lunes, 20 de abril de 2015

Cómo la angustia da forma al cuerpo y al carácter

     Venimos del miedo. Todo lo demás ha llegado después. “El miedo, en efecto –decía Nietzsche–, ese es el sentimiento básico y hereditario del hombre; por el miedo se explican todas las cosas, el pecado original y la virtud original”. Y Thomas Hobbes, el primer filósofo empirista, llegó a afirmar que “el miedo y yo nacimos gemelos”, y que en el origen, antes de que los hombres inventaran el estado,  los hombres vivían en “un temor constante y en peligro de muerte violenta”. “Miedo” es en realidad una forma elaborada de algo aún más primario: la angustia; para sentir miedo, necesitamos un motivo, para sentir angustia, no.

    La angustia es un sentimiento esencialmente ligado a la vida: esta consiste, como dice Ortega, en lo que hacemos y lo que nos pasa; pues bien, lo que hacemos es el conjunto de tareas que dedicamos a sobreponernos al sentimiento de angustia original. Albert Einstein decía más exactamente: “La vida no tiene otro sentido sino el de superar la inquietud fundamental, germen de angustia”. Y el psicoanalista Paul Diel: “La inquietud angustiada es el motor de la evolución en su forma psíquica”. Pero también la angustia es un sentimiento que está ligado a la muerte, puesto que nos avisa de que esta está al acecho, y sentirla es en realidad una especie de anticipo de la muerte. Philipe Brenot, en su ensayo “El genio y la locura”, se manifiesta consciente de este doble movimiento que genera la angustia cuando dice: “Qué profunda paradoja: esa angustia que permite crear y, precisamente por eso, existir, conduce igualmente a la muerte y al borde del abismo”. Soren Kierkegaard, siendo consciente de aquella faceta de la angustia que la ponía de parte de la vida, proclamaba también que “la angustia, sin embargo, no es hermosa por sí misma, sino solamente cuando aparece acompañada por la energía que sabe dominarla”

     La angustia es un sentimiento que no es posible traducir propiamente a lenguaje expresivo, a términos verbales, porque no está referida a ninguna causa concreta. El miedo supone ya una traslación de aquel sentimiento primario a este ámbito de las causas concretas, es decir, de las amenazas verificables. Nuestros miedos tienen una larga trayectoria filogenética, y en este sentido vienen a ser, sobre todo, herederos de aquel miedo atávico que nuestros antepasados sentían ante el ataque inminente de un depredador, frente al cual preparaban al organismo para una respuesta que tanto podía llevar al ataque como a la huida. En tales ocasiones, el organismo humano se predispone para poