viernes, 25 de octubre de 2013

La caída del Imperio romano y otros modos de adentrarse en la oscuridad

Efectivamente, John Carlos, Carlota, creo que las cosas suelen acontecer primero en su forma espiritual y solo después bajan a la tierra a encarnar en lo visible. O como decía Ortega y recordé hace cuatro o cinco artículos: “Casi siempre las cosas humanas comienzan por ser leyendas y sólo más tarde se convierten en realidades”. También entonces recordé unos versos de mi poeta preferido, León Felipe (olvidé allí decir que eran de él): “en la carne del mundo se sembraron los mitos y en esa misma carne han de florecer”. Cioran decía esto mismo de una forma tan brillante en él como de costumbre: “Los objetos no son sino ilusiones materiales de excesos interiores”. El “casi” de Ortega (y el mío mismo) hace referencia a los momentos de mayor declive histórico, aquellos en los que los deseos de los hombres acaban coincidiendo con lo que oferta la realidad (con la desecación de los “excesos interiores” de Cioran): entonces, los hombres dejan la iniciativa al mundo circunstante, y los acontecimientos pasan a responder a leyes propias. Ortega lo dice así: “Las transformaciones de orden industrial o político son poco profundas: dependen de las ideas, de las preferencias morales y estéticas que tengan los contemporáneos. Sólo en edades tan maduras que tocan ya los tiempos de descomposición se alza el principio económico con el mando sobre la historia”. Y Cioran, encuentra aplicación para esta idea en los tiempos actuales, aprovechando que Don Quijote pasaba por allí (por su inquietud intelectual de aquel momento, quiero decir): “Don Quijote representa la juventud de una civilización: él se inventaba acontecimientos; nosotros no sabemos cómo escapar a los que nos acosan”.
 






Así que de lo que se trata es de comprender por qué los hombres y las civilizaciones, una vez que han alcanzado cumbres como la del Imperio romano en tiempos de Marco Aurelio, se empeñan, como Sísifo, en dejar caer montaña abajo la enorme y fructífera carga que han logrado subir con ellos; por qué, como dice Lao Tsé en el Tao te King, “tras alcanzar su plenitud, las cosas decaen”. U Ortega y Gasset: “Al alcanzar una forma su máximo se inicia su conversión en la contraria”. La primera aproximación a una respuesta nos la da Cioran: “Tarde o temprano cada deseo debe encontrar su fatiga: su verdad”. Y la segunda, también: “Nada hay tan desmoralizador como el ideal realizado”. Cioran sigue añadiendo nuevos matices a esta idea que rondamos, aplicándola ya en concreto a la caída de Roma: “Los romanos no desaparecieron de la superficie de la tierra a causa de las invasiones bárbaras, ni del virus cristiano; un virus mucho más sutil les resultó fatal: una vez ociosos, tuvieron que afrontar el tiempo vacío, maldición soportable para un pensador, pero tortura sin igual para una colectividad (...) La temporalidad huera caracteriza el aburrimiento. La aurora conoce ideales; el crepúsculo solamente ideas, y en lugar de pasiones, la necesidad de diversión. La Antigüedad que tocaba a su fin intentó curar ese hastío característico de todas las decadencias históricas mediante el epicureísmo o el estoicismo. Simples paliativos (...) que ocultaron, falsearon o desviaron el mal, sin anular su virulencia. Un pueblo colmado sucumbe víctima del tedio, como un individuo que ha ‘vivido’ y que ‘sabe’ demasiado”. El mismo Marco Aurelio parecería que quiere ratificar esta línea de pensamientos: “Todo lo que acontece –dice, una vez que ya ha alcanzado la edad del desengaño es tan vulgar y usado como la rosa en primavera y los frutos en el verano: tal es la enfermedad, la muerte, la calumnia, la traición y cuanto alegra o aflige a los necios”.

La vejez consiste en esa forma de defección que lleva a dejar de sorprenderse, a constatar que todo lo que parece nuevo se inscribe sobre la pauta de lo ya sido y conocido, a empezar a necesitar salir de esa rueda del eterno retorno en que, a partir de cierto momento, parece ya consistir la vida. Ser viejo es haber sobrepasado un cierto umbral de sabiduría, de reconocimiento de las cosas, mantenerse ya seguro frente a ellas y abocarse hacia el desistimiento de ir de nuevo a un excesivamente reiterado más allá. “Rebajarse a la sabiduría –viene Cioran a redondear la idea devolviéndola al cauce principal de nuestra reflexión– supone llegar a un acuerdo con el ritmo universal, con las fuerzas cósmicas, es saberlo todo y adaptarse al mundo, nada más (...) El estoicismo como justificación práctica y teórica de la sabiduría es lo más anodino y cómodo que pueda imaginarse. ¿Existe un vicio del espíritu mayor que la resignación?”. Por el contrario, “el desacuerdo con las cosas es un signo evidente de vitalidad espiritual”. El Imperio romano, al final, había llegado a la vejez, a la sabiduría que representaba el estoicismo, al acuerdo con y adaptación a las cosas, a la resignación. No sabía hacia dónde más ir. Había perdido su vitalidad.

