminada como el que acaba de producirse en Boston y que recurrentemente se producen, con uno u otro formato, de manera singular en la sociedad norteamericana, podrían ser, según esto, resultado extremo de este proceso de alienación, de falta de sentido e identidad de algunos individuos que, con el camuflaje, quizás, de alguna ideología que dé apariencia de racionalidad a su odio, culpan a los demás de su insignificancia.
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