lunes, 24 de marzo de 2014

España en la encrucijada

     No interpretamos la realidad: interpretamos, y luego viene la realidad. Escojo esta digamos que chocante manera de empezar para resaltar cuanto antes la necesidad que todos tenemos de encontrar un marco en el que hacer que encajen los datos de la experiencia, de modo que cuenten así con una narración, un orden, un sentido que nos permita hacer de ellos instrumentos operativos a partir de los cuales encontrar fórmulas o sugerencias que nos ayuden a conducirnos eficazmente por los trayectos que nos va abriendo la vida.

 
     Así que se trata de encontrar un hilo conductor en el que ir encajando las cosas que pasan, en este caso, lo que nos pasa como sociedad. “Sociedad”, entre nosotros, quiere, sobre todo, decir, para empezar a fijar certeramente ese hilo conductor, “España”. Una sociedad en la que su realidad queda reflejada a partir de unos cuantos datos definitorios: seis millones de parados, 3,44 millones de viviendas vacías (13,7 % del total), según datos oficiales, un sistema educativo fracasado, a la vista de los datos comparativos, una corrupción generalizada en nuestras élites políticas y sindicales, un sistema judicial deteriorado por su ineficacia e ineficiencia y por su dependencia de esas élites políticas, y, en general, unas instituciones desacreditadas, y un sistema autonómico de organización territorial que culminará su fracaso cuando, en un tiempo tasado ya, los nacionalismos más exitosos en sus respectivas autonomías acaben de echar el órdago de la declaración unilateral de independencia para sus territorios… ¡Ah!, y una ciudadanía en la que el cabreo y la angustia se distribuyen a la par, dejando lo que queda para la desorientación. Evidentemente, en la selección de los datos definitorios va ya incluida cierta preliminar interpretación de los mismos, aunque de lo que se trata es de hacerlos encajar en una interpretación más cabal, que intentaremos realizar.

     El inicio del relato que habría de servirnos de hilo conductor interpretativo podríamos hacerlo coincidir, aunque nos dejemos coyunturalmente fuera asuntos muy importantes, con la llegada del euro, por un lado, que eliminaba el riesgo cambiario (los riesgos que para el inversor suponía la posible devaluación del valor de la moneda en la que aquel había invertido) y, por otro, con el intervencionismo político de Alan Greespan, presidente de la Reserva Federal norteamericana, que redujo al mínimo los tipos de interés crediticios. Estos acontecimientos significaron abrir las puertas al dinero fácil y abundante: los créditos se multiplicaron, la gente empezó a vivir por encima de sus posibilidades… Fundamentalmente, ese dinero extra que apareció se invirtió en bienes inmuebles. Se incrementó el número de viviendas muy por encima de las necesidades, como fórmula de inversión para ese dinero fácil. Una inversión que resultó ser, en principio, muy productiva, dada la imparable demanda de viviendas. Otra consecuencia de ese proceso fue que los sueldos en el sector de la construcción se inflaron enormemente, lo que empujó a muchos jóvenes estudiantes a abandonar sus estudios, porque el mercado laboral ofrecía esos altos sueldos sin necesidad de que se correspondieran con una cualificación de la mano de obra. Millones de extranjeros, mano de obra asimismo sin cualificar, vinieron también al reclamo de esa llamada.

     Aún más: el poder político encontró en esa intensa actividad del sector de la construcción una enorme fuente de ingresos que le permitió afrontar obras que, más que responder a necesidades sociales, se llevaban a cabo para satisfacer impulsos megalómanos: la Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia o distintos aeropuertos que apenas han llegado a usarse son paradigmáticos en este sentido. Las Cajas de Ahorros, mediatizadas por el poder político autonómico y municipal, se convirtieron en temerarias suministradoras de los créditos que permitían poner en marcha esas obras faraónicas. Al albur de tanto dinero fácil, los políticos se corrompieron en gran número y dejaron de afrontar su tarea como un servicio a la comunidad; desprovistos de esa función, pasaron a convertirse en una casta que protegía sus intereses. Y a la vez que se corrompían y se organizaban como casta, ponían en marcha fórmulas de autoperpetuación en las que dejaron de ser valores a considerar su capacidad, sus méritos o su voluntad de servicio, y pasaron a serlo su sumisión a las élites y su servicio a los intereses de la casta.

