domingo, 5 de mayo de 2013

La Teoría de las Catástrofes aplicada a la situación política y social española

La Teoría de las Catástrofes, inventada por el matemático francés René Thom, propone un marco interpretativo desde el que contemplar aquellos fenómenos de cambio repentino en la naturaleza y en la sociedad que resultan desproporcionadamente grandes en comparación con el tamaño de la causa que los desencadena. Es aquello del efecto mariposa que a todos nos suena. Así pues, las características de estos fenómenos de cambio que constituyen el objeto de estudio propio de esta teoría son: su carácter repentino, la desproporción entre la pequeña causa y el gran efecto y la irreversibilidad del cambio una vez producido. Ejemplo: un puente puede aguantar que el trasiego que sobre él se realiza suponga un determinado peso, que puede ir en aumento sin que durante un tiempo pase nada. Pero a partir de un determinado momento, un pequeño peso de más puede provocar la catástrofe: el puente se cae y ya no es posible volver a la situación anterior. Aplicada a las Ciencias Humanas, la Teoría de las Catástrofes pretende proporcionar herramientas para abordar fenómenos muy variados: cuándo estallará un motín en una cárcel, cuándo se desplomará la Bolsa o cuándo un determinado desequilibrio psicológico puede desembocar en un estallido crítico.

Soy de Letras. No aspiro a entender la fórmula matemática encargada de dar razón de estos fenómenos en movimiento. Casi me conformo con aprovecharme del concepto para aplicarle cualitativa, no cuantitativamente, a la comprensión de algunas parcelas de la realidad. Otro concepto, el de “estructuras disipativas” del Premio Nobel de Química Ilya Prigogine, me sirve para entender que no todos estos cambios repentinos, desproporcionados e irreversibles son catastróficos. A veces, cambia la estructura de forma irreversible, pero mejorando la anterior, no meramente destruyéndola, para poder contener los cambios que la antigua estructura era ya incapaz de soportar. Serviría esta fórmula para explicar, por ejemplo, las mutaciones genéticas sobre las cuales se sostiene la evolución (los cambios evolutivos serían, pues, repentinos, no célula a célula).

 
Buscaré un ejemplo sociológico sobre el que poder aplicar este tipo de conceptos. Y lo cogeré del argumento central de un libro que acaba de publicarse: “La gran degeneración. Cómo decaen las instituciones y mueren las economías” (Ed. Debate, 2013), de Niall Ferguson, considerado por la revista Time como uno de los 100 personajes más influyentes del mundo. Además de otras cosas, en general creo que menos interesantes, habla del fenómeno de la urbanización como el elemento central de la historia. Es un fenómeno que tiende a intensificarse: cada vez son más grandes las ciudades a medida que pasa el tiempo, lo cual es comprensible porque en principio tiene unas muy positivas consecuencias: los rendimientos en los servicios crecen de una manera exponencial. Así, cuanto más grande es una ciudad, menos gasolineras per cápita se necesitan; simplificando, cuando la población de una ciudad crece en un 100 por ciento, esa ciudad necesita incrementar el número de gasolineras per cápita sólo en un 85%. Sobre esa misma tendencia de crecimiento exponencial de la eficiencia se mueve el incremento en los salarios, porque los rendimientos se hacen mayores cuanto más grande es la ciudad. También habrá en esa ciudad en crecimiento más instituciones educativas, más acontecimientos culturales, más patentes producidas, más opciones laborales… en una proporción mayor que la que significa la estricta correlación con el aumento de población. La ciudad es pues una estructura que incorpora aumentos constantes sin necesidad de romper el molde, de, en principio, pasar a ser otra cosa, otra estructura cualitativamente distinta. ¿Quién está encargado de mantener esa estructura para que se pueda sostener en pie el organismo de la ciudad? Las instituciones: gobierno, policía, leyes, jueces, funcionarios…

