domingo, 16 de junio de 2013

La sorpresa del pavo ante la llegada de la Navidad

   Amigo Sierra, el ejemplo que pone Nassim Nicholas Taleb, remedando otro anterior de Bertrand Russell, para explicar lo que quiere decir con su teoría de los Cisnes Negros es muy ilustrativo: un pavo, a dos días del de Acción de Gracias (de Navidad diríamos por aquí), si se rige por las leyes de la estadística y de la razón, puede inferir que, teniendo en cuenta lo bien que le trata su dueño y cómo le alimenta y cuida, va a seguir siendo tratado de la misma manera. Si el día antes de Navidad, una vez que su dueño le ha retorcido el pescuezo mientras preparaba los otros ingredientes del puchero, hubiera podido pensar digamos que a posteriori, seguro que se preguntaría qué demonios había pasado. Su curva de Gauss de acontecimientos previsibles no avisaba por ningún lado de ese retorcimiento de pescuezo. ¡Con lo bien que el dueño le había tratado hasta entonces!

 
   En resumidas cuentas, las cosas son lo que parecen ser… hasta que llega algún nuevo acontecimiento (¡y siempre acaba llegando!) y lo pone todo patas arriba. Por si fuera poco, ese acontecimiento es, a priori, imposible de predecir. Por tanto, parece que no podemos confiar en ninguna ley general, que la navaja de Ockham puede hacer lo que realmente estaba llamada a hacer: eliminar cualquier inferencia que sobrepase el perímetro de cada acontecimiento individual… ¡Tremendo! No es que uno no se pueda fiar ni de su padre, es que no se puede fiar ni de Dios Padre, que es el responsable último de que las cosas tengan un por qué… o no.
   Así que una de dos: o renunciamos a la ilusión de vivir en un mundo sujeto a normas y previsible, y aceptamos que nuestro hábitat natural es el caos, que sólo admite una última previsión (qué tramo de la vía del tren sería el más adecuado para preparar la salida de este mundo absurdo), o seguimos  pugnando por encontrar el modo de hallar algún sentido, pese a todo, a lo que ocurre. De momento, yo opto por este segundo plan (¡mero instinto de supervivencia quizás!).
   Puestas así las cosas, y sin dejar de comprometerme a seguir dándole vueltas a las muy sugerentes e inquietantes reflexiones de Taleb sobre el impacto de lo altamente improbable, propongo pensar que el orden viene envuelto en paquetes a la manera de las muñecas matrioskas, y que, para la muñeca más pequeña, el orden que supone la que la envuelve le supera, desborda y descalabra. Partamos, por ejemplo, de nuestra capacidad de ver como seres humanos: nuestras células fotorreceptoras sólo son capaces de detectar tres colores básicos, rojo, verde y azul, así como los diferentes colores secundarios y terciarios. Nada que esté más allá, hacia el infrarrojo o el ultravioleta. Existen sin embargo muchos animales capaces de apreciar una gama de colores mucho más amplia que la que los hombres reconocemos. Ellos ven, en general, un mundo muy diferente del que nosotros alcanzamos a percibir. Si por un momento una de las imágenes de ese otro ámbito invisible para nosotros se colara en nuestro campo visual, quedaría invalidada nuestra imagen del mundo hasta entonces habitual, mucho menos expresiva de lo que realmente existe... ¿O no? Quizás seguiría siendo válida para un conjunto de variables determinado, y quedaría trastocada cuando irrumpen variables hasta entonces desconocidas, pero sin anular la verdad (parcial) que hasta entonces resultaba válida. De esa manera, el pavo tendría razón al pensar que su dueño le cuidaba; solo que se trataba de una pequeña verdad que queda desplazada, incluso contradicha (pero no anulada), cuando asoma la otra verdad mayor.
   Nos movemos, pues, en un campo que no necesariamente está hecho de mentiras (de absurdos), sino de verdades insuficientes. Cada una tiene su momento o su campo de vigencia, normalmente seobrevalorada. Y la historia estaría ahí, abierta para que vayamos entrando, a través de lo que parecían excepciones a la regla, en nuevas normas generales con un ámbito de aplicación superior. Por ejemplo, en la entrada anterior de este blog se analizaba la perspectiva que sobre las decepcionantes cosas de este mundo han tenido los hombres a lo largo de la historia. En el hombre primitivo predominaba una perspectiva retrospectiva y nostálgica, según la cual, y tal y como quedaba expresado en sus mitos, todo procede de una edad dorada y de un paraíso perdido en los cuales las cosas estaban instaladas en la plenitud; de entonces hacia delante, todo habría ido degenerando. Tales, Anaximandro y Anaxímenes resultaron ser unos Cisnes Negros respecto de sus antecesores, los creadores de mitos, cuando inventaron la filosofía, y en vez narrar la existencia de una edad dorada pasada, se elevaron, a través del pensamiento abstracto, hacia la idea de naturaleza; mantuvieron la perspectiva anterior, la pequeña verdad alcanzada por los creadores de mitos, pues también ellos, los filósofos, entendían que el ser auténtico de las cosas estaba en el pasado, en su estado natural, pero a la vez descubrieron la matrioska superior al sustituir la narración mítica por los conceptos. Aristóteles fue un nuevo Cisne Negro que dejó pequeña la verdad anterior: el ser de las cosas no estaba en el pasado, sino en lo que serán en el futuro, cuando realicen sus potencialidades. Y sin embargo, la verdad antigua no fue a parar al vertedero, sino que incluso fue incorporada en la nueva perspectiva-matrioska: en el pasado ya existía el ser auténtico de las cosas, como habían dicho los filósofos hasta entonces… pero existía sólo en potencia. Y así sucesivamente. Como los fractales, la nueva estructura se monta sobre la pauta de la estructura antigua, aunque en una nueva escala, en un nuevo bucle de la espiral evolutiva.
