viernes, 18 de octubre de 2013

La verdad precisa de nosotros, pero pertenece a las cosas

Desde luego, John Carlos, Carlota, creo que el artículo anterior me salió un tanto heteróclito y atrevido. Alguno de los argumentos que allí expuse prefiero dejarlo abierto: se refieren a asuntos de mucha envergadura y que abarcan demasiado tiempo como para pretender ser rotundo en las conclusiones. Incluso hay que considerar que el mismo cristianismo es una doctrina lo suficientemente abierta como para permitir interpretaciones o matizaciones que convierten en temerarias las afirmaciones demasiado categóricas.

No sé, por ejemplo, en qué medida o hasta qué punto el cristianismo contribuyó a la decadencia del Imperio romano. Pero creo que sí, que contribuyó, a pesar incluso de que su propuesta de vuelta hacia lo interior, su descubrimiento de la intimidad, se consolidó como uno de los pilares de Occidente. “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?”, preguntaba en aquellos tiempos inaugurales San Pablo a los corintios. Pero ya antes el mismo Jesucristo había traído al primer plano a la intimidad del ser humano. Así, por ejemplo, el pecado, para Jesús, no tenía lugar en el mundo exterior, sino dentro de uno mismo; y es por ello que afirmaba: “Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira con malos deseos a una mujer ya ha cometido adulterio con ella en su corazón”. También la virtud, no solo el pecado, acontecía de puertas adentro: “No hagáis el bien para que os vean los hombres (…) Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará”. Y asimismo, la relación con Dios dejaba de estar supeditada, como hasta entonces, a los rituales externos: “Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto”. Siguiendo estas enseñanzas fue como el individuo acabó reparando en la conciencia de sí mismo, lo cual le hacía decir a San Justino, aquel al que decapitó el estoico Marco Aurelio: “Evidentemente, ellos (los estoicos) intentan convencernos de que Dios se ocupa del universo en su conjunto, de los géneros y de las especies. Pero si no se ocupara de mí o de ti, de cada cual en concreto, nosotros no le rezaríamos noche y día”. Sin todo esto, sin ese realce de lo interior, de la subjetividad, no creo que Descartes hubiera llegado a decir aquello de “pienso, luego existo”.

Pero efectivamente, el cristianismo, con esa perspectiva, viene a subvertir todo orden social establecido. Mientras el emperador Marco Aurelio decía: “Solo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos”, y Séneca, otra cumbre del pensamiento estoico, había afirmado: “Es la naturaleza quien tiene que guiarnos; la razón la observa y la consulta”, Lutero, siguiendo a San Pablo y aludiendo a la vertiente mundana del hombre, daba expresión a la fórmula contrapuesta que es característica del cristianismo: “El cristiano es un hombre libre, dueño de todas las cosas, no se halla sometido a nadie”. Y mientras que Marco Aurelio, al contrario que San Justino, recomendaba “no referir la acción a ninguna otra cosa excepto al fin común”, María Zambrano sabía que “el Cristianismo (…) es religión de la persona que existe en soledad”. Y también el mismo Ortega: “El cristianismo es el descubridor de la soledad como sustancia del alma”. El modelo de vida para el cristiano era… y sigue siendo, ante todo, el propio del monje (etimológicamente, “monje” proviene del griego monakhós “solitario”, “solo”, “único”, derivado de monos “uno”, “solo”); el modelo del estoico, por el contrario, fue el ciudadano dócil, adaptable, sumiso.