En paralelo, sin embargo, a medida que aumenta el tamaño de la ciudad, de manera más o menos soterrada van creciendo también otros elementos disfuncionales y que en alguna medida amenazan el sistema. Así, cuanto más grande es una ciudad, mayor es la delincuencia, pero no en una proporción equivalente, sino en el mismo sentido que antes decíamos: tiende a aumentar exponencialmente. Lo mismo podemos decir de la contaminación y de las enfermedades. De todas formas, la estructura global de la ciudad, mientras se mantiene sana, puede ir controlando estas fuerzas disfuncionales que, si llegaran a rebasar ese control, amenazarían con provocar el colapso de la ciudad. “Allí donde hay un gobierno representativo eficaz  -dice Ferguson–, donde existe una economía de mercado dinámica, donde se respeta el imperio de la ley y donde la sociedad civil es independiente del Estado, los beneficios de una población densa superan a sus costes. Pero allí donde no rigen esas condiciones sucede lo contrario”. Un marco institucional seguro puede incluso permitir que la estructura salga reforzada de las perturbaciones (es lo que asimismo sostiene Nicholas Taleb en su teoría sobre los “cisnes negros” y la antifragilidad). “Pero allí donde no existe ese marco –concluye Ferguson--, las redes urbanas son frágiles: pueden desmoronarse frente a perturbaciones relativamente pequeñas (como Roma cuando fue atacada por los visigodos en el año 410)”.

En principio, la conjunción de voluntades en una sociedad, de modo que el soporte institucional permita a esa sociedad sentirse como un solo cuerpo, sería un importante síntoma de estabilidad  de esa estructura social en crecimiento (mejor habría que decir antifragilidad, según Taleb, porque es una estructura en movimiento y, por tanto, no estable). Pero no es suficiente: la sociedad más avanzada del mundo en 1932, atendiendo, por ejemplo, al número de premios Nobel de ciencias por habitante era Alemania. En 1933, subió el partido nazi al poder, y etc., etc. Así que hemos de conformarnos con atender a las fuentes de inestabilidad o fragilidad que, llegado un momento crítico, pueden superar en sus efectos a las de estabilidad y llevar a las estructuras sociales al colapso. Que estén detectadas en nuestra sociedad española, podemos considerar como fuentes de inestabilidad o fragilidad: las tendencias centrífugas nacionalistas y regionalistas que impiden que el cuerpo colectivo quede suficientemente integrado en una estructura común; la degeneración de nuestras instituciones, de nuestros poderes públicos, de los partidos políticos, de los sindicatos… de todo lo cual la corrupción económica es un síntoma, y el desprecio al principio de legalidad, otro; la usurpación de funciones de nuestra sociedad civil por parte de una burocracia administrativa sobredimensionada; el endeudamiento público en unas condiciones de falta de credibilidad ante los mercados que a menudo hace subir los intereses de una manera muy onerosa y que desplaza hacia las futuras generaciones la hipoteca del crecimiento; el avance de los grupos extremistas, representado por las expectativas electorales en crecimiento constante de Izquierda Unida, más que por la todavía hoy contenida expansión de protestas callejeras exasperadas, y contrarrestando la fuerza antifrágil que supone el crecimiento de UPyD; los enormes quistes cancerosos que nadie con poder asume que es necesario sajar, y que están degradando moral e institucionalmente a nuestra sociedad: los pactos políticos con los terroristas, la falta de investigación del atentado del 11-M de 2004, unos servicios secretos incontrolados y que recurrentemente inyectan su dosis de inestabilidad/fragilidad al sistema... Frente a todo esto, y como colofón de tales síntomas desestabilizadores, tenemos un gobierno dirigido por una persona que cree que la mejor solución de los problemas es la inacción y dejar que pase el tiempo, como si no existiera ese posible horizonte de colapso general si las fuentes de inestabilidad siguen creciendo y sin ser contrarrestadas, un gobierno, en fin, que no conoce la Teoría de las Catástrofes y cree que una situación de fragilidad como la nuestra puede prolongarse indefinidamente o incluso mejorar sin necesidad de actuar de ninguna forma para contrarrestarla.