Sentimiento de seguridad y desistimiento: he ahí, probablemente, las claves de la actitud espiritual de los romanos que, como fatal hornacina, quedó dispuesta y a la espera de que los acontecimientos del mundo visible vinieran a ratificar la decadencia de Roma. Claves cuya evolución podemos rastrear siguiendo el relato que Ortega y Gasset hace de las causas de la decadencia del Imperio romano basándose a su vez en el análisis que sobre ello dejó hecho Max Weber, y que nos permiten comprender cómo actúan las fuerzas que, partiendo de las zonas de íntima penumbra en las que laten, inquietos, los deseos de los hombres, mantienen su primacía sobre los acontecimientos a la hora de ordenar el mundo (o desordenarlo, según los casos).

Antes de seguir, dejemos suficientemente apuntalada la idea de que este punto de partida que escogemos incluye suficiente licencia como para afirmar que las utilidades que rinden las grandes gestas humanas, y aún más las utilidades económicas, son un motivo de segundo orden que viene a hacerse sitio y a acoplarse con las más genuinas pasiones que mueven a los hombres, las cuales, sin embargo, se elevan por encima de lo que las explicaciones ambientalistas detectan. Al final, el hombre, al menos en las épocas de vitalidad espiritual, siempre ha pretendido ir más allá de lo que ha sido capaz de conseguir, de las utilidades que han quedado incorporadas a sus logros. El mismo Ortega, en fin, da un carácter concluyente a esta línea argumental: “Las cosas llamadas “serias” y útiles han sido en la historia míseras decantaciones, precipitados y como propinas del puro deportivismo”. Y sólo cuando ese deportivismo, ese apasionado y desprendido impulso hacia el más allá decae, el utilitarismo toma el mando de los acontecimientos.

Ese impulso de transcendencia, de transgresión de fronteras que acompañó a Roma mientras esta tuvo suficiente vitalidad, encontró en los primeros romanos una utilidad con la que engarzarse: la adquisición de tierras para el cultivo, convirtiendo al conquistador en pequeño propietario. El exceso de tierras cultivables adquiridas derivó en la aparición de una segunda utilidad de las conquistas territoriales: la adquisición de esclavos para trabajarlas. Esto produjo una diferenciación de clases entre el capitalista de esclavos, mucho más productivo, y el pequeño propietario, que no pudiendo competir con aquel, desiste de formar parte de las fuerzas sobre las que seguía progresando Roma. Mientras que el gran propietario de esclavos se convierte en latifundista y reside en la urbe, el pequeño propietario de tierras abandona la ciudad, se retrae en su gleba, se retira del pujante intercambio comercial urbano y regresa a la economía autárquica y de intercambio en especie propia de culturas anteriores.

Sobre el latifundista y el obrero urbano sigue pivotando, mientras tanto, el comercio en moneda y la propia gestión de lo público, pues es el contingente humano de los grandes propietarios aquel del que se nutre la clase senatorial. Asimismo, el sostén fiscal del Estado sigue residiendo en este ámbito urbano en el que el comercio en moneda se mantiene. Pero puesto que el campesino ha regresado a la autarquía económica y no compra en la ciudad, y el rico propietario tampoco, pues tiene su propia red productiva organizada alrededor de su villa, el obrero industrial, acosado, también desiste y comienza a emigrar al campo.

Asimismo, las grandes conquistas realizadas requieren de un ejército numeroso que, a partir de un cierto momento, empieza a ver rebasadas sus posibilidades. Se renuncia a ganar más territorios (sobre todo desde Commodo, el sucesor de Marco Aurelio), aunque el mantenimiento de los ya conseguidos sigue requiriendo de un gasto militar ingente; mientras que, al no haber nuevas conquistas, empiezan a escasear los esclavos. La sobrecarga impositiva a los habitantes de la ciudad (únicos sujetos fiscales en la práctica), especialmente a los ricos que, además, están obligados a ejercer los cargos municipales y a responder con su fortuna ante el erario, provoca un nuevo desistimiento: los ricos emigran al campo, a sus villas, en las que organizan asimismo una economía autárquica, de subsistencia, dando un mazazo a la en otros tiempos boyante economía romana y a su régimen tributario.