     Pero un día explotó la burbuja y entonces se vio que aquel dinero fácil no era sino dinero adelantado por encima de lo que, una vez gastado de forma suntuaria e improductiva, se podía devolver. El parón de la construcción dejó fuera del mercado laboral a muchos miles de trabajadores sin cualificar y, en esa medida, con muy pocas oportunidades de volver a tener vida laboral en un mercado que cada vez exige mayor cualificación. De esta forma, las prestaciones sociales se dispararon, aumentando vertiginosamente los gastos de un estado ya de por sí desorbitados. Las Cajas de Ahorros se hundieron porque era imposible recuperar unos fondos que, administrados directa e indirectamente por los políticos, no por técnicos bancarios, se habían prestado sin valorar los riesgos. Pero la casta política pretende salir de rositas de esta situación: no ha disminuido ni en número ni en privilegios; ni siquiera ha enmendado sus hábitos corruptos. Mantiene toda su estructura clientelar y sigue gastando por encima de lo que se ingresa, a pesar de que los impuestos han aumentado muy sensiblemente, deteriorando la ya flácida economía productiva que queda en España. La banca reflotada canaliza su capacidad crediticia hacia la deuda pública, que sigue creciendo porque los políticos mantienen funcionando un estado mastodóntico a la vez que inoperante. Mientras tanto, desentendida de los auténticos problemas de los españoles, deja medrar sin oposición a los separatismos, que, ya sin reparos y blanqueados los terrorismos, estiran la cuerda hasta un punto de tensión máxima.

     Y este es el horizonte hacia el que, si no cambian las cosas, avanzamos: por un lado, el aumento de la deuda pública no va a poder seguir por tiempo indefinido y el crédito a nuestro estado no va a estar llegando siempre. En dos o tres años, previsiblemente, se habrá convertido en impagable. Los inversores, demostrada nuestra insolvencia, huirán a lugares que ofrezcan más garantías. El crecimiento que aparenta asomar, apoyado en un crédito hasta ahora ininterrumpido (ese crédito que sigue devorando el estado), quedará en evidencia, como un rey que hoy pocos admiten que está desnudo. Por otro lado, a partir de noviembre, el nacionalismo catalán ha anunciado que pondrá en marcha la etapa final de su viaje de no retorno y, previsiblemente, no mucho más tarde (ya se han pronunciado públicamente al respecto) llevarán a cabo una declaración unilateral de independencia. Es asimismo previsible que los mossos d'esquadra, perfectamente adoctrinados, no obedecerán la orden que emitan los jueces de detener a los miembros del gobierno de la Generalidad, como dictan las leyes que ha de hacerse en un caso así, por lo que el gobierno de Rajoy debería dar el paso de intervenir por la fuerza contra esa facción del estado en rebeldía. Pero ¿qué se puede esperar de un gobierno dirigido por un personaje como Rajoy que viene demostrando cada día su inoperancia, su irresolución, su incapacidad para hacer cumplir las leyes y las sentencias que ahora mismo incumplen los gobernantes de la autonomía catalana? Un jefe de Gobierno, este Rajoy, que, igual que aquel peculiar ministro de Defensa, José Bono, que declaraba que prefería morir a matar y que con esa filosofía gobernaba nuestros ejércitos, quiere resolver el irrefrenable estado de rebeldía de los nacionalistas matándoles a besos o a propuestas de diálogo “sin límite de tiempo”. Cuando menos, podemos decir que nadie sabe lo que va a salir a partir de estas insólitas circunstancias previas.

     Dedicaremos, en fin, próximas entradas de este blog a seguir analizando la situación de nuestro país, esta espeluznante encrucijada nacional en la que nos hallamos situados.