domingo, 8 de febrero de 2015

Podemos: de nuevo el (viejo) comunismo

     Juan Carlos Monedero, número tres de Podemos, un partido que, de seguir la progresión que ha tenido hasta ahora, tiene serias posibilidades de ser el partido ganador de las próximas elecciones generales en España, escribió en 2006 un libro para el Gobierno venezolano de Hugo Chávez bajo el título “Empresas de Producción Social. Instrumento para el socialismo del siglo XXI” en el que expresamente se dice: “El triunfo de la Revolución Soviética en 1917 entregó al mundo un faro de referencia para el socialismo”. En realidad, han sido múltiples y frecuentes las referencias de los líderes de Podemos a su adscripción ideológica al marxismo-leninismo. Así que resulta especialmente procedente intentar profundizar en el significado de algo así, esto es, de que exista la posibilidad de que en España lleguemos a ser gobernados por un partido que, a pesar de los camuflajes con los que evidentemente despista a buena parte del electorado (y quizás, también, de su militancia), es declaradamente comunista y tiene a Lenin y a la Revolución Soviética como referencias ideológicas fundamentales.



     En 1997 se publicó en Francia el “Libro negro del comunismo”. Este libro fue escrito por profesores universitarios y experimentados investigadores europeos, y editado por Stéphane Courtois, director de investigaciones del Centre National de la Recherche Scientifique, la mayor y más prestigiosa organización pública de investigación de Francia. En España fue editado sucesivamente por Espasa Calpe y Ediciones B. Curiosamente, la mayor parte de sus autores se proclaman de izquierdas. Entre otras fuentes, el libro se basa en los archivos actualmente desclasificados de la KGB soviética. En él se afirma de manera concluyente que “...el comunismo real (...) puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir, en momentos de paroxismo, el terror como forma de gobierno”. Esa represión sistemática y ese terror como forma de gobierno fueron causantes de un número de muertes que, según estimaciones realizadas con suficiente minuciosidad, los autores del libro calculan que “...se acerca a la cifra de cien millones”. Los países con más muertes provocadas de esta manera son la República Popular China, con sesenta y cinco millones, y la Unión Soviética, con veinte millones. Libros recientes han aumentado este cálculo del número de muertes en estos dos países.

     El terror no es resultado de una desviación de los fines del comunismo, sino algo intrínsecamente ligado a su doctrina. Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, el dirigente comunista que encabezó la Revolución Soviética, dejó escrito que “si para llegar a nuestros fines debemos eliminar el 80% de la población, no vacilaremos un solo instante”. Como característica asimismo resaltable de todos los regímenes habidos que se han considerado comunistas, el totalitarismo ha resultado ser la fórmula de gobierno escogida por todos ellos. Y los que de forma sucedánea se acogen, y es el caso de Venezuela, a denominaciones como la de “bolivarianismo”, pero que no dejan de situarse en la estela del comunismo, han demostrado también una irreprimible vocación que les impulsa a hacer que el estado (que es tanto como decir el gobierno que ellos encarnan) ocupe todas las parcelas de la vida económica y social, y a suprimir asimismo todas las posibles opciones de recambio democrático.

     ¿En qué consiste el comunismo? En lo esencial, se trata de una doctrina política que, aplicada a la práctica, pretende sustituir la iniciativa y la propiedad privadas, que considera perversamente sustentadas en el egoísmo y que conducen a injustas diferencias sociales, por la planificación y la propiedad estatales, que supuestamente suprimirían el egoísmo en las interacciones sociales y productivas y racionalizarían la producción de bienes al eliminar esas motivaciones perversas y generadoras de desigualdades. Como dice Juan Carlos Monedero en el libro citado: “El socialismo es incompatible con la propiedad privada de los medios de producción”.

      En la práctica, el comunismo ha supuesto una catástrofe económica, política y social en todos los países en los que se ha implantado. El primero de ellos fue Rusia, en donde los bolcheviques comunistas llegaron al poder en  1917 y desde entonces pusieron en práctica sus planes revolucionarios. Rusia era en aquellas fechas un país muy mayoritariamente agrícola: según el censo de 1897, el único de la época zarista, el 84,2% de la población era campesina. Así que, para cumplir con sus objetivos, la tarea económica principal que los comunistas tenían por delante en Rusia era la transformación del campo; en lo fundamental, pasar de la pequeña propiedad a la colectivización o propiedad estatal.

