domingo, 24 de noviembre de 2013

Los beneficios que aporta la filosofía y los inasumibles riesgos que conllevan los psicofármacos

   Me estoy queriendo referir a un serio problema que podríamos también titular como el de la excesiva medicalización de las dificultades y contrariedades (no tan solo enfermedades) que conlleva el hecho de vivir, así como otras formas de intervencionismo médico y farmacológico a propósito de las cuales habría que cuestionarse no solo su eficacia, sino sus posibles efectos contraproducentes.

   Mi intención es aportar una perspectiva más bien cultural y filosófica del problema, porque los demás ángulos del mismo están ya desbordando en aportaciones por todos los rincones de internet; no hay más que poner en You Tube, en el recuadro de búsqueda, las palabras “psiquiatría” y “medicamentos” y aparecerán multitud de vídeos críticos con la idea actualmente vigente de que el trastorno mental es resultado de una deficiencia bioquímica en el cerebro, y de que, por consiguiente, esa deficiencia ha de ser contrarrestada ineludiblemente con medicamentos; aquí abajo dejo la referencia de uno de esos vídeos, que recomiendo ver fervientemente.
 


   Desde la perspectiva que he escogido para hacer mi reflexión, empezaré mi exposición recurriendo a un ejemplo que extraeré del último libro de Nassim Nicholas Taleb, “Antifrágil”. Taleb es el muy inteligente creador de la teoría de los “cisnes negros”, sobre la importancia de los sucesos altamente improbables, y refiere en ese libro una experiencia personal, que empieza a relatar diciendo: “Un día me rompí la nariz”. Y prosigue: “En el servicio de urgencias del hospital, el médico y el personal sanitario insistieron en que me pusiera ‘hielo’ en la nariz, es decir, que me aplicara una especie de parche helado sobre esta. En medio de tanto dolor como sentía en aquel momento, se me ocurrió que, muy posiblemente, aquella hinchazón que la madre naturaleza me estaba provocando no estaba causada directamente por el traumatismo, sino que era la respuesta de mi propio organismo a la lesión. Me pareció entonces que estaría insultando a la naturaleza si tratase de saltarme su programa de reacciones sin tener un buen motivo para hacer algo así, respaldado por un amplio contraste empírico que pruebe que los seres humanos podemos hacerlo realmente mejor; la carga de la prueba recae, pues, sobre nosotros, los humanos. Así que mascullando entre dientes, pregunté al médico de urgencias si disponía de alguna prueba estadística de las ventajas de aplicar hielo sobre mi nariz o si la práctica no era más que el resultado de una versión ingenua de intervencionismo”.

   El médico hizo un comentario sarcástico, pero no le respondió. Y efectivamente, cuando Taleb salió del hospital y pudo acceder al ordenador, confirmó que no existen pruebas estadísticas convincentes a favor de los beneficios de la reducción de una inflamación, al menos, no más allá de los cuadros (sumamente raros) en los que la hinchazón puede amenazar la vida del paciente, lo que claramente no era su caso. Lo que aquel médico había hecho con él, por tanto, fue impedir o dificultar la reacción que la naturaleza tiene prevista ante traumas como el que él había sufrido, por el simple hecho de que esa reacción, aunque orientada a reparar el trauma, resultaba molesta y dolorosa. Con su manera de intervenir, el médico había estado enseñando al cuerpo de Taleb a ignorar o debilitar su forma natural de reaccionar para sustituirla por otros pretendidos remedios artificiales que trataban de eludir esa parte de dolor y de incomodidad que conlleva la reacción natural.

