jueves, 10 de octubre de 2013

El relativismo moral del Papa Francisco y otros graves peligros que encierra el cristianismo

La pax romana fue un amplio período de ausencia de conflictos bélicos internos y escasos conflictos externos que disfrutó el Imperio romano y que se suele datar entre el final de las Guerras Cántabras, en el 24 a de C. (aunque impropiamente tiende a retrasarse la fecha hasta el comienzo de esas guerras, en el 29) y la muerte de Marco Aurelio, en el 180 de nuestra era. Se tiende a juzgar que este estado de paz general bisecular es entendible como un mero asunto militar, que pudo ocurrir gracias a que habían sido pacificados los pueblos díscolos al mandato imperial; pero no creo que sea inoportuno traer a colación el hecho de que la manera de estar en el mundo de los romanos por entonces suponía una preponderancia de los valores colectivos y, consiguientemente, una alta adaptación a lo circunstante de aquellos individuos, lo que, sin duda, también tuvo que ver en el mantenimiento de aquella larga paz. Todo lo cual quedaba reflejado en la filosofía estoica por entonces dominante en las altas esferas intelectuales y políticas, y singularmente representada por el mismo emperador Marco Aurelio, uno de los máximos exponentes de esta filosofía, y que de manera significativa dejó escrito entre sus “Meditaciones”: “Conmigo casa todo lo que casa bien contigo, mundo”.

Los sesgos que producía aquella máxima adaptabilidad que promovían los estoicos vino a contrapesarlos el cristianismo, que, desde el otro extremo del péndulo, hizo decir a su Mesías: “Mi reino no es de este mundo”. Lo cual se traducía en propuestas doctrinales por su parte tan descarnadas como esta: “Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. Esta doctrina fue secundada por San Pablo, el auténtico fundador del cristianismo como institución, que decía: “En lo que resta, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar”. Y de una manera que dejaba aún más explícita su posición frente a lo establecido, decía también el Apostol: “Nos hemos emancipado de la ley, somos como muertos respecto a la ley que nos tenía prisioneros, y podemos ya servir a Dios según la nueva vida del Espíritu y no según la vieja letra de la ley”. O bien: “El hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley”. El choque que supuso esta nueva manera de ver la vida y de estar… o, más bien, no estar en el mundo, llevó a un grave enfrentamiento con aquella otra que discurrió por los cauces de la estabilidad y la adaptación a lo circunstante que representaron los estoicos y que, como decimos, ayudó a sustentar los dos siglos de pax romana. Y desde ahí se hace posible entender a Edward Gibbon, el gran historiador de la decadencia y caída del Imperio romano, que dejó escrito que “el predominio, o a lo menos el abuso del Cristianismo tuvo su influjo en la decadencia y ruina del Imperio Romano”. La oposición entre las mentalidades cristiana y pagana o estoica, queda bien simbolizada en el choque que se produjo entre San Justino, un antiguo estoico convertido al cristianismo y primer Padre de la Iglesia, y Marco Aurelio, el emperador que, además de gobernar el Imperio, llevó hasta su cumbre a esa filosofía estoica que entonces estaba a punto de declinar, y bajo cuyo mandato San Justino fue decapitado.

En el haber del cristianismo habría que poner el realce de la subjetividad, del ser interior como autónomo y libre, en cuanto que ese fue uno de los pilares sobre los que llegó a construirse la civilización occidental. Pero si a lo que ponemos atención es al debe, resulta evidente que hizo discurrir ese nuevo valor de lo íntimo e individual por la vía de la inadaptación al mundo (a este mundo). San Agustín dio sustento filosófico a esa manera de ser, y en un imaginario diálogo con Dios, concluía diciéndole a este que “la amistad de este mundo es adulterio contra ti”. Actitud en la cual nacieron dos perversiones que han convertido en tortuoso y lleno de dificultades el camino hacia la madurez  –mediado precisamente por este cristianismo–, de la civilización occidental. Al exaltar de esa manera la subjetividad, al desvincular al sujeto de su circunstancia, la doctrina cristiana abocó por un lado hacia el utopismo, puesto que el desapego hacia lo que hay pone en marcha muchas veces la idea correlativa de que es posible sustituirlo de manera voluntarista por los productos del deseo (de la fe), envueltos las más de las veces en el puro delirio. Esta actitud, esta perversión, esta propensión hacia la utopía encontraría amplio respaldo en ideas como las que Cristo dejó explícitas en las siguientes palabras: “Os aseguro que si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte: ‘Trasládate allá’ y se trasladaría; nada os sería imposible”. Y también: “Todo lo que pidáis con fe en la oración lo obtendréis”. Muchas doctrinas revestidas de progresismo y que han pasado (y siguen haciéndolo) por la historia de Occidente como Atila, aquel a cuyo paso ya no crecía la hierba, tienen fundamento en esa literalmente desorbitada creencia en el poder del deseo.

