sábado, 31 de mayo de 2014

Nuestra necesidad de que haya un mundo para que pueda haber un yo

     Ayer estuve oyendo una interesante y a ratos chispeante conferencia de Fernando Savater en la que, en un determinado momento resaltó el hecho de que en tiempos de guerra o de catástrofe disminuyen drásticamente las depresiones y los suicidios. No se adentró demasiado en las posibles causas de esa clase de fenómenos; lo ventiló diciendo, más o menos, que, en tales situaciones “no tenemos tiempo para bobadas”, y mezclando brillantez e improvisación, ponía el ejemplo de que cuando se está luchando contra la catástrofe de una inundación a nadie se le ocurre suicidarse “porque Purita ya no te quiere”. Podríamos añadir que, cuando uno está volcado sobre el mundo exterior, encuentra motivos para canalizar sus intrínsecas angustias hacia los motivos que aporta esa realidad externa, mientras que si uno está atrapado dentro de sí mismo, la angustia anega nuestra personalidad, porque no encuentra maneras de ser narrada, canalizada, proyectada y combatida. El destino productivo de la angustia es ser convertida en energía con la que convertir la vida en una tarea que ha de consistir en mejorar el mundo, limar sus aristas objetivamente angustiantes. Es decir, que contamos con una fuente productora de angustia, que mana de nuestro interior, que ha de acoplarse a las fuentes objetivas de angustia (aunque, en realidad, cuando la angustia tiene objetos, deja de ser propiamente tal y pasa a ser miedo, culpa, tristeza, preocupación, inquietud…). Para Don Quijote, esa predisposición que, encerrada en su intimidad, habría de resultar angustiosa, al salir al exterior se convirtió en necesidad de “realizar grandes hazañas”. Ahí encajaría, más o menos, eso que citas, Vicente, de Montaigne, según lo cual “los pobres, los desterrados y los siervos viven alegremente”: es que están apremiados a volcarse sobre lo que el mundo externo les exige, no tienen tiempo para encerrarse con su angustia en su interior.

 
     La bioquímica, salvo lesiones orgánicas, lo que hace es acomodarse  a los mandatos del alma. Es la tristeza la que remueve nuestras sinapsis, no al revés. Y el medio ambiente es el campo en el que nuestras angustias encuentran modo de narrarse y dramatizarse. Sin entorno, sin mundo exterior, nuestra angustia está abocada a ser angustia ante la nada. Solo a partir de aquí tienen cabida los existencialistas. Citas a Heidegger: "La angustia coloca al hombre ante la nada y lo obliga a enfrentarse a su finitud". Yo me atrevo a corregir o matizar: la angustia coloca al hombre clausurado dentro de sí mismo ante la nada, pero al hombre volcado sobre el mundo lo coloca ante su tarea vital, la que ha de servirle para dar un destino a su angustia, para, como decía Kierkegaard, llevarle a aterrizar sus ansias infinitas en el mundo finito. Y recojo también, precisamente, tu cita de Kierkegaard: "Tanto más perfecto será el hombre cuanto mayor sea la profundidad de su angustia. Esto no debe entenderse en el sentido de una angustia por algo exterior, por algo que está fuera del hombre, sino de tal manera que el hombre mismo sea la fuente de la angustia". Con Kierkegaard, como me ocurre con la mayoría de los filósofos (exceptúo a Ortega y a pocos más, que se explican maravillosamente bien) tengo la impresión de que tiende a quedarse a medias, de que tal y como deja dichas las cosas, sobre todo cuando son del calibre que tienen las cosas que dice, les falta algo para ser suficientemente entendibles. En principio, suscribiría todo lo que dice en esa cita; pero le falta decir (aunque, más o menos, viene a decirlo en otras ocasiones) que esa angustia endógena busca acoplarse a motivos angustiantes exógenos. Y sí, cuanto mayor sea la profundidad de la angustia que siente el hombre, mayor será su propensión a hacer cosas en el mundo para contrarrestarla… aunque también será mayor su proclividad al desorden mental si su superávit de angustia excede de lo que su mundo, el mundo tal y como él lo entiende, puede recoger y encauzar.