     Para un comunista la realidad es algo así como la sedimentación de una historia de injusticias sociales que es preciso cambiar. Viene a ser para él esa realidad una abstracción, el campo de juego de unas leyes históricas que inexorablemente han de conducir a lo que su verdad revolucionaria tiene previsto. El conflicto entre la realidad y la verdad revolucionaria ha de decantarse, cueste lo que cueste, a favor de esta. Así que Lenin, cuando afrontó la tarea de estatalización de la agricultura, sabía que la “realidad” de los campesinos, apegados a su pequeña propiedad, se le iba a poner en contra, y que la represión de los mismos tendría que ser inevitable. Sería la ocasión de poner en práctica aquella premisa inequívoca citada: “Si para llegar a nuestros fines debemos eliminar el 80% de la población, no vacilaremos un solo instante”. Todo debía de ser subordinado a la verdad revolucionaria. Era necesario, pues, poner en marcha un plan de ingeniería social que condujera a la colectivización agraria, cosa que Lenin trató de llevar a cabo en 1922, con ocasión de lo cual arengó a sus seguidores diciéndoles: “Colgad al menos a cien kulaks. Ejecutad a los rehenes. Hacedlo de tal manera que los que estén a cien kilómetros a la redonda lo vean y tiemblen”. Los kulaks eran los campesinos cuyas propiedades les permitían contratar trabajadores. Se masacró no a cien, sino a cientos de miles de campesinos. El resultado no fue el previsto y se provocaron enormes hambrunas.

     Así que Lenin no logró cumplir sus objetivos, por lo que su sucesor, Josip Stalin tuvo que retomar, con ímpetu renovado, la tarea. La colectivización, es decir, la entrega de las propiedades al Estado, debía de afectar tanto a las tierras como a las cosechas, el ganado y la maquinaria. De esta forma, en vez de dejar que la agricultura se rigiese por la ley de la oferta y la demanda, sería el Estado el que pasaría a planificar tanto la producción como la distribución de lo producido; y el Estado decidió que lo producido debería pasar a alimentar casi gratuitamente a las ciudades y al ejército; también debía servir para exportar los productos agrícolas y reducir la deuda externa y, asimismo, para poder comprar bienes que favoreciesen la industrialización acelerada que se pretendía hacer en la Unión Soviética.

     Hubo numerosas protestas de los campesinos que el gobierno sofocó enviando al Ejército Rojo. La represión y las hambrunas provocadas entonces fueron de una dimensión inconmensurable, especialmente en Ucrania, que era considerada “el granero de Europa”, y en Kazajistán.  La colectivización forzada y la deskulakización provocaron el empeoramiento y la desorganización del ciclo productivo, lo que añadido al aumento de las cuotas de alimentos que debían entregarse, se estima que, como consecuencia de ello, seis o siete millones de personas murieron de hambre, privadas de la misma comida que habían sembrado con sus manos o extraído de su ganado. A mediados de 1932, casi el 75% de las granjas de Ucrania habían sido colectivizadas a la fuerza. Stalin ordenó sistemáticamente aumentos en las cuotas de producción de alimentos; era una exigencia del Primer Plan Quinquenal (1928-1932) que había que cumplir. Los agricultores, efectivamente, debían entregar cuotas obligatorias de alimentos, y por orden directa de Stalin esas cuotas se incrementaron drásticamente en agosto, octubre y enero de 1933, hasta que simplemente dejó de haber comida para alimentar a la población de Ucrania. La cosecha de trigo de 1933 se vendió, sin embargo, en Occidente a precios por debajo del mercado para agotarla (el dumping fue de 1,7 millones de toneladas de granos). Se calcula que la cosecha de 1933  podría haber alimentado durante dos años a la población de Ucrania.



     Tropas de la policía soviética llegaron, pues, a Ucrania y fueron casa por casa requisando cualquier alimento almacenado, y dejando a las familias de los agricultores sin un alimento que llevarse a la boca (en internet hay vídeos espeluznantes con docenas de testimonios de aquella barbarie: http://www.holodomorsurvivors.ca/Survivors.html . Si alguien se atreviera a negar que esto ocurrió, debería primero verlos y oírlos). Aquella comida estaba considerada como “sagrada” propiedad del Estado. El 7 de agosto de 1932 entró en vigor la ley sobre el robo y dilapidación de la propiedad social”  (más conocida por "ley de las cinco espigas"), que incluía penas de hasta 10 años de condena en campos de trabajo forzados (gulags). Cualquiera que fuera sorprendido robando aquellos bienes estatales, incluso una mazorca de maíz o de rastrojo de trigo, no solo era encarcelado, sino que muchas veces era fusilado. El hambre se extendió rápidamente por Ucrania y el resto de las regiones afectadas; los más vulnerables, los niños y los ancianos, fueron los primeros en sentir los efectos de la desnutrición. El canibalismo (salchichas de carne humana) se convirtió en una práctica habitual en algunas zonas aisladas donde ningún otro alimento estaba disponible (¡atentos a los testimonios citados!). En muchas áreas no había ningún animal: no solo ovejas, cabras, caballos o alguna clase de ganado; tampoco había perros, ni gatos, ni ratas, ni pájaros... Todos fueron sacrificados y comidos por la población hambrienta. En el punto álgido de la hambruna, en 1933, los aldeanos ucranianos murieron a un ritmo de 17 por minuto, 1.000 por hora, 25.000 por día. Desde los países de Europa occidental y EEUU, los emigrantes ucranianos respondieron enviando cargamentos de comida. La ayuda fue requisada por las autoridades soviéticas. A finales de 1933, casi el 25 por ciento de la población de Ucrania, incluyendo millones de niños, había perecido.
     Otro de los regímenes comunistas que resulta especialmente entrañable para los dirigentes de Podemos es el de Cuba. Efectivamente, Juan Carlos Monedero, en el mismo libro que venimos citando, escribe: “El caso de Cuba, pese a todos los intentos de estigmatizarla, permanece como  estandarte de la dignidad del continente latinoamericano en pos de la construcción de nuestra América”.