Y la otra perversión que ha producido el cristianismo es la que simplemente lleva a instalarse en el desapego hacia este mundo, con el consiguiente abandono de la responsabilidad por lo que en él pueda ocurrir, sin pretender esta vez cambiar, o poner patas arriba, las cosas al modo de los utopistas, sino solamente retirarse de ellas. Se siguen de este modo los principios que el mismo Cristo dejó también enunciados cuando proclamó: “No os inquietéis diciendo: ‘¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos?’ Esas son las cosas por las que se preocupan los paganos (…) Buscad ante todo el reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios os dará lo demás”. Una forma de estar en el mundo que ya antes había seducido a Diógenes el cínico, que decidió apartarse del mundo y vivir dentro de un tonel; los cristianos prefirieron apartarse yendo a vivir a los desiertos y luego a los cenobios, pero en lo esencial mantuvieron encendida la misma llama de pasotismo que, bajo otras apariencias, sigue perviviendo en tantas actitudes que hoy asimismo se consideran progresistas.

En el siglo XII y principios del XIII, San Francisco, conocido también como il poverello d'Assisi (“el pobrecillo de Asís”), fundó una de las llamadas “órdenes mendicantes”, respondiendo a esta llamada hacia el desapego de lo mundano. Cuando tenía veintiséis o veintisiete años, sus amigos le preguntaron si pensaba casarse, y él respondió: “Estáis en lo correcto, pienso casarme, y la mujer con la que pienso comprometerme es tan noble, tan rica, tan buena, que ninguno de vosotros visteis otra igual”. La mujer en cuestión era la Pobreza. En nombre de ella, empleó el patrimonio de su padre (con gran enfado de este, que seguía perteneciendo a este mundo) en la reconstrucción de iglesias en ruinas. Cuando su padre lo llevó a juicio, devolvió el dinero que aún tenía, pero desde entonces proclamó que su verdadero Padre pasaba a ser el que estaba en el cielo. Desde entonces él y sus seguidores vivieron de las limosnas y no aspiraron a otra cosa que a la vida eremítica, el silencio, la soledad y el ayuno. En septiembre de 1224, en el transcurso, precisamente, de un prolongado ayuno, Francisco oró para recibir dos gracias antes de morir: sentir la pasión de Jesús, y una enfermedad larga con una muerte dolorosa. Y efectivamente, alcanzó la dudosa gracia de la estigmatización, una manera de somatizar su peculiar devoción que le causaba intensos dolores en las llagas, y la de una larga y acusada enfermedad. Ambas se prolongaron hasta octubre de 1226, en que, con 44 años, Francisco murió.

 
 
San Francisco de Asís ha sido el modelo preferido por el Papa Bergoglio, que escogió por nombre precisamente el de Francisco para desarrollar su misión como pontífice de la Iglesia. En su reciente visita a la ciudad de Asís, Bergoglio ha llamado a la Iglesia a “despojarse de toda mundanidad”. Al contrario que Ortega, que, traduciendo a apotegma el más alto principio filosófico alcanzado por Occidente, decía que “yo soy yo y mi circunstancia”, el cristianismo más puro, el que precisamente quiere representar Bergoglio, trata de prescindir desde su aparición de esa parte inalienable de nosotros que es el mundo, nuestra circunstancia, extremando así el valor del otro polo de nuestro binomio constitutivo, el de la subjetividad. Es en ese contexto en el que hemos de situar las declaraciones que asimismo hizo el Papa hace poco en una entrevista concedida al periódico italiano La Repubblica. En ella, elevando a categoría absoluta el relativismo (valga el oxímoron), afirmó: “Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo”. En suma: la verdad, como también decía San Agustín, habita en el interior del hombre, no necesita para nada del mundo objetivo; el bien y el mal son construcciones del sujeto, no una propiedad de los objetos. Bergoglio prolonga así una larga tradición, aquella misma que combatió Marco Aurelio desde principios contrapuestos (recordemos que decía “conmigo casa todo lo que casa bien contigo, mundo”), y que ha servido de guía a una línea de pensamiento y de actitud ante la existencia que, cuando se ha desarrollado sin cortapisas, ha llegado a provocar auténticas catástrofes.

Porque, efectivamente, lo que está bien o está mal, lo mismo que lo que es bello o feo, es algo que he de descubrir yo, pero a quien pertenece es a los objetos, está en el mundo. No es solo una experiencia íntima, algo que decido yo en soledad, algo que dependa del color del cristal con que se miran las cosas. Efectivamente, necesita de nuestra intervención, de nuestro esfuerzo, para ser detectado, pero algo es bueno o es malo en sí, igual que la belleza pertenece a las cosas, aunque está esperando a que lo descubramos cada uno de nosotros. Alétheia, que en griego significa verdad, llamaba Ortega y Gasset a esa labor. Es algo semejante a lo que supone el conocimiento de un objeto como la Luna: nunca llegaremos a verla completa, porque siempre nos velará una de sus caras; hemos de intervenir nosotros como sujetos (nuestra imaginación) para construir su realidad completa, pero eso no quiere decir que la Luna sea un ente imaginario, una invención de nuestra subjetividad: está ahí afuera, es real.

Mientras no acabe por descubrir el mundo, mientras no consiga entender que “yo soy yo y mi circunstancia”, no le auguro a la Iglesia, ni a su actual pontífice, un gran porvenir. Máxime cuando este, alineándose sin ninguna sutileza con la corriente giliprogre, ha afirmado también: “nunca fui de derechas”, desatendiendo su correlativa obligación de no haber sido tampoco nunca de izquierdas.