sábado, 16 de noviembre de 2013

En defensa de la filosofía (y del sentido de la vida que ella trata de desvelarnos)

   Respecto de esas “cuestiones filosóficas” que usted, John Carlos, me ve abordar frecuentemente, le diré que, para mí, llegar a aficionarme a la filosofía ha sido una bendición. Los filósofos son mis ángeles de la guarda laicos; unos más, otros menos, pero gracias al estímulo que supone su lectura (no siempre fácil; quitando a Ortega y pocos más, no suelen destacar por su claridad y sus cualidades literarias), he podido obtener claves, no precisamente para entretener mi intelecto, sino para orientarme en el laberinto de las cosas. Gracias a que por no sé qué azar afortunado, apareció en mis manos un libro de Ortega en los tiempos álgidos de esa neurosis juvenil que tantos hemos atravesado, discurrió desde entonces junto a mí esa fuente de luz que convierte una alteración así en un potencial de crecimiento (lo que intrínsecamente es toda neurosis). Y a estas alturas puedo decir, ojalá que fuera lo suficientemente alto y claro: la filosofía es la disciplina intelectual más importante de todas, y aprender a filosofar (no ya, o no solo, a saber lo que decían los filósofos) debiera de ser el aprendizaje más importante de la vida. Si hemos aprendido a leer (ahora lo comprendo) es, sobre todo, para poder estudiar filosofía y, acto seguido, todo lo que sale de su matriz (podríamos decir que “todo”, a secas). Así de rotundo me pongo hoy, John Carlos. Si la vida tiene sentido, no van a ser las ciencias naturales las que lo descubran (se dedican a otras cosas), ni siquiera la psicología, salvo la que enraíce en la filosofía (hoy ese tipo de psicología es muy marginal, pese a que yo me atrevo a afirmar que un trastorno psíquico es, en última instancia, el síntoma de una vida desorientada, no, como presupone el modelo biomédico hoy imperante, consecuencia de un trastorno neurológico).

 



   “La vida es por lo pronto un caos donde uno está perdido”, afirmaba Ortega. Es decir, que de partida solo tenemos el deseo de que la vida tenga sentido, sin más soporte objetivo. Al contrario, ahí afuera todo se nos aparece como múltiple y disperso, desordenado y absurdo. No hay nada, para empezar, fiable, de nada podemos esperar que vuelva a ser lo que creíamos que era. En suma: lo primero que experimentamos es que nada tiene un ser (nada es comprensible). Así lo decía también Ortega, “el ser fundamental por su esencia misma no es un dato, no es nunca un presente para el conocimiento, es justo lo que le falta a todo lo presente (...). Su modo de estar presente es faltar, por tanto, estar ausente”. Y entonces, para enfrentarse a la sensación de extravío que ello produce, para poder orientarse en la vida, y después de otros intentos menos sofisticados (la magia, la mitología, la religión), el hombre inventó la filosofía. De esta surgió la metafísica, que es la rama de la filosofía encargada de buscar acomodo al ente particular, cambiante, fragmentario y finito en el marco del ser sustancial, estable, imperecedero; en suma, en algo de lo que podamos fiarnos, algo que no cambie de hoy para mañana y que, en esa medida, lo podamos comprender (y que, para empezar, sin embargo, como dice Ortega, no está presente). En tiempos de Heráclito y Parménides, el problema residía en saber si todas las cosas fluyen o hay algo que permanezca. A estas alturas, hemos refinado la cuestión: los entes, finalmente, hemos resultado ser ante todo nosotros, los pobres individuos, conscientes de nuestra finitud, de nuestra vulnerabilidad, de, en última instancia, nuestra insustancialidad. ¿Podemos, pese a todo, aspirar al ser? ¿Hay alguna sustancia que alcanzar y que, por tanto, dé sentido a nuestra vida? Este es el problema metafísico tal y como ha de ser formulado a la altura de los tiempos actuales: ¿la vida tiene sentido o no?
   Insertemos ya en esta exposición la alarma que produce el hecho catastrófico de prescindir de la filosofía y de las humanidades en general en los currículos educativos. Ello significa tanto como enseñar a resignarse, a aceptar los avatares de la vida tal y como objetivamente se nos presentan, o sea, como un caos, como un absurdo; en suma, dar por sentada esa multiplicidad, dispersión y falta de sentido de los entes en que se divide nuestra circunstancia. Ese programa educativo desolador que hoy se está imponiendo parte, pues, del presupuesto de que solo existe el hecho objetivo, independiente del sujeto que lo observa, y de que la educación consiste en buscar cómo adaptarnos a él, en procurar aprendizajes instrumentales que nos acoplen a nuestro medio. Y sin embargo, Ortega aseguraba que “la educación, sobre todo en su primera etapa, en vez de adaptar el hombre al medio, tiene que adaptar el medio al hombre”, es decir, añadir a la caótica multiplicidad de entes con que el medio viene a nosotros, la necesidad de encontrar tras ellos el ser, de encontrar en el mundo un orden, un sentido, que es la exigencia con que nosotros vamos hacia el medio. El hombre, provisto de su misión en la vida, “lleva su sí mismo a lo otro, lo proyecta enérgica, señorialmente sobre las cosas, es decir, hace que lo otro –el mundo– se vaya convirtiendo poco a poco en él mismo”. En suma, concluye Ortega, “el hecho humano es precisamente el fenómeno cósmico del tener sentido”.
   Sin filosofía, nos quedamos inermes y vulnerables ante el absurdo (lo que antes se llamaba misterio), que, insisto, es la manera primordial que tiene el mundo de presentarse ante nosotros. Hemos aceptado como premisa cultural la visión instrumental de la vida que no aspira a que esta tenga un sentido, sino solo a que nos diluyamos entre las cosas, entre la multiplicidad de los entes, a escindir el yo de su ineludible unidad con su circunstancia y dejar desasistidos los hechos objetivos del sentido que nuestra razón debe descubrir en ellos. Todo eso no nos hace más felices. Aunque nuestra cultura pretende hacernos coexistir pacíficamente con el absurdo, nuestras tripas no nos dejan aceptarlo. Así que o damos respuesta a nuestra necesidad de sentido o la industria farmacéutica de los psicofármacos seguirá haciendo el agosto (total, para nada: ya digo que no son las alteraciones neurológicas la causa última de nuestra infelicidad, ni la bioquímica lo que la resolverá). O rehabilitamos a la filosofía y la restituimos en sus funciones de exploración de la posibilidad de que la vida tenga sentido y de lucha contra el absurdo, o será este el que rija nuestros destinos.