     Los comunistas, a la hora de llevar a la práctica su revolución en Cuba, fueron fieles a las doctrinas de Lenin y Stalin. Efectivamente, y siguiendo las mismas consignas represivas que vimos que Lenin enunció, el Ché Guevara decía en 1960, un año después del triunfo de la revolución: “¿Fusilamientos? Sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte”. Y refiriéndose al “camarada Stalin”, dijo también: “He jurado ante una estampa del viejo (…) no descansar hasta haber aniquilado a estos pulpos capitalistas”. También expresaba sus teorías al respecto cuando decía: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”. (No es de extrañar que, pensando de esta manera, el Ché fuera partidario de haber llevado la crisis de los misiles de 1962 hasta el final, es decir, haber llegado hasta la guerra nuclear con Estados Unidos. Ese, el Ché, el gran icono de todo progre o aprendiz de transgresor que se precie). Partiendo de todas estas premisas, se entiende que las víctimas mortales de la represión comunista en Cuba y otros países hispanoamericanos fueran de 150.000 personas, según el registro efectuado por los autores del “Libro negro del comunismo”, lo que, considerando que en 1959 Cuba tenía 6.000.500 habitantes, no es una proporción escasa. A ello hay que añadir que en los 55 años que lleva durando la revolución en Cuba han emigrado dos millones de personas, el 20 por ciento de la población actual.


     ¿Cómo se implementaron los planes colectivizadores de los revolucionarios cubanos? En el momento en que subieron al poder, en Cuba existían 1.800.00 viviendas, 38.384 fábricas, 65.872 comercios y 150.958 establecimientos agrícolas. Todo eso fue estatalizado sin compensación real. A propósito, y sirva de ejemplo, según la Sociedad 1898 constituida en Madrid para defender los intereses de los españoles perjudicados en la Isla –eran dueños de una buena parte del comercio minorista–, solo a las 3.000 familias españolas que tenían propiedades en Cuba y que han logrado localizar, les deben unos 8.000 millones de dólares, a valor del dólar actual. El efecto de estas expropiaciones fue equivalente al de la colectivización soviética del campo: provocó el súbito empobrecimiento de la sociedad cubana. Cuba pasó de los primeros lugares de desarrollo en América Latina a los últimos, contradiciendo lo que Juan Carlos Monedero  dice que ocurre cuando llega la revolución: “En la medida en que los grandes medios de producción (hidrocarburos, minería, tierra, etc.) –dice, en efecto, en el libro de marras– pasen a ser propiedad de todo el pueblo, se sentarán las bases para el desarrollo económico integral del país y la construcción de una nueva sociedad sin oprimidos ni opresores”.

     Todas estas son las fuentes en las que beben los que pueden llegar a gobernar España a partir de las próximas elecciones generales. El comunismo no ha funcionado bien nunca, y en los intentos de aplicación que ha llevado a cabo, ha dejado un rastro de millones de muertos y de países arruinados por el camino. Y todo ello porque supuestamente quiere suprimir las injusticias generadas por el sistema capitalista, Pero ¿qué es el capitalismo? ¿Por qué resulta tan odioso? Pues a estas alturas contamos con estadísticas suficientes como para saber que en los últimos 250 años, en el Occidente capitalista, el Producto Interior Bruto ha crecido a un ritmo de un dos por ciento anual. Es decir, que donde al comienzo de esa estadística había una alubia, ahora hay 500 (también ha crecido la población, claro). Y así con todo. Las sociedades del Occidente capitalista, a pesar de todas sus imperfecciones, han alcanzado un grado de riqueza, de avance científico, de creación artística, de desarrollo de la medicina y de la solidaridad con el prójimo como nunca, ni de lejos, en la historia. Y es un sistema que ha demostrado su capacidad de corrección sobre aquellas imperfecciones y de consiguiente evolución en lo que a ellas se refiere. De esto es de lo que pretende “salvarnos” Podemos para conducirnos a “paraísos” como el de la Unión Soviética o Cuba. Podemos no es expresión del impulso regenerador de una sociedad deteriorada, corrupta y extraviada; por el contrario, viene a significar la culminación, la máxima expresión de ese extravío. Que muchas personas piensen en votarlos por desinformación es una negligencia en los tiempos de internet. Y de los que les votarán a pesar de estar informados, ¿resulta excesivo decir que son unos insensatos?