A la vez, el Estado, atrapado, se entrega a los pueblos bárbaros, a los que encarga la defensa del Imperio y sus fronteras a cambio de tierras. Dice al respecto Pierre Grimal, un clásico historiador de Roma: “Los romanos, como suele acontecer, habían ido olvidando poco a poco el oficio de las armas. La prosperidad material del “siglo de oro” es en buena parte responsable de tal desafección. Cuando es posible comerciar, enriquecerse, vivir en la paz y el bienestar, ¿quién escogería la precaria existencia de los soldados?”. Aquella entrega de fronteras, pues, el paso de los grandes ríos fronterizos por los pueblos del norte, se puede entender como el desistimiento por parte del propio Estado de mantener su impulso de seguir adelante. Y claro está, los bárbaros acaban haciéndose dueños de aquello que estaban encargados de defender.

A un organismo lo mantiene vivo la inquietud, la tensión que se produce entre lo que actualmente es y lo que pretende ser. En el organismo humano llamamos a esto, más explícitamente, “deseo”. Cada mañana nos ponemos en marcha con ánimo de ir resolviendo los diversos motivos de inquietud que forman, todos juntos, nuestro bagaje vital. Hay dos medios por los que el organismo advierte que ya no hay motivos para inquietarse: uno es la consecución de las metas previstas y la consiguiente sensación de seguridad que acompaña a tales logros (sensación inevitablemente ilusoria, puesto que todo sentimiento de satisfacción es provisional); y el otro es el desistimiento, la instalación en la decepción, la convicción de que es imposible ir más allá y de que el mundo nunca va a estar a la altura de nuestros deseos. El sentimiento de seguridad y el desistimiento son las dos señales que el organismo detecta para empezar a abrir las compuertas que conducen a la muerte. Ya no queda nada por hacer, luego la vida empieza a ser superflua. El sistema inmunológico del hombre y, si podemos hablar así, el de las civilizaciones y los organismos sociales, recibe la consigna y se desactiva. Las enfermedades anticipan el inevitable desenlace. Y puesto que, según Ortega, “el hombre es un sistema de deseos imposibles”, el conformismo, la resignación (la “fatiga” que dice Cioran) y sus trágicas secuelas parece que fatalmente acaban llegando tarde o temprano.

Así que fueron el sentimiento de seguridad y el desistimiento lo que, echando agua sobre el fuego del vigoroso deseo que sostuvo en pie a Roma, abrió las compuertas de la decadencia. En principio, generando la disociación entre las distintas partes del Imperio. Rostovtzeff, otro clásico en el estudio de Roma y de su decadencia, habla así de la disgregación social que existía: “Los campesinos odiaban a los terratenientes y a los funcionarios; el proletariado de las ciudades odiaba a la burguesía urbana, y el ejército era odiado por todos, incluso por los campesinos... Las relaciones entre el Estado y los contribuyentes tomaron la forma de un latrocinio más o menos organizado”. Las rutas por tierra y por mar para la circulación de bienes eran cortadas continuamente por las hostilidades, el bandolerismo, la piratería; los usurpadores prohibían la salida de productos fuera de las provincias en que eran reconocidos. Los soldados se dedicaban a la rapiña en los territorios que debían defender. A todo esto lo llama Ortega pérdida de la “elasticidad social”. A tal concepto se refiere cuando dice: “Habrá (...) salud nacional en la medida en que (las) clases sociales y gremios (a través de los cuales se articula el cuerpo nacional) tengan viva conciencia de que son un trozo inseparable, un miembro del cuerpo público”. “Cuando esto falta –dice el mismo Ortega más adelante– (es ello) síntoma mucho más grave de descomposición que los movimientos de secesión étnica y territorial”. El caso es que esto último también se produjo: aparecieron particularismos regionales, habitualmente unidos a sectarismos religiosos.

Y en fin, las formas del desistimiento cristiano al que me he referido en los artículos anteriores, su apología de la huida al desierto, a los eremitorios o a la “vida interior”, serían solo un microcosmos de desistimiento dentro del macrocosmos del desistimiento general. El cristianismo, en cuanto modo de escapar hacia el más allá dejando orilladas sus obligaciones con el César (pese a que supuestamente le daban a este lo que era suyo y a Dios solo lo que era de Dios), fue solo uno de los modos de colaborar en el cataclismo general de un pueblo que había dejado de saber hacia dónde ir.