sábado, 7 de diciembre de 2013

¿Somos una máquina corporal que ha aprendido a pensar o un pensamiento que se abre paso a través de la máquina del cuerpo?

   Cuenta Walter Burkert en “La creación de lo sagrado” (Acantilado, 2009) un caso de curación chamánica que tuvo lugar en el África contemporánea: un niño pequeño enfermó y la madre se dirigió a una sanadora del lugar. La sabia mujer ni siquiera miró al niño enfermo, sino que empezó a interrogar a la madre, sobre todo acerca de la situación de la familia y de los conflictos entre los parientes. Descubrió así que existían diferentes situaciones de tensión familiar. En consecuencia, pidió a la madre que restableciera las buenas relaciones familiares y realizara ciertos rituales en honor de los espíritus guardianes que debía haber hecho siguiendo las tradiciones, pero que había olvidado hacer. Solo después de cumplir estos mandatos, la sanadora tuvo un segundo encuentro con la madre y con el niño enfermo, al que entonces administró un tratamiento que le devolvió la salud en pocos días.

 
   En dirección contraria a la que señala este caso, nuestra cultura ha escogido pensar que la enfermedad se origina necesaria y directamente en el cuerpo y, efectivamente, desde esa perspectiva parece que puede dar razón, aunque no siempre suficiente, de buena parte de los fenómenos que acaban desembocando en la enfermedad. Pero la misma investigación médica ha descubierto la existencia de un proceso morboso que comienza en el abatimiento del sistema inmunológico, lo que vendría a significar algo así como que se abren las puertas a los agentes productores de la enfermedad, los cuales, por tanto, serían subsidiarios respecto de aquella deficiencia previa. Y asimismo se conoce la dependencia que tiene la mayor o menor fortaleza del sistema inmunológico del estado emocional que tenga el sujeto afectado, y, en suma, de su manera, más o menos positiva, de estar en la vida y de dirigirse al mundo. En definitiva, en la resolución del dilema que aquí se nos plantea nos estaríamos jugando la decisión sobre si es antes la mente o el cuerpo, si es el espíritu el que genera la materia, o al menos la forma en que esta se manifiesta, o aquel no es sino un epifenómeno, un resultado de procesos que tienen su inicio en nuestra fisiología. A este respecto, Unamuno tenía definida su opción: “El espíritu dice: ¡quiero ser! Y la materia le responde: ¡no lo quiero!”, afirmaba. Y también: “Dios, la conciencia del Universo, está limitado por la materia bruta en que vive (de la cual) trata de libertarse y de libertarnos. Y nosotros, a nuestra vez, debemos de tratar de libertarle de ella”. Según esta visión unamuniana, la materia sería el restringido cauce a través del cual se manifiesta el espíritu, que sería lo prevalente. Así lo ratifica el pensador bilbaíno cuando dice: “El universo visible (...) me viene estrecho, esme como una jaula que me resulta chica, y contra cuyos barrotes da en sus revuelos mi alma”.

   También en la cosmovisión característica de los hombres primitivos y de los chamanes el mundo visible es solo la manifestación de un orden previo que rige en el mundo espiritual que le antecede. María Zambrano, asimismo, abogaba en algún sentido por esa cosmovisión cuando decía: “Todo lo espiritual (…) trasciende de las condiciones físicas en que está sujeto”. En la medida en que aquí abajo, en el mundo visible, no nos alejemos de las pautas de orden y permanencia vigentes en el orbe espiritual, las cosas estarán en su sitio (nunca mejor dicho). Lo insólito, lo imprevisto, el cambio, lo que transgrede el orden previo es visto por los hombres primitivos con gran suspicacia, porque su irrupción viene a ser como un brecha o hendidura que se abre en aquella ligazón y sintonía que mantenían el mundo visible y el invisible. Y es por esa brecha por donde se cuelan la desgracia y la enfermedad, y por donde pueden asomar toda clase de peligros y amenazas. Urge, por tanto, para el hombre primitivo, taponar esa brecha, compensando de alguna manera los efectos de la transgresión. Solo entonces será posible frenar la desventura. La reparación se realiza a través de un sacrificio, de alguna clase de pago que permita recomponer el equilibrio perdido.

   Es esencial, pues, en la conformación de esta perspectiva propia del mundo de los chamanes, la idea de pecado y de que es el hombre el último responsable de las desgracias que caen sobre él, en la medida en que ha cometido alguna clase de transgresión que atenta contra el orden y la armonía de las cosas. Dicho de otra manera: el hombre tiene un destino que cumplir, y es responsable de que el mismo se lleve a cabo. O como decía María Zambrano: “El hombre es así el ser que se constituye en vista de una finalidad”. Si responde a su vocación, a la llamada de ese destino, el hombre gozará de salud y alegría, pero si deja de responder, peca, y el resultado de ese extravío es la enfermedad o alguna de las formas de la desgracia.

