martes, 1 de octubre de 2013

Dónde acabo yo y dónde empieza el mundo

Iba a decir, John Carlos, que, claro, un dolor de muelas no lo puede tener el “nosotros”, que esas cosas se sufren de uno en uno, y que, por tanto, tiene que haber individuos, por lo menos, desde que existe el dolor de muelas. Así, desde esta perspectiva, el individuo necesariamente precede a la colectividad, que es algo más distante, menos inmediato… Bueno, pues resulta que no está tan claro. La señora Grandgrind, un personaje de una novela de Dickens, decía precisamente en cierta ocasión: “Hay un dolor en alguna parte de la habitación, pero no estoy segura si lo tengo yo”.  Es una forma de sentir peculiar en los esquizofrénicos, en los que lo que Freud llamaba “narcisismo primario”, les impide tener una conciencia clara a propósito de dónde acaban ellos y dónde empieza el mundo.

Y es más, por ahí va nuestra defensa más primaria ante el dolor en general, la que consiste precisamente en disociarnos, salir de la carcasa de nuestro ser individual (antes incluso de constituirnos como individuos) y tratar de que el dolor vaya por un lado y nosotros, lo que quede de nosotros, por otro. Daniel C. Dennet en su libro “Tipos de mentes”, observando las reacciones de los niños, explica del siguiente modo este mecanismo mental primario: “Cuando se maltrata a los niños suelen acogerse a una estrategia desesperada pero efectiva: ‘se ausentan’. En cierto modo se dicen a sí mismos que no son ellos quienes sufren ese dolor. Parece haber dos variantes de disociadores: los que simplemente rechazan el dolor como suyo y lo contemplan, por así decir, desde fuera; y aquellos que se desintegran, por lo menos momentáneamente, en algo parecido a una personalidad múltiple (no soy yo quien está sufriendo este dolor sino ‘ella’ o ‘él’). Mi hipótesis no enteramente extravagante sobre esto es que estas dos variantes de niños difieren en su aprobación tácita de una doctrina filosófica: que toda experiencia debe ser experiencia experimentada por algún sujeto. Los niños que rechazan el principio no ven nada malo en ausentarse del dolor dejándolo sin sujeto para que circule por ahí sin herir a nadie en concreto. Los que aceptan el principio tienen que inventarse a otro para que actúe de sujeto: ‘¡Cualquiera menos yo!’ ”.

El primer mecanismo de defensa frente al dolor de estos dos que refiere Dennet es el que ponía en práctica la señora Grandgrind de Dickens, y, como siempre que el objeto con el que se confrontan nuestros dolores, miedos o angustias queda difuso, indeterminado, el problema mental que de ello se sigue es más grave que cuando hay algo o alguien concreto a quien referirlo. La angustia sin objeto, por ejemplo, es más grave que una fobia a objetos concretos. Así, pues, el segundo grupo de niños, el que consigue proyectar sobre otros su dolor, tiene mejor pronóstico, aunque con su escisión no deja de sentar las bases de un posible problema mental grave.

Lo primero, pues, que hace el niño para eludir el dolor es crearse un doble, un Mister Hyde sobre el que depositar la parte mala de sí mismo (en este caso, la parte que duele), y expulsarlo fuera de sí. Es el mecanismo de defensa que Freud denominaba proyección, y que Jung consideraba que era la base de formación de un complejo de energía psíquica que podía incluso personificarse, tomar forma e intervenir bajo esa forma en los sueños, en las alucinaciones… e incluso en fenómenos de carácter paranormal, pero esto es irse demasiado por los extrarradios (al menos hoy). Mientras tanto, la parte buena, la que acaba encontrando alivio a ese dolor, se alimenta de otro mecanismo de defensa, el de identificación con las personas que le cuidan y protegen, lo que para Jung viene a desembocar en la formación de complejos o confluencia hacia arquetipos de tipo benéfico de características contrapuestas a la de los seres malignos que surgían del otro mecanismo. Bien, pues sobre esos dos mecanismos de defensa, proyección e identificación, se sustenta la inicial ausencia de “yo” en un sentido ontogenético, y la inexistencia del individuo, en un sentido filogenético. El niño, el hombre primitivo, empiezan por no ser ellos mismos, por ser parte del grupo con el que se identifican (ampliación del inicial ámbito materno) y contraparte, digámoslo así, de aquellos grupos sobre los que proyectan lo que rechazan de sí. Y aun antes, podríamos decir, el niño y el hombre primitivo viven en un hábitat poblado por fantasmas (maléficos y benéficos) antes de que esos fantasmas empiecen a aterrizar en la realidad, en sus respectivos grupos de referencia o en los objetos que rodean su mundo animista.

Para los individuos, la maduración personal exigiría encontrar su sí mismo, recuperar para sí esas parcelas de dolor o angustia que habían proyectado fuera de sí, así como esas otras parcelas de protección y defensa de sí que también habían depositado fuera a través del mecanismo de la identificación. Y desde el punto de vista de la filogénesis, el objetivo lo ha de proporcionar la historia, que acabe impulsando la aparición de individuos maduros que acepten ser sí mismos, individuos que asuman el recuperar para sí la responsabilidad de lo que antes proyectaban sobre instancias hostiles y demoníacas, así como la de aquello que cedieron a esas otras instancias tutelares con las que se identificaban.

La aparición del yo, la aparición del individuo, pues, no es, John Carlos, según este modo de ver que propongo, algo que venga dado originariamente, es una conquista, y se llega a ella tras un largo proceso de maduración personal en el primer caso, y de maduración histórica en el segundo. Este último proceso, como quise reflejar en mi artículo anterior, es el que, con gran dificultad y carga dramática, está intentando recorrer nuestra cultura occidental a lo largo de la Modernidad. Pero es evidente que aún estamos jugando ese partido.