lunes, 2 de septiembre de 2013

Salvador Dalí frente a una realidad blanda e inconsistente

    Dice la Biblia que antes de que Dios creara el mundo, “la tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo”. Así que para poner remedio a esa soledad, ese caos, esos abismos tenebrosos, salió Dios de su ensimismamiento (de su narcisismo primario, hubiera dicho Freud) y se puso a crear lo que hay. Al hombre le hizo a su imagen y semejanza, y la historia, de nuevo, se repitió, aunque a una escala menor: “No es bueno que el hombre esté solo”, se dijo Dios, que ya sabía de eso por experiencia. “Entonces el Señor Dios formó de la tierra toda clase de animales del campo y aves del cielo, y se los presentó al hombre para ver cómo los iba a llamar, porque todos los seres vivos llevarían el nombre que él les diera”. Le dio, pues, a Adán una especie de terapia ocupacional también creativa con la que poner remedio a su propio ensimismamiento, a su soledad. Pero no fue suficiente, así que mientras dormía sacó de él (de su costilla) a la mujer; es decir, convirtió su sueño íntimo en realidad externa, cumpliendo aquella previsión de María Zambrano según la cual “todo lo que el hombre quiere primero lo sueña”, todo lo que en el mundo objetivo es susceptible de ser querido ha sido antes un sueño íntimo, un sueño sin objeto. Pero salir al mundo resulta costoso, porque “toda objetividad nos esclaviza de algún modo”, dice asimismo la filósofa malagueña. Y también: “Objeto es algo frente a nosotros, algo, por tanto, que nos limita ante lo cual tenemos que quedar detenidos”. Y el corolario: “Toda forma está envuelta en límites. Si se rompe por completo el límite, la forma desaparece, no se es nadie, no se es alguien”.

   Es lo que tiene, en fin, el oficio de creador, como bien sabía Dios: estás obligado a crear para sobreponerte al reinado de la soledad, el caos y las tinieblas. Si te mantienes en el estado de ensueño y vacío anterior a la creación, serás un Dios solitario, egocéntrico, narcisista, megalómano y onanista. Y si quieres poner orden en el caos y luz en las tinieblas, tienes que aceptar las limitaciones que imponen las formas, ser alguien en el mundo, aterrizar en la realidad. Entre ambas posibilidades transcurrió la vida de Dalí.

 
   El surrealismo y las vanguardias artísticas en general fueron la coartada de muchos onanistas existenciales que sirvió para dar una pátina artística a su mala relación con el mundo. André Breton, su máximo mentor intelectual, lo dejó claro: “La ideología del surrealismo tiende simplemente a la total recuperación de nuestra fuerza psíquica por un medio que consiste en el vertiginoso descenso al interior de nosotros mismos. Y más claro aún al exponer a qué aspiraba esta corriente artística: “Superar la insuficiente, la absurda distinción entre lo bello y lo feo, lo verdadero y lo falso, el bien y el mal. Y como sea que del grado de resistencia que esta idea superior encuentre depende el avance más o menos seguro del espíritu hacia un mundo que, al fin, resulte habitable, es comprensible que el surrealismo no tema adoptar el dogma de la rebelión absoluta, de la insumisión total, del sabotaje en toda regla, y que tenga sus esperanzas puestas únicamente en la violencia. El acto surrealista más puro consiste en bajar a la calle, revólver en mano, y disparar al azar, mientras a uno le dejen, contra la multitud”. En la exposición de Dalí en el Reina Sofía que acaba de terminar se exponía uno de los “Manifiestos del surrealismo” de Breton, en el que se contienen estas perlas, dedicado a Salvador Dalí. Las relaciones entre ambos, sin embargo, no fueron muy amistosas, o no demasiado tiempo. El surrealismo, con el que acabó rompiendo, fue una mala compañía, una influencia negativa para Dalí, puesto que finalmente alimentaba su parte egocéntrica, caótica, hostil a la realidad. Dando expresión a sus íntimas contradicciones, aunque decantándose entonces, finalmente, por su vertiente surrealista, escribió: “Desde mi más tierna infancia me interesaba mucho el bien de la humanidad y tenía sueños sociológicos de que todo el mundo fuera feliz. Después vacilé y vi que la humanidad no me interesaba nada en absoluto; empecé a interesarme por mis propios problemas sexuales; pasé de experimentar por la humanidad una gran estima a un menosprecio total”. Y en los tiempos previos a nuestra Guerra Civil, en un debate con otros surrealistas, recomendaba “deshacerse de las ideas innobles de patria y familia (...) y deshacerse de sentimentalismos, escupiendo sobre la bandera de la patria, castigando a los padres con el revólver y descendiendo al mundo de la subversión”. Quién iba a decir por entonces que los últimos meses de la vida de Dalí habrían de transcurrir en el corto trayecto que iba desde su cama a un butacón y desde el butacón a su cama, aunque acompañado de música, de una sola música: el himno nacional (esta anécdota la contó Antoni Pixot, pintor, amigo y colaborador de Dalí, a Racionero y este la transmitió a Sánchez Dragó). Indudablemente, Dalí fue cambiando con los años.

