domingo, 8 de septiembre de 2013

España como respuesta a la atracción del crepúsculo

El más allá ha sido siempre el ámbito del que el hombre ha echado mano cuando ha necesitado un referente sobre el que proyectar sus inquietudes, tanto las que le avisan de algo que ha de temer y de lo que ha de defenderse, como aquellas otras que, empujadas por el Deseo, se sustentan en la esperanza de conquistar algo mejor que lo que ya tiene. Más acá de esa frontera quedan delimitadas las parcelas de vida ya controladas, sujetas a las leyes de lo habitual, de lo que se espera repetir sin perturbaciones. Que exista un más allá supone, por el contrario, la confirmación de que aún queda algo por hacer, bien en el sentido conservador de defenderse de lo que amenaza con irrumpir y acabar con lo que se ha llegado a ser, o bien en el sentido de transgresión de esa frontera, que se presenta como un reto, como una muestra de lo que se ha de alcanzar para completar, o al menos mejorar, lo que ya se es, porque, como dice Ortega, “poca cosa es la vida si no piafa en ella un afán formidable de ampliar sus fronteras”. Apuntando hacia lo que ha de ser el objetivo que en el más allá nos espera, el mismo Ortega dice también en otro lugar: Más allá del horizonte está lo que del mundo no nos es presente en el ahora, lo que de él nos es latente.

El más allá se nos manifiesta de diversas maneras que pueden incluirse unas en otras, de forma semejante a como lo hacen las muñecas matrioskas. Sin duda, la forma rectora que modela y sustenta a todas las demás es el más allá de la muerte, última frontera del ser. De ese más allá vienen emitidas, en última instancia, todas nuestras angustias, todo lo que amenaza con convertir en frágiles o provisionales las conquistas que hayamos alcanzado a lo largo de la vida, obligándonos una y otra vez a sobreponernos a esa expectativa que la muerte añade a todo lo que nos constituye.

El héroe o el dios vienen a ser aquellos personajes que, habiendo traspasado las fronteras en las que la muerte acechaba, han conseguido sobrevivir o resucitar. Han conquistado, pues, el más allá. Sobre su modelo construimos la creencia en la supervivencia, en que no desaparecerán los logros alcanzados a lo largo de la vida, en que, de alguna forma, el ser que somos es más poderoso que la misma muerte. En suma, que existe la manera de seguir adelante. Ha sido la religión, se infiere, el instrumento radical de aproximación a esa frontera, la más angustiosa, a base de sugerirnos que existe un camino heroico por el que es posible acceder, confiados, al más allá.

En un sentido topográfico, de inferior nivel por tanto, e incluido en aquel otro sentido escatológico y modelado por él, el más allá ha tendido a estar ubicado en el Occidente, siguiendo el rastro que deja el Sol, origen de toda forma de vida, mientras discurre hacia el ocaso. Y la frontera, las tierras de la muerte, el “Finis Terrae”, ha merodeado, desde tiempo inmemorial, alrededor de lo que llamamos España, la Iberia de los fenicios, la Hispania romana, que hasta Colón fue el extremo occidental del mundo conocido, el que envolvía al “Mare Nostrum”.

 
Sobre esta atracción hacia el Occidente decía Ortega: “Los hombres de Grecia y Roma (...) recordaban o veían que el Poder, el mando del mundo, el Imperio, se había ido moviendo, desplazando y como emigrando de un punto de la tierra a otro. En efecto, sabían que, primero, había habido el Imperio de los asirios, y que de allí el mando pasó al Imperio de los persas, de donde a su vez se trasladó a Macedonia, con Alejandro el Magno, y que en su tiempo acababa de llegar a manos del pueblo romano. Es decir, que, por lo visto, el Imperio emigra de Oriente a Occidente, lo mismo que las estrellas (...) Lo curioso es (...) que con el Imperio ha seguido aconteciendo lo propio, ha seguido trasladándose, moviéndose de Oriente a Occidente. Es lo que llamaban “translatio Imperii”. Es decir que, por lo visto, la Historia sigue el mismo curso sideral”.