   El caso es que esta concreta forma de actuar de la medicina que queda reflejada en el ejemplo que nos muestra Taleb no es algo casual ni coyuntural. Es el reflejo de una cultura, hoy bastante generalizada, que está haciendo que se pongan los recursos de la sociedad al servicio de una manera de entender la vida según la cual se pretende hacer desaparecer de ella las aristas más ásperas, las que conllevan o presagian incomodidad, esfuerzo, declive, sufrimiento o dolor, para que solo sobrevivan aquellas otras que exclusivamente dan cabida a lo placentero, divertido, fácil, relajado y emocionalmente positivo. Pero resulta que la vida está hecha con todos esos ingredientes, los positivos y los negativos, algo que ya sabía Heráclito en el siglo VI antes de Cristo, que decía: “Es la enfermedad lo que hace agradable la salud; el mal, el bien; el hambre, la saciedad; el cansancio, el reposo”. Y el seguidor más friki de Heráclito en los tiempos modernos, Friedrich Nietzsche, lo ratificaba al decir: “El hombre necesita para sus mejores cosas de lo peor que hay en él”. E incluso, entre nosotros, Unamuno advertía que “el que no sufre tampoco goza, como no siente calor el que no siente frío”.

   ¿Qué ha ocurrido para que los hombres, en gran medida, hayamos acabado insertados en una cultura que pretende excluir de nosotros esa parte que da a nuestra zona oscura, desagradable y dolorosa, pero que nos es consustancial? Ha ocurrido, para empezar, que nos hemos dividido en fragmentos. “Fragmentación” es la palabra clave a la hora de entender nuestra cultura actual. Una vez fragmentados, hemos pretendido atender solo la parte agradable de las cosas y rechazar o ignorar los fragmentos desagradables. La consecuencia ha sido que los hombres nos hemos vuelto más endebles, más frágiles, más pusilánimes, más timoratos, más inseguros. Renunciando a adentrarnos en las zonas de sombra de la vida que también son la vida, nos estamos volviendo ineptos a la hora de enfrentarnos consecuentemente al mal, al dolor, a la desgracia, y más diestros de lo debido cuando de lo que se trata es de huir de las situaciones que, como la vida misma, traen consigo el mal, el dolor o la desgracia. Como dice el psiquiatra Alberto Ortiz en su libro “Hacia una psiquiatría crítica”, recién publicado, “ya no consideramos el sufrimiento y la muerte como algo inherente al ser humano sino como problemas sanitarios que pueden resolverse. Nuestra concepción de una vida plena es una vida sin sufrimiento, no una vida en la que seamos capaces de manejarlo”.

   Este sería el contexto desde el que entender los peligros que hoy amenazan a la medicina en general, a la psicología y, sobre todo, a la psiquiatría. Cuando se ha llegado al punto en el que muchos profesionales de la salud medican a niños con fracaso escolar o con timidez (o para decirlo con más solemnidad, con trastorno TDAH o fobia social), empieza a resultar evidente que, en esa misma medida, la psiquiatría está respondiendo a aquella pauta cultural que, tratando de amputar de la vida las partes desagradables, está también anulando las emociones a las que la naturaleza ha encargado de hacer reaccionar a quienes sufren esos problemas para que se pongan en el camino de superarlos. Lo mismo, pues, que ocurría en el caso de Taleb del que hablábamos antes, en el que la inflamación de su nariz era la manera de reaccionar de su naturaleza, molesta y dolorosa también, pero destinada a reparar los efectos del trauma. De modo que si, por la vía de los fármacos, amputamos del niño que fracasa en la escuela o del tímido los sentimientos de inquietud, de frustración, de insatisfacción, de estar por debajo de donde él a sí mismo se exige, estaríamos anulando las emociones que la naturaleza tiene previstas para hacerle reaccionar contra sus insuficiencias. Esta perspectiva la confirma el gran psicólogo y psiquiatra que fue Carl Gustav Jung, cuando en un lenguaje que, por la forma y por el fondo, hoy repudiarían la mayoría de los psiquiatras, advertía: “No curamos la neurosis, sino que ella nos cura. El hombre está enfermo, pero la enfermedad es el intento de la naturaleza de curarle. Así pues, de la enfermedad misma podemos aprender muchas cosas para sanar”. Es decir, que si médicos, psiquiatras y psicólogos solo trataran de eliminar el síntoma, puede que estuvieran eliminando también la fuerza curativa que está encerrada en él. Porque, al fin y al cabo, como también dice Jung: “La neurosis es siempre un sucedáneo del auténtico sufrimiento”. No se trataría, pues, tanto de suprimirla como de reconducirla hacia el punto en el que la misma fuerza que da sentido a la vida (y no los medicamentos) se encargue de combatir el sufrimiento.