   En aquellos tiempos que precedieron a la Guerra Civil, Dalí, náufrago en su propio caos mental, consideraba que tanto la Alemania nazi como la Italia fascista y la Rusia bolchevique encarnaban el espíritu revolucionario y subversivo al que se sentía adscrito. En 1970 Dalí tenía todavía en su casa de Port Lligat un retrato de José Antonio Primo de Rivera, y hablaba de él encomiásticamente. Asimismo, incluso durante el franquismo no escatimó loas y alabanzas a José Stalin, ni tampoco a Mao Tse-Tung del que ilustró una edición de sus "Poemas" con ocho ilustraciones. Asimismo, en 1951 fue a Madrid a dar una conferencia en el teatro María Guerrero de Madrid, y allí dijo: “Vengo para visitar a dos Caudillos. El primero Francisco Franco. El segundo Velázquez, que cada día asciende más en el firmamento artístico del mundo”. Y en fin, a la pregunta del ensayista Alain Bosquet sobre los acontecimientos de mayo del 1968 en París, Dalí contestó: “El régimen no me parece suficientemente podrido. Me atraen los regímenes corrompidos al máximo, esos que ya están maduros para el restablecimiento de una monarquía tradicional. ¡Todavía sería necesario que todo fuera aquí más podrido, aun más podrido!”. Cuando quedó decantada y más razonada su posición política, Dalí la expresó de esta manera: “Me había formado toda una teoría que puede parecer absurda, según la cual yo creía que el régimen maravilloso sería la Monarquía anárquica. O sea: arriba el máximo orden absoluto que permitiese a los de abajo hacer lo que les diese la gana y divertirse al máximo”. Sus compañeros en el movimiento surrealista también ejemplificaban este tipo de actitudes que unas veces se decantaban hacia lo subversivo y antisocial sin más, otras eran sugeridas por un más o menos confesado deseo de orden, y siempre estaban bañadas en mentes repletas de ideas desordenadas o propensas al caos. Su amigo y predecesor Giorgio di Chirico derivó hacia una colaboración cada vez más estrecha con el fascismo; Louis Aragon y André Breton militaron en el Partido Comunista francés; el español Ernesto Giménez Caballero se adhirió a Falange Española; Arno Breker, que esculpió un busto de Dalí, pasó a ser el escultor oficial del régimen hitleriano; en los aledaños vanguardistas del surrealismo, Picasso también se declaraba comunista…

   El caso es que la filosofía de la vida propuesta por el surrealismo, y también por el resto de las vanguardias artísticas, no solo permitía, sino que exigía una inadaptación militante, activamente antisocial o simple producto de la retirada hacia uno mismo. La realidad es, según esa filosofía, y de una u otra forma, algo a destruir, o quizás fuera más exacto decir deconstruir, es decir, realizar el proceso inverso al que ha llevado a su construcción, ir desintegrando los elementos que la conforman, hasta llegar a la pura arbitrariedad. Decía el mismo Breton en este sentido: “No voy a ocultar que, para mí, la imagen más fuerte es aquella que contiene el más alto grado de arbitrariedad, aquella que más tiempo tardamos en traducir a lenguaje práctico”. Salvador Dalí, aprovechando el campo de conceptos que le proporcionaba su interés intelectual por la desintegración del átomo, iba mucho más allá de aquellas propuestas meramente destructivas de Breton, cuando explicaba en qué consistía, según él, el proceso artístico: “La materia constantemente sometida a un proceso de desmaterialización, de desintegración a través del cual se manifiesta la espiritualidad de todas las sustancias”.