   Es cierto que mientras estamos situados en el ámbito de una pequeña verdad, de una matrioska más interior, no resulta posible prever, anticipar la forma que tendrá la verdad superior, que siempre sorprenderá y sobrevendrá a través de un cambio cualitativo, no por mera evolución acumulativa de factores. Pero creo que, de todas formas, sí es posible detectar la existencia previa de factores favorables al cambio que acabará produciéndose, la existencia de estados de perturbación o inquietud que, aunque no necesariamente aboquen hacia la irrupción de una nueva verdad, de un cambio de paradigma, sí puede observarse a posteriori (una vez que ese cambio se haya producido) cómo propendían hacia ello. Por ejemplo, Taleb trae a colación el caso de la forma imprevisible en que dio comienzo la Primera Guerra Mundial: un acontecimiento menor y azaroso, el atentado mortal en Sarajevo contra el archiduque heredero de la Corona del Imperio austrohúngaro y su mujer, igual que en el efecto mariposa, acaba poniendo en marcha aquella devastadora guerra. Sin embargo, y aunque sea a posteriori, sí que podemos detectar la previa existencia de una sopa de inquietud en la política y en la cultura europeas que podemos decir que estaba sirviendo de caldo de cultivo de lo que acabaría eclosionando como Guerra Mundial.
   Un ejemplo más: acabo de regresar de Noruega, donde he comprobado lo altos, rubios (bueno, siendo sinceros: altas, rubias…) y de ojos azules que son los habitantes prototípicos de aquel país. Una raza hermosa. Sin embargo, en algunas de los barrios de Oslo, llamaba la atención el alto porcentaje de inmigrantes (especialmente llamativo el de los gitanos rumanos), y entre ellos muchos mendigos y grupos de personas sentados en alguna acera o vagabundeando por la calle, que contrastaban abruptamente con aquel otro paisaje humano tan selecto. Debido a ello, los noruegos, parece ser que como fórmula defensiva perentoria, se han cerrado sobre sí mismos. Varios españoles que andaban por allí buscándose la vida me ratificaron una impresión que debe de ser bastante común entre los no noruegos: estos no se comunican ni mantienen contactos con los de otras nacionalidades, a los que probablemente, en mayor o menor medida, desprecian. En ese contexto, que en julio de 2011 surgiera un paranoico como Anders Breivik cometiendo aquel terrible acto terrorista en el que murieron 77 personas, y argumentando que quería llamar la atención sobre la invasión de inmigrantes, especialmente islámicos, hay que considerarlo como un Cisne Negro, un acontecimiento inusitado puesto en marcha por una mente delirante. Delirios estos, entiéndaseme bien, que no guardan ninguna proporción con aquellas otras actitudes de cerrazón defensiva de los noruegos en general, pero estas , sin embargo, podrían valorarse a posteriori, de alguna manera, como campo de inquietud que formaría el caldo de cultivo preparatorio para la irrupción de aquel Cisne Negro.
   Toda esta argumentación, amigo Sierra, lo único que pretende es salvar la idea de que, aunque en gran medida lo desconozcamos, el mundo tiene sentido, y este va desvelándose a través de la historia. Hegel seguiría teniendo razón, porque lo que irrumpe como caos, desestructurando nuestras pequeñas verdades, trabajosamente conquistadas, acaba mostrándose como parte de una nueva verdad que incluso incorpora (pura dialéctica hegeliana) a la antigua pequeña verdad. De modo que incluso lo que a nivel microcósmico parece puro caos, una vez que asciendes de nivel hacia lo macrocósmico, se muestra como ordenado. Viendo los átomos desenvolverse, se diría que cada uno de ellos va a su bola, sin tener en cuenta para nada la trayectoria que siguen los demás. Y sin embargo, vas ascendiendo hacia la molécula, la célula, el organismo, el hombre, la cultura, la historia, el mundo, el universo, el Punto Omega… y todo empieza a tener sentido.
   El caos en el microcosmos se convierte en orden en el macrocosmos.
   Sin embargo, las reflexiones de Taleb sobre los Cisnes Negros (en las que apenas puedo decir que estoy entrando todavía) me parecen tan serias, tan impactantes y tan dignas de consideración que mejor considero las mías como provisionales, a la espera de que pueda aparecer algún pensamiento nuevo que, a la manera de los Cisnes Negros, acabe descalabrando mis conclusiones.