     Acepto que la idea de que venir al mundo sea una caída es equívoca y puede producir distorsiones en la manera de situarnos ante la vida. Sí creo que Platón y el pensamiento griego en general (no Aristóteles) se situaron en esa perspectiva. Sus epígonos, Plotino por ejemplo, también. Y en general, todo el racionalismo, cuya peor desembocadura (como dejaré explícito en la entrada siguiente, que colgaré acto seguido de esta) es el utopismo, que en síntesis consiste en tratar de suplantar el mundo real por el mundo (supuestamente) perfecto que han imaginado sus introvertidas mentes y que siempre remiten a un idílico pasado que alguien, perversa y también supuestamente, nos arrebató.

     Me hace sonreír la cita que haces de Freud. Le conozco y reconozco, no demasiado, pero sí lo suficiente para saber de qué pie cojea. La cita es esta: "Cuando nos preguntamos por el sentido y el valor de la vida, nos ponemos enfermos porque ni el uno ni el otro existen objetivamente”. Son recurrentes sus esfuerzos para remitir todo lo superior a lo inferior (por ejemplo: el arte es, según él, una sublimación de nuestras pulsiones sexuales infantiles, esto es, desviadas, pregenitales). Buscar el sentido de la vida es para él, asimismo, una perversión, el síntoma de una enfermedad; lo natural, claro, es vivir sin más, subordinarse a lo que hay, a lo que objetivamente hay, y lo otro, lo que no hay y, por tanto, pertenece a la esfera espiritual, conduce hacia la aberración. Menos mal que otras mentes incluso más preclaras que la suya, como la de Jung, entienden (y nos ayudan a entender) que lo que hay es solo un punto de partida, pero que estamos destinados a elevarnos hacia lo que nos falta (lo que solo existe como sustancia espiritual); y eso no es una desviación del camino: es el camino.

     Respecto a esa consigna que nos llega sobre todo de Oriente, y que tanto te seduce, de tratar de vivir en el presente, incluso de que, como, según citas, decía Crisipo: “Solo existe el presente”, añadiré el complemento de esta otra cita de María Zambrano: “El conocimiento de cualquier género de realidad que sea requiere su horizonte adecuado (…) Y cuando no lo hay, sucede que se vive, en lo que hace a esa realidad, como en sueños (…) Si este horizonte cayera destruido de repente nos encontraríamos que lo que estábamos mirando en este momento, por insignificante que fuese, se convertiría en algo terrible, en algo que no nos permitiría ni movernos; seríamos presa del terror de su presencia”. En suma, si solo tuviéramos el presente, ¿qué haríamos con nuestra angustia congénita? ¿Cómo la dramatizaríamos y la convertiríamos en energía actuante? No sería posible, porque en el presente absoluto no hay movimiento, no hay acción, no hay metas, maneras de dirigirse hacia sitio alguno en el que nuestras angustias encontrasen reparación (sitio, efectivamente, que nunca alcanzaremos del todo). Sujeto y objeto coincidirían. Y por tanto, sin ese horizonte que nos empuja hacia el futuro, incluso lo más “insignificante (…) se convertiría en algo terrible”, como dice Zambrano. Quedaríamos atrapados con nuestra angustia. “Sólo tras de haberse  señalado un fin lejano –dice también Zambrano– aparecen las finalidades inmediatas. Esa lejana luz es claridad que recae sobre las circunstancias inmediatas y las ordena, las hace cobrar sentido”.

     Todo esto, en fin, sería contexto suficiente para entender que Ortega dijera: “Tal vez, andando el tiempo, se diga con verdad que la realidad histórica más profunda de nuestros días, en parangón con la cual todo el resto es sólo anécdota, consista en la iniciación de un gigantesco enfrentamiento entre Occidente y Oriente”.