   El rechazo de (quizás fuera más exacto decir el pánico a) la realidad es la impronta que dejó en nosotros la Nada cuando nos soltó de su mano para que viniéramos a la existencia. Entre nuestros afectos, ese rechazo comparte hornacina con la nostalgia de esa misma Nada que nos resistimos a dar por perdida. Ha sido la religión la que ha estado tradicionalmente encargada de servir de cauce a aquel rechazo y a esta nostalgia. Hoy han tomado el relevo los directos herederos de los antiguos hombres religiosos: los artistas, al menos las vanguardias artísticas, que una vez constatada la relajación de tal rebeldía entre sus antecesores, sobre todo después de que el mismo Dios, el máximo representante de lo que no hay, encarnara en el mundo, se vienen proponiendo regenerar y devolver su pureza a aquel genuino rechazo de la realidad, que han pasado a abanderar en primera línea. Ideas estas para las que María Zambrano buscaba expresión de esta manera: “El hombre occidental, embriagado del afán de crear, quizás ha llegado a querer crear desde la nada, a imagen y semejanza de Dios. Y como esto no es posible se precipita en el vértigo de la destrucción; destruir y destruirse hasta la nada, hasta hundirse en la nada”. Pretende, pues, ese hombre occidental, liderado por los artistas de vanguardia, regresar al estado de completo ensimismamiento que caracterizó a Dios, y a su semejante, el hombre, cuando todavía no existía el mundo, únicamente la “soledad caótica”. Quedaba así expedito el camino que habrían de recorrer otros artistas auténticamente creadores para los cuales el arte no excluyera la realidad, solo le añadiera los productos de la imaginación (el nombre que Dios encargó que pusiéramos a las cosas que ya estaban ahí), aunque fuera una imaginación teñida de componentes patológicos, como fue la de Salvador Dalí.

   Dalí (1904-1989) vino al mundo no de una manera incondicionada, sino debido a un préstamo: su hermano mayor murió nueve meses y unos días antes de que él naciera. Es decir, que fue engendrado para sustituir a su hermano muerto; incluso heredó su nombre. Este hecho determinó que fuera un niño extremadamente malcriado, al que, sobre todo por parte de su madre, se le concedían todos los caprichos. Un contexto educativo tan laxo deja, de alguna manera, un amplio campo para ser poseído por la imaginación o por los simples ensueños cuando el embudo de la realidad venga a restringir tarde o temprano ese tan desmedido espacio que ha estado sometido a los deseos (las personas realistas son, precisamente, las que no ceden a las sugestiones de la imaginación, porque, probablemente, esta no ha tenido muchas oportunidades de expandirse). Cuando tenía cinco años, sus padres llevaron a Salvador hasta la tumba de su hermano y le dijeron que él era una reencarnación suya, cosa que él mismo llegó a creer. Tratando de engarzar este tipo de experiencias, Dalí comentó en cierta ocasión: Yo he vivido la muerte antes de vivir la vida”. Su padre se sentía culpable de la muerte de su primer hijo, que achacaba a una infección contagiada al niño a través suyo y que habría adquirido en un burdel. Para educar al futuro pintor y a su hermana en la higiene sexual, el padre de Dalí, colocó a su alcance cotidiano un libro sobre enfermedades venéreas ilustrado con fotografías que mostraban órganos genitales purulentos y terriblemente dañados. Este conjunto de precedentes y otros más, coadyuvaron a la patológica relación con el sexo manifestada por Dalí a lo largo de toda su vida. Llegó a ser un depurado onanista, pero cualquier contacto sexual, incluso la mera proximidad física, le producía aversión. En 1935, en el curso de un espectáculo en un cabaret parisino, las bailarinas se le acercaron demasiado; Dalí se marchó llorando. A mediados de los años sesenta, sin embargo, Dalí organizó verdaderas orgías sexuales en Port Lligat, a las que él asistía de la única manera en que era capaz: como voyeur. No tenía empacho en confesar que, en las muchas fiestas que organizaba, imponía a sus invitados sus “caprichos más extremos”. Aunque siempre se situaba en tales ocasiones como mero espectador, nunca como partícipe. Coincidiendo en esas fechas con su loca época hippie, se procuró la compañía de los personajes más raros, extravagantes y de conducta irregular, todo ello sobre el inquietante trasfondo de su afición a la magia, la astrología, incluso de su atracción por lo demoníaco.