   En nuestra cultura hemos creído que podemos entender estas creencias como meras supersticiones ya superadas y dar por amputada esa forma de estar en el mundo que ha caracterizado al ser humano a lo largo de casi toda su historia. Pero el sentimiento de culpa sigue acompañando a los hombres incluso antes de comprender cuál pueda ser su causa. Hasta el punto de que en nuestro antecedente cultural más inmediato se generó la idea de Pecado Original, una culpa que arrastramos por el mero hecho de nacer. “La tragedia única es haber nacido (…) El delito peor del hombre es haber nacido”, decía, efectivamente, María Zambrano. Y Unamuno, buscando cómo dar expresión a esa culpa que nos precede y constituye, escribía este poema:

“Acepto este dolor por merecido,
mi culpa reconozco, pero dime,
dime, Señor, Señor de vida y muerte,
¿cuál es mi culpa?”

    Parecería, pues, que ese solo hecho, nacer, entrar en este mundo decaído y sucedáneo de aquel otro mundo espiritual, es registrado en lo más profundo de nuestra alma como una transgresión del orden, como un pecado; que, como decía Zambrano, “el hombre ha sentido el horror de su propio nacimiento al mismo tiempo que la nostalgia de un mundo mejor perdido”. Y es por ello por lo que “toda vida se vive en inquietud. Ninguna vida mientras pasa alcanza quietud y el sosiego, por mucho que lo anhele”. En conclusión, dice la misma Zambrano, “cuando (mi propio ser) me sale al encuentro (…) el sentimiento de culpa es inevitable y puede ser aplastante”.

   Así que la cosmovisión chamánica, a pesar de todos los avances logrados en la investigación del mundo visible, y especialmente en la ciencia médica, sigue teniendo vigencia; tal vez de forma soterrada o necesitada de una reformulación a través de otros relatos diferentes de aquellos que hacía el hombre primitivo, pero anunciando, pues, que la interpretación de las cosas que nos ocurren debe incorporar de alguna manera aquella prevalencia de lo espiritual sobre lo material, de lo mental sobre lo fisiológico. Recurramos a un ejemplo para poder entender esto que proponemos: la medicina y la psicología interpretan que un mal como la bulimia es el efecto de una causa material: una alteración neurológica o un aprendizaje de conductas alimentarias inapropiadas, que deben ser corregidos a través de psicofármacos o de un adecuado programa de modificación conductual. Por el contrario, desde un punto de vista que no sé si sancionar como “chamánico”, habría que explorar lo que pasa en el nivel del espíritu para comprender esa conducta bulímica que se desarrolla en el mundo visible. Una vez allí, podríamos echar mano, para empezar, de esto que también decía María Zambrano: “El anhelo es un signo de vacío. El hombre podría definirse –una de tantas posibles definiciones– como el ser que alberga dentro de sí un vacío (…) un vacío que ha de llenarse”. Es en ese plano espiritual o supramaterial en donde podemos observar que hay algo, el anhelo, que nos caracteriza como seres humanos; que el deseo es resultado de un sentimiento de vacío previo, de una falta o deficiencia, es decir –aproximándonos al lenguaje de esas otras culturas falsamente sobrepasadas–, de un pecado; que el deseo, en suma, es un intento de buscar la manera de reparar nuestro vacío, nuestro pecado constitutivo. Y que, a la hora de trasladar ese anhelo, ese intento de reparación, al mundo visible, el bulímico solo ha sido capaz de ubicar su sentimiento de vacío en el estómago, en forma de hambre. Se da, pues, atracones porque esa es la única forma en la que entiende que puede resolver su vacío interior.

   Una vez descubierto lo que ocurre en el mundo espiritual, una vez detectada la falta, la transgresión constitutiva que aquí abajo, en el orbe material, empuja hacia la conducta bulímica, es cuando realmente podemos poner en marcha, de una manera efectiva, la acción terapéutica. En este caso, derivar a la persona bulímica hacia otras formas de reparación del sentimiento de vacío que trasciendan del comportamiento alimentario. En general, desde ese sentimiento de vacío o Pecado Original, es desde donde es posible entender la vocación, el destino o la finalidad de la vida como una forma de reparación (de “sacrificio”, diría un chamán) que nos obliga a hacer de nuestra vida un intento compensatorio de alcanzar la “plenitud”. Y si la medicina o la psicología ignoran aquellas causas profundas de la enfermedad, si se dedican a intentar contrarrestar solo los síntomas, es decir, lo que ocurre en el estricto mundo material, estarán dando muchos palos de ciego, al menos cuando el análisis de las causas materiales demuestre ser insuficiente. Tal vez se necesite que sanadoras como aquella de la que hablábamos al principio, se dieran una vuelta por las aulas de las facultades para dar un repaso a los estudiantes de medicina o de psicología.