   El punto de más difícil abordaje, el más polémico en este ámbito es el de las enfermedades mentales graves, aquellas que conllevan delirios y alucinaciones, tan difíciles de tratar, y para las que parecería que solo existe un remedio relativamente eficaz, el de los psicofármacos. Una llamada de atención a este respecto, sin embargo, provendría de muchos pacientes, que han llegado a considerar que la entrada en el tratamiento psiquiátrico supuso para ellos no una liberación de su sufrimiento, sino una auténtica desgracia, aunque normalmente el entorno familiar y social del paciente recibe como una liberación esa intervención médica. Y otra llamada de atención que me permito traer a colación provendría del gran psiquiatra que entre nosotros fue Carlos Castilla del Pino, que tituló uno de sus últimos libros: “El delirio, un mal necesario”, y en el cual viene a posicionarse en una perspectiva que nos obliga a reflexionar, porque dice: “Al abandonar el delirio, el sujeto, que se sabía quién era cuando deliraba, no sabe ahora quién es, o literalmente aún no es nadie, y la depresión aparece indefectiblemente”. ¿Estaría diciéndonos Castilla del Pino que si el tratamiento solo suprime el delirio estaría también suprimiendo la queja pero no el dolor? Cuando Don Quijote, al final de su vida, dejó, efectivamente, de delirar y se volvió cuerdo, fue a costa, precisamente, de entrar en una fase depresiva que le empujó hacia su hora final. Así que el delirio cumple una función, no es algo a amputar, sino a reconvertir (aunque, siendo realistas, quienes sufren una psicosis no están muy dispuestos a esa labor de reconversión). En el caso del que empezó por ser Alonso Quijano, que era un rentista desocupado, un hidalgo que tenía prohibido por ley trabajar, el delirio que le empujó a los campos a realizar “grandes hazañas” y a “deshacer entuertos”, nació de la necesidad de hacer algo con su vida, de darle un sentido, puesto que estaba transcurriendo de manera inane, y necesitaba de algo que la llenase, que la justificase, que le diese un contenido. Esa necesidad de sentido era tan fuerte que si la realidad entraba en contradicción con ella… pues peor para la realidad; si él, en su búsqueda de aventuras, necesitaba gigantes contra los que luchar y la realidad solo le ponía enfrente molinos de viento, su deseo acababa prevaleciendo sobre lo real. Pero el delirio o la alucinación eran en él un último intento de dar sentido a su vida, y si simplemente se hubiera tomado un fármaco antipsicótico que, con dramáticos efectos mal llamados secundarios, le hubiera eliminado sus delirios y alucinaciones –en vez de reconducir el impulso que le llevaba a delirar y a alucinar hacia donde los términos de la realidad quedaran respetados–, la depresión, como dice Castilla del Pino, “aparecería indefectiblemente”.

   La conclusión hacia la que quedamos abocados es la de que el medicamento es un instrumento muy delicado a la hora de plantearse cómo luchar contra la enfermedad en general y la mental en particular. Y que es probable que no se alcance ningún remedio mágico, definitivo o total en los casos más graves. Como, refiriéndose a las enfermedades mentales, también decía Carl Gustav Jung: “Los problemas graves de la vida jamás se resuelven del todo. Si alguna vez puede parecer que es así es indicio seguro de que se ha perdido algo. El sentido y el propósito del problema parece que estriban no tanto en su solución como en nuestro laborar incesante con él. Solo esto evita que nos embrutezcamos y petrifiquemos”.