   Dalí, por un lado, mantenía muchas relaciones sociales, pero por otro se sentía un solitario egocéntrico: “Yo, yo y siempre yo”, llegó a decir para exponer su posición en la vida. Todos los que le conocieron destacan su carácter difícil, que le llevó a tener muchos admiradores, pero no amigos. A aquellos, él y Gala los despreciaban y no perdían ocasión de ridiculizarles o de prodigarles algún tipo de crueldad, incluso en público. En su juventud, y en congruencia con ese aislamiento existencial que compatibilizaba con lo que pudiéramos considerar buenas amistades (especialmente las de García Lorca, Luis Buñuel o José Bello), sus desórdenes mentales fueron agravándose; incluso llegó a tener alucinaciones. Sometiendo, no solo su pintura, sino también su manera de entender la vida a las consignas del surrealismo, el resultado es que estaba fuera de la realidad. Y es que –recurramos de nuevo a María Zambrano– “toda vida, aun la más activa, tiene necesidad de andar encerrada en una forma, y solo dentro de ella se hace actuante”; casi podríamos decir que lo que el movimiento surrealista le sugería por entonces era precisamente lo contrario. Y aún más dice la misma Zambrano: “El enamorarse de un ser concreto, de un semejante, sería la experiencia necesaria para llegar a encontrar las ideas, el conocimiento de la verdadera realidad, la realidad invulnerable”. Esa sería la manera que Zambrano propone para descender desde el primigenio rechazo de la realidad por el que todos hemos pasado hasta la adaptación a una vida volcada hacia lo circunstante. Afortunadamente, Dalí pudo seguir esta vía, lo que repercutió positivamente en su equilibrio mental.

   En 1929 Dalí, precisamente, conoció a Elena Ivanovna Diakonova, una inmigrante rusa, once años mayor que él, casada en aquel tiempo con el poeta francés Paul Eluard, al que abandonó para casarse con Dalí. Se trataba de Gala, a la que consideró su musa mientras vivió, y que le sirvió de anclaje en la “realidad invulnerable” que decía Zambrano. Dalí no buscaba feminidad en Gala: es muy probable que nunca llegaran a tener relaciones sexuales. Por el contrario, su apariencia andrógina pudo ser uno de los factores que le llevó a aceptarla, porque le permitía mantener con ella esa distancia física para él imprescindible. Algo que ella correspondió con constantes infidelidades, que él consentía, aunque le llevaran a decir: “Soy el rey de los cornudos”. Por lo demás, ella frecuentemente le tachaba de impotente, cosa que él admitía. En los años 60, cuando se proponía como abanderado y pionero del movimiento hippie, Dalí cifraba de esta forma su idea sobre el sexo: “La mezcla actual, la ambigüedad de los dos sexos, es muy importante. Porque gracias a ese confusionismo se va a la abolición del sexo y a una anulación total de la sexualidad. Se va hacia esa cosa andrógina que hace que los ángeles no tengan sexo”.

   “Gala –dijo pese a todo– se convirtió en la sal de mi vida, en la firmeza de mi personalidad, mi guía, mi doble”. La peculiar relación que mantuvo con ella (con un ser concreto, con un ser real, como demandaba Zambrano) dio estabilidad a su espíritu intranquilo y torturado: “Alejó de mí las fuerzas de la muerte”, escribió. Y también: “Tan pronto como estaba con ella, sus ojos, su voz, su sonrisa, borraban mis fantasías”, vale decir, sus delirios y desvaríos. Sin embargo, el surrealista español Ernesto Giménez Caballero definió a Gala como una “mujer sin sexo, violenta y estéril”, y su hermana declaró en una entrevista que de joven sufrió trastornos de personalidad y se sintió durante toda su vida próxima a la locura. De sí misma Gala llegó a decir: “Me importa poco ser querida, no amo a nadie. Dalí y ella permanecieron juntos desde 1929 hasta 1979, en que Gala se fue a vivir en el castillo de Púbol que Dalí le había regalado, y en donde ella pudo desde entonces convivir a sus anchas con sus amantes.

   A partir de los primeros años 70 Gala se volvió cada vez más áspera e intratable hacia Dalí y hacia cuantos la rodeaban; llegó a encerrar al pintor, sin comida ni bebida, en su estudio de Port Lligat, para que terminara algún pedido. Gala, por lo demás, en ese tiempo extremó su ludopatía, que la llevaba a perder enormes fortunas jugando a la ruleta. Sus extraordinarios gastos los enjugaba engañando a Dalí, imprimiendo, por ejemplo, muchas más litografías de sus obras que las previstas y haciendo firmar a Dalí telas en blanco que algún imitador autorizado completaba. Puede entenderse que los surrealistas la llamaran ya cincuenta años antes “la caja registradora”.

