lunes, 12 de enero de 2015

Los nuevos bárbaros ya están aquí


Es ya opinión generalizada entre los historiadores considerar que la caída del Imperio romano no aconteció primariamente a causa de las invasiones bárbaras. Un mal previo y más profundo preparó la catástrofe, que podríamos enunciar diciendo que consistía en un estado de desidia y abatimiento de los propios ciudadanos romanos, que habían renunciado a defender su sociedad, no por otra razón, en última instancia, que porque se creían demasiado seguros. Dice Ortega precisamente que “todo lo valioso que el hombre ha hecho lo ha hecho porque se ha sentido perdido y como sin remedio, y viceversa, todas sus desgracias y desastres vinieron siempre de que un día se creyó demasiado seguro”. Así que aquellos romanos, antes de ser invadidos, habían renunciado a defenderse; la invasión fue, pues, algo secundario y sobrevenido a posteriori. El historiador Pierre Grimal lo confirma: “Los romanos, como suele acontecer, habían ido olvidando poco a poco el oficio de las armas. La prosperidad material del “siglo de oro” es en buena parte responsable de tal desafección. Cuando es posible comerciar, enriquecerse, vivir en la paz y el bienestar, ¿quién escogería la precaria existencia de los soldados?”. Cioran añade nuevos matices a esta idea: “Los romanos no desaparecieron de la superficie de la tierra a causa de las invasiones bárbaras, ni del virus cristiano; un virus mucho más sutil les resultó fatal: Una vez ociosos, tuvieron que afrontar el tiempo vacío (...) La temporalidad huera caracteriza el aburrimiento. La aurora conoce ideales; el crepúsculo solamente ideas, y en lugar de pasiones, la necesidad de diversión (…) Un pueblo colmado sucumbe víctima del tedio, como un individuo que ha ‘vivido’ y que ‘sabe’ demasiado”. En conclusión, y dado que la naturaleza no soporta el vacío, lo que los bárbaros hicieron al invadir el Imperio fue, precisamente, ir a cubrir el vacío que el desistimiento de los romanos había dejado.

 
En Europa, hoy, también nos sentimos demasiado seguros. Y en España, no digamos. Seguros de que, en lo esencial, nada va a perturbar nuestro modo de vida. Como ejemplo o síntoma podríamos poner la irrelevancia que ha tenido la noticia de que, en diciembre, el juez Pablo Ruz ha procesado a 15 presuntos yihadistas que formaban una célula en Madrid dedicada a reclutar a musulmanes para integrarse en el Estado islámico y combatir en Siria, liderados por Lachen Ikassrien, ex preso de Guantánamo. En el auto de procesamiento, previo a la apertura de juicio, Ruz imputa un delito de integración en organización terrorista a estas 15 personas, nueve de las cuales -cinco marroquíes, dos españoles, un búlgaro y un argentino- fueron detenidas el pasado junio; los seis restantes están en busca y captura y al menos dos de ellos viajaron presuntamente a Siria para enrolarse en el grupo de Al Qaeda ISIL (Estado Islámico de Irak y Levante). Se les acusa de haber captado mediante la célula llamada Brigada Al-Andalus, al menos, a nueve radicales desde Marruecos y España para luchar en países como Siria e Irak. Según el juez, los procesados formaban parte de una célula establecida en Madrid que se dedicaba a "labores de captación, radicalización y posterior envío de muyahidines para realizar acciones terroristas a zonas de conflicto armado, todo ello con el objetivo principal de la instauración de la UMMA (Nación Islámica Universal) mediante la yihad islámica o guerra santa, siguiendo las directrices marcadas por los dirigentes de Al Qaeda". A los radicales los captaban, entre otros lugares, en la mezquita de la M-30. Por otro lado, uno de los procesados que se cree que se trasladó a Siria, Hicham Chentouf, estuvo realizando labores de imam en la mezquita de Yunquera de Henares (Guadalajara) y fue recomendado para ese puesto desde la mezquita de la M-30.

Una noticia así, parecería que los españoles la hemos considerado ubicable en un recuadro no muy destacado de la sección de “Internacional” de la prensa, como si no fuera con nosotros. Y sin embargo, el contexto de la noticia es que, tanto en España como en el resto de Europa hemos alojado a una numerosísima población musulmana que muy mayoritariamente se confina en guetos voluntarios, que sus miembros no quieren en absoluto incorporar o adaptarse a los valores y al modo de vida de las sociedades que les han acogido, y que, como demuestran las encuestas, son en gran número explícitamente hostiles a la civilización occidental y, correlativamente, simpatizantes de los grupos integristas. Más datos del contexto: los ámbitos en los que los integristas realizan sus labores de captación son las mezquitas, construidas de modo fundamental –y de modo fundamentalista– con financiación de Arabia Saudí, un país declaradamente integrista. Y otro dato más, bastante relevante para los españoles: sus ideólogos consideran que el estado español es un estado usurpador, puesto que para ellos España es Al-Ándalus, y entre sus prioridades dentro del proyecto que conduce a la instalación del Estado Islámico universal está la de recuperar España para el Islam. En ese caldo de cultivo, que aparezca una célula terrorista en nuestro país no debería ser considerado como algo abstracto, marginal o anecdótico.

Deberíamos de sentirnos inseguros. Y aún más, alarmados. Incluso deberíamos de dejar de arrinconar intelectual y socialmente a quienes ya nos sentimos alarmados emitiendo ese extemporáneo, injusto y ofensivo juicio de valor que a ojos de muchos nos presenta como racistas. El problema a corto y medio plazo no tiene más solución que la policial. A largo plazo, o les exigimos, a través de la educación y del control inmigratorio, adaptarse a los valores desde los cuales les acogemos… o acabarán venciendo.