Y aunque ambas paradójicas vertientes, la del ser solitario, libre, insumiso y la del ciudadano obediente y acomodaticio, conjuntadas de esa forma a la que se refiere Ortega cuando dice que “yo soy yo y mi circunstancia”, vienen a desembocar en esa impar creación que es el hombre de Occidente, la exclusiva y excluyente influencia del cristianismo, con su insistencia en que aquí estamos de prestado, en que en lo sustancial no pertenecemos a este mundo, fue en gran medida desmovilizadora para el Imperio romano. Así argumenta, con un verbo casi demasiado florido, Edward Gibbon al respecto: “Anduvo el clero predicando con éxito la doctrina de la paciencia y la pusilanimidad (¡ni que fueran enviados de Rajoy!); desmerecieron las prendas gallardas de la sociedad, y los restos postreros de la bizarría militar se empozaron en el claustro; consagrose parte crecida de la riqueza pública y particular a las peticiones bienquistas de la caridad y la devoción, y la paga del soldado se vinculó en la muchedumbre inservible de ambos sexos (monjes y monjas), en galardón de la abstinencia y la castidad, sus únicos realces (…) Desviaron los emperadores su ahínco de los campamentos para encaminarlo a los sínodos (…) Un siglo servil y afeminado se enamoró devotamente de la poltronería sagrada de los monjes”. Una vez realzado el individuo, pues, el cristianismo lo desechaba en cuanto que ser de carne y hueso y comprometido con su circunstancia mundana.

Cuando San Pablo, llegando a los mismos parajes existenciales que ya había recorrido el antimundano Pitágoras, decía: “¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que es portador de muerte?”, estaba abogando de manera perentoria por escapar de este mundo, por dar la espalda a lo que significa afrontar los problemas, las angustias y las satisfacciones que trae consigo nuestra condición terrena y, en suma, repudiando las “pecaminosas” servidumbres que contraemos al estar insertos en nuestro cuerpo y en nuestro mundo (en nuestra circunstancia). Aún era más explícito San Pablo cuando recomendaba a sus seguidores en Corintio: “Quiero que estéis libres de preocupaciones. Y mientras el soltero está en situación de preocuparse de las cosas del Señor y de cómo agradar a Dios, el casado ha de preocuparse de las cosas del mundo y de cómo agradar a su mujer, y, por tanto, está dividido. Igualmente la mujer no casada y la doncella están en situación de preocuparse de las cosas del Señor, consagrándose a él en cuerpo y alma. La que está casada, en cambio, se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su marido”. En suma, que si hay que ser consecuente con lo que tal cristianismo demanda, todos habríamos de ser monjes o monjas dedicados a la vida contemplativa… ¡Así no hay manera de mantener un Imperio en pie! Frente a Atila y los que como él venían representando a la oscuridad que acabó cerniéndose sobre Occidente, no valían las recomendaciones de amor a los enemigos y de desentendimiento de lo que pasara en el mundo que predicaban los anacoretas (a propósito, no fue el Papa León el que saliendo a entrevistarse con Atila evitó que este entrara en Roma, como dice la leyenda; al parecer fue una plaga mortal que asolaba la zona lo que empujó a Atila a retirarse).

En cuanto a lo del relativismo moral de los cristianos… acepto que hay que “relativizarlo”, claro: el Papa Ratzinger, precisamente, convirtió la lucha contra esa deficiencia del sentido de la responsabilidad que parece afectar a su sucesor (http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=4472) en su batalla principal. Digamos que ese relativismo viene a ser una tentación que acosa, más o menos subrepticiamente, a los cristianos, y que nace en aquella perspectiva sesgada hacia lo interior que les caracteriza, y según la cual, como decía San Agustín, “la verdad habita en lo interior”, es decir, no está comprometida con lo que pase o deje de pasar en el mundo, no está afectada por lo que sean las cosas, el mundo objetivo, es una verdad de principios, no de resultados. La misma –o de su misma índole– que cuando Occidente estaba a punto de entrar en el desvarío cultural que aconteció a partir del Romanticismo, Novalis anunciaba diciendo que “todo lo bueno que hay en el mundo viene de dentro”. Y la misma también a la que, aludiendo al melancólico (es decir, al protorromántico), se había referido Kant cuando decía de él que  “le interesan poco los juicios de los otros, lo que estos toman por bueno o por verdadero, y se apoya solo en su propio criterio”. Una perspectiva que el mismo Novalis vino a ratificar diciendo: “El hombre existe en la verdad. Si renuncia a la verdad, renuncia a sí mismo. Quien traiciona la verdad, se traiciona a sí mismo”. Una verdad absoluta, pues, de puertas para adentro, pero desentendida de lo que pasa de puertas para afuera, en el mundo, en la circunstancia. De ahí el desasosiego moderno, especialmente después de la “muerte de Dios”, del desistimiento de encontrar verdad alguna ya no solo aquí, sino también en un más allá del que se descree, y que era el consuelo al que el cristiano se aferraba. Es ese el desasosiego al que se refiere Ortega de esta forma: “El Romanticismo significa la moderna confusión de las lenguas. Es un ‘¡sálvese quien pueda!’. Cada individuo tiene que buscarse sus principios de vida –no puede apoyarse en nada preestablecido. ¡Adiós dulzura, suavidad, quietud!”. Estaba hablando del mismo ser solitario, monacal, libre, únicamente apoyado en sí mismo que había conformado el cristianismo… y al que esta misma doctrina  había empujado hacia el desierto y los cenobios o hacia la exclusiva vida interior.