“El anhelo es la primera manifestación de la vida humana”, dice María Zambrano. El anhelo, el Deseo, está presente, por lo tanto, a la hora en que se imaginan y confeccionan las trayectorias por las que habrá de discurrir la realidad. Bien pudiera ser que la tarea del Deseo consistiera en crear mundos imaginarios para, acto seguido, quedarse pacientemente a la espera de que la historia acabe dejando a su alcance un mundo real en el que poder encarnar, mejor o peor, ese otro mundo deseado. Entonces la imaginación dejaría que los lugares y los personajes del drama que ella inició tomaran prestados los nombres que consigo trae la realidad. La historia, según esto, consistiría en una secuencia de ensayos de aproximación a las pretensiones del Deseo, de forma que, una vez interpuesto el cedazo encargado de separar los aciertos de los errores, se acaben recogiendo el número suficiente de los primeros como para que quede configurado el acontecimiento que ha de servir de anclaje real al mundo que la imaginación tenía preparado. Ortega lo dice así: “Casi siempre las cosas humanas comienzan por ser leyendas y sólo más tarde se convierten en realidades”. Y se reafirma cuando dice: “El hombre es el animal fantástico (...) Y la historia universal es el esfuerzo gigantesco y milenario de ir poniendo orden en esa desaforada, anti-animal fantasía”. María Zambrano aludía a esta misma idea diciendo: “La historia, toda ella, pudiera titularse: ‘Historia de una esperanza en busca de su argumento’ ”. A partir de que el mismo Ortega recuerda que “Homero decía que los héroes combaten y mueren no más que para dar motivo a que luego el poeta los cante”, nos sentimos ya con licencia para invertir los términos de esa secuencia argumental sin atentar demasiado contra el pensamiento que subyace: en el principio era el cantor; los hechos persiguen la pauta por él preestablecida. Pues “en la carne del mundo se sembraron los mitos y en esa misma carne han de florecer”.

Hace milenios, la imaginación helénica dispuso que en el Occidente había unas feraces tierras a las que envió a Hércules a llevar a cabo alguno de los trabajos que su madrastra, la diosa Hera, le había impuesto para compensarse por los devaneos de su esposo Zeus, padre de Hércules, al que  engendró en uno de los episodios de infidelidad a los que su incontinencia sexual le empujaba frecuentemente. Allí, en el extremo del Occidente, y como monumento a esa ardua empresa que le llevó en pos de las manzanas de las Hespérides y a enfrentarse con los toros de Gerión y con el can Cerbero, construyó el héroe dos columnas que, al encarnar en la geografía, pasaron a convertirse en sendos cabos del estrecho de Gibraltar, el límite del mundo conocido, la puerta del más allá, un más allá tenebroso, pero también prometedor, pues, como suele ocurrir en estos casos, un país maravilloso aguardaba al otro lado de la frontera a que algún espíritu heroico se decidiera a transgredirla.

Hace también milenios, pero ahora en el lado de acá de la imaginación, el Mediterráneo era, efectivamente, el centro del mundo conocido. Desde Tiro, en su extremo oriental, los fenicios, maestros en el arte de la navegación y convertidos, como hubiera dicho León Felipe, en “argonautas del ensueño”, desplegaron las velas de sus barcos en pos de Occidente, dando cauce histórico a aquel mito del primigenio Eldorado que fue Tartessos (quizá, como supone el arqueólogo Schulten, la mismísima Atlántida de la que hablaba Platón), en la región que aproximadamente ocupan en la actualidad las provincias de Cádiz, Huelva y el valle del Bajo Guadalquivir. En las minas de esta región abundaban la plata, el plomo y quizás el oro, además del cobre y el estaño, cuya aleación, el bronce, había dado nombre a aquella edad que apuntaba ya a su término. Al final del segundo milenio antes de Cristo, acometieron los fenicios la audaz tarea de traspasar la que a lo largo de los siglos fue temida frontera del más allá: las Columnas de Hércules, el estrecho de Gibraltar. De esta forma, dice María Cruz Fernández Castro en su libro “La prehistoria de la Península Ibérica”, “podría ser que la aportación decisiva de los colonizadores fenicios diera vida al mito de Tartessos y lo hiciese verosímil”. En congruencia con este tipo de fenómenos, Sánchez Albornoz se preguntaba: “¿Los pueblos zigzaguean ebrios de azar empujados por su ancestral temperamento? ¿O cumplen una misión suprahumana que podríamos llamar divinal?”. Lo que un historiador está obligado a plantearse entre interrogantes, el poeta, León Felipe en este caso, se puede permitir enunciarlo afirmativamente:
“Se sabe que el poema es una crónica,
que la crónica es un mito,
la Historia una serpiente que se muerde la fábula.”
Fernández Castro añade también estas palabras del geógrafo griego Estrabón, escritas cientos de años después a propósito de la fundación de Cádiz: “Los gaditanos recuerdan cierto oráculo, que, según dicen, realmente se dio a los tirios, ordenándoles que mandaran una colonia a las Columnas de Hércules; los hombres a quienes enviaron a reconocer la región, según cuenta la historia, creyeron, al llegar cerca del estrecho en Calpe (el Peñón de Gibraltar), que los dos cabos que formaban el estrecho eran extremos del mundo habitado y de la expedición de Heracles, y que los cabos mismos eran lo que el oráculo llamó ‘Columnas’ ”.

Así pues, alrededor del 1100 antes de Cristo, fundaron los tirios en el “más allá” Gadir (Cádiz), la que hoy es la más antigua ciudad del Occidente europeo, para comerciar con los tartesios, que controlaban las ricas minas onubenses y del valle del Bajo Guadalquivir. El esplendor aureoló durante mucho tiempo el destino de aquel valiente pueblo que un día decidió extralimitarse.