sábado, 29 de marzo de 2014

No es que seamos incapaces de sentirnos nación, es que tenemos parado el reloj de la historia

     Yo creo, amigo Vicente, que lo que falla ante todo entre nosotros, los españoles, es que la idea de que pertenecemos a un mismo cuerpo social, a una nación, está o ausente o relegada a un muy segundo plano. Y eso no hay que entenderlo como resultado de nuestra idiosincrasia o de que somos una amalgama imposible de naciones mal avenidas, sino como fruto de un retraso evolutivo. El estado moderno tal y como emergió de la Ilustración se fundamenta en la idea de nación, la cual resultó de la confluencia de diversos territorios antes dispersos, afectados por la fragmentación feudal. La reunión de fueros y privilegios en códigos legislativos unificadores, una administración compartida, la equiparación fiscal, la promoción de un idioma común, la disolución de fronteras comerciales interiores… tareas todas ellas que en los diversos países de Europa fue llevando a cabo la Ilustración, solo era posible sobre la base de la conciencia de pertenecer a una misma sociedad, a una misma nación. Aquí, la Ilustración no acabó de cuajar: las tres guerras carlistas del siglo XIX fueron la mejor expresión de ese atasco histórico, y salimos de ese siglo con muchas deficiencias que, resulta evidente, aún arrastramos.

     No son, pues, unas supuestas diferencias intrínsecas que nos separan lo que nos impide sentirnos parte de una misma nación, sino el retraso histórico en el acceso al estado moderno. El nacionalismo es la barrera que entre nosotros pone lo que hemos sido a lo que debemos de ser (una barrera que, cuando aparece, tiende siempre a teñirse de sangre). La solución no estriba, por lo tanto, en ser condescendientes con nuestras “diferencias” (es decir, con los restos de feudalismo que arrastramos), ni en buscar acomodo dentro de la idea de España a aquellos territorios que tienen unas acentuadas peculiaridades (es decir, en hacer una síntesis entre el estado moderno y el estado feudal). La historia va haciendo su camino de manera ineludible: la unidad legislativa, disponer de un idioma común, la unidad de mercado, la igualdad fiscal… no es algo que haya que someter a “peculiaridades” de las respectivas “nacionalidades”; es algo insoslayablemente exigido por la marcha de la historia. Tratar de buscar componendas entre lo que impone el progreso y lo que quisieran los reaccionarios nacionalistas es no entender  el problema que tenemos entre manos, y significa seguir retrasando (o incluso, tal vez, frustrando, desbaratando) la única solución racional que permite la historia.

     El caso es que ahí estamos: hoy son los nacionalismos disgregadores los que marcan la pauta, y los supuestos partidos nacionales no hacen otra cosa que intentar seguir su estela. Y hay que entender que no exagero: no hay mas que ir a las páginas web de esos partidos y observar cómo los símbolos nacionales españoles está totalmente ausentes y normalmente sustituidos por los símbolos de las “nacionalidades” respectivas. Por ejemplo, en la página web del Partido Popular del País Vasco aparece en su cabecera la ikurriña nada más; pero es que mientras que en el letrero que señala la posibilidad de cambio en la lectura al “euskaraz” hay una pequeña ikurriña, en la contraria, la que desde allí señala la posibilidad de cambiar al “gazteleraz” (castellano) no está acompañada, de manera semejante, de ninguna banderita española. En la página del Partido Popular “Catalá”, son un poco más sutiles (poco): en la cabecera, una bandera que lejanamente anuncia que fue española (por el desdibujado escudo nacional que se inserta en ella), inmediatamente se convierte en la cuatribarrada catalana. Y el Partido Popular digamos que “nacional”, de lo que hace exhibición a través de los símbolos que aparecen en su página es de su vocación europeísta.


     En el Partido Socialista, las cosas no varían mucho al respecto; quizás hay que reseñar que en la página de los socialistas catalanes no hacen exhibición de ninguna bandera en la cabecera, aunque en las fotos que acompañan a las informaciones que aparecen después resulta evidente la elusión de las banderas españolas en sus actos, en los que, sin embargo, sí aparecen banderas catalanas y europeas. También resulta chocante que, cuando eliges, no el castellano, sino el “castellá” para leer en esa página, el conjunto de las informaciones sigue apareciendo en catalán.

     No sacaré demasiado pecho en nombre de mi partido, UPyD, que tampoco hace precisamente ostentación de símbolos nacionales en su página web, aunque creo que resulta evidente su vocación nacional. El caso es que sí creo que se puede inferir de detalles como los anteriores, así como del hecho de que, en general, lo políticamente correcto exija hoy eludir los símbolos nacionales en cualquier ocasión, exceptuando las deportivas (y considerando que hay que decir “La Roja” en vez de “España” para referirse a la selección nacional de fútbol), que seguimos atascados en nuestra condición preilustrada, e incapaces de acceder a esa conquista histórica que en nuestro ámbito cultural significó la idea de pertenencia a una nación y a un estado modernos.

     Y llegar a esa altura histórica es paso previo para conseguir ponernos en vías de superar los demás atascos, económicos (barreras comerciales y, por vía indirecta, jurídicas, dada la sobredosis de legislación en cada autonomía, que dificulta las interacciones comerciales), políticos (estado mastodóntico y con más ratio de políticos por habitante que en ningún país europeo) y sociales (ruptura social entre los españoles), que nos lastran.