   En los últimos años de relación de la pareja hicieron eclosión todos los factores de distorsión que hasta entonces habían estado camuflados bajo aquella descompensada devoción que Dalí mostró por Gala y que, pese a todo, le permitió durante mucho tiempo tener un ser real al que, a su manera, sentirse apegado. Incluso llegaron varias veces a la mutua agresión física. Gala murió en 1982. Y la locura, los miedos y el abandono del mismo Dalí fueron acentuándose cada vez más hasta el momento de su propia muerte.

   Dalí se consideraba a sí mismo un genio. Y no es posible quitarle la razón. Llegó para reanudar la labor que su admirado Velázquez y el mismo arte desde que comenzó el Renacimiento y, sobre todo, el Barroco, habían comenzado a realizar: acercar el arte al mundo real. Cuando Dalí sustituía a la Virgen por Gala en sus representaciones pictóricas o aproximaba la escenografía sagrada a su versión humanizada y a veces cuasiblasfema, no hacía nada esencialmente diferente de lo que Velázquez había hecho cuando redujo el papel del dios Baco hasta confundirlo con el del jefe de una cuadrilla de borrachines o transformaba el mítico momento en que la diosa Atenea y la joven Aracne interactuaban en una escena que se desarrolla en un simple taller de hilanderas (en ambos cuadros, uno de los personajes, encerrado en el tapiz del fondo en “Las hilanderas”, se vuelve hacia el espectador, rompiendo la distancia que hasta entonces separaba el mundo imaginario del mundo en el que habitamos los que estamos a este lado de la realidad). En “Camuflaje total para una guerra”, escrito por Dalí en 1942, podía leerse: “La magia, en último término, es simplemente el poder de materializar la imaginación en la realidad”, en la realidad mundana, contrapuesta a la estricta realidad sagrada. En sentido contrario, lo que Dalí llamaba “hiperrealismo metafísico” o el “método paranoico-crítico”, fue el intento por su parte de expresar que la realidad es la puerta de entrada a esos otros escenarios recatados que guarda la imaginación, de modo que en sus pinturas se observa a menudo esa doble virtualidad de los objetos que, cambiando la perspectiva, se combinan para dejar en evidencia otras realidades latentes.

   Dalí viene a significar una salida del laberinto en el que se había metido –y se sigue metiendo todavía– el arte moderno. Él mismo lo expresa así en su “Diario de un Genio”: “Las consecuencias del arte moderno contemporáneo radican en haber llegado al máximo de racionalización y al no va más allá del escepticismo. Hoy en día, los jóvenes modernos no creen en nada. Es perfectamente normal que, cuando no se cree en nada, se acabe pintando apenas nada, que es, poco más o menos el caso de toda la pintura moderna”. El arte está dominado todavía por su hostilidad al mundo real. Cuando Dalí habla del “máximo de racionalización”, hace referencia a la extrema retirada hacia el mundo interior de la que hacen gala los artistas contemporáneos, y el “no va más allá del escepticismo” es su contrapartida: su indiferencia hacia lo que ocurra o deje de ocurrir en este mundo flácido, inconsistente y blandengue, como el queso Camembert o los relojes que él pintaba, necesitado de horquillas para sostenerse… pero en el que nos toca vivir. Dalí anunció la muerte del mundo antiguo, de la “Era de Piscis” (por ejemplo, en su cuadro “La pesca del atún”), que es la que se corresponde con aquel modo del cristianismo que empuja a prescindir de este mundo, y anuncia la llegada del hombre nuevo (ejemplo: “Niño Geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo”), el que trae consigo una nueva espiritualidad que sea compatible con la realidad del mundo. Más allá o a pesar de sus excentricidades y de sus desvaríos, Dalí es un pionero, un explorador de los nuevos caminos que habrá de recorrer el arte cuando salga del círculo vicioso en el que se metió cuando quiso imitar a Dios, el Dios de antes de que la realidad viniera a suponer un límite, un obstáculo… y el punto de partida de toda labor auténticamente creadora.
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   Para consultar la obra de Dalí, quizás sea esta la mejor página: http://www.salvador-dali.org/es_index.html