Otro romántico destacado, Heinrich von Kleist, mientras sufría una crisis que le llevó a considerar su vida carente de sentido, se expresaba de esta manera en una carta dirigida a su hermana: “La idea de que no sabemos nada de la verdad, nada en absoluto, que aquello que aquí llamamos verdad, tras la muerte se llamará de otra manera, y que por tanto el afán de conseguir algo propio que nos siga también a la tumba es totalmente vano y estéril, esta idea me ha estremecido en el santuario de mi alma (…) Mi único y máximo objetivo ha caído y ya no tengo ninguno”. Von Kleist empezó por aislarse, como buen romántico (como buen epígono del cristianismo), dentro de sí mismo, desdeñando cualquier verdad mundana; siguió desesperando de que hubiera alguna verdad alternativa, pues por entonces se estaba pergeñando el nihilismo, la muerte de Dios. Y culminó esa trayectoria a los 34 años, suicidándose.

Para no desentonar de mi anterior artículo, terminaré de una manera también heteróclita: si Nietzsche levantara la cabeza, me atizaría un zurriagazo por decir que en la semilla de ese extremismo subjetivista que sembró el cristianismo maduró su idea de la voluntad de poder, una voluntad que no repara en los resultados, que busca siempre el más allá. Después de que Dios, el Bien, lo que da sentido y trascendencia a lo que aquí pase, hubiese muerto, a donde le llevará su búsqueda es más allá del bien y del mal, a la cumbre del relativismo. En ese relativismo (¡ay, Dios, lo que se ve uno obligado a concluir!) en el cual el bien y el mal ya no son categorías normativas, en donde la subjetiva voluntad de más no encuentra freno en los objetos del mundo (abogando por  las cosas que están bien y repudiando las cosas que están mal), fermentó la más monstruosa derivada que andaba agazapada en el núcleo del que salió nuestra civilización: el nazismo.

Otro día podríamos seguir el rastro de otra conexión soterrada no menos escandalosa: la que vincula aquel marxismo que afirmaba que "la existencia determina la conciencia" con el estoicismo, que llevaba a Séneca a expresar esa misma idea de una manera, desde luego, más elegante: “Es la naturaleza quien tiene que guiarnos; la razón la observa y la consulta”. Es decir, que el estoicismo, en cuanto sesgo unilateral, cuenta también con su propia perversión, el comunismo, que no deja de estar latente y agazapado en el núcleo de sus enseñanzas.

Así pues, querida Carlota, en mi opinión, el nazismo y el comunismo no son propiamente perversas alternativas al cristianismo, sino exacerbación y parodia de los respectivos sesgos del cristianismo y del estoicismo. Y será la conjunción paradójica de ambos sesgos (“yo soy yo y mi circunstancia”) lo que vendrá a suponer la auténtica alternativa cultural al despiste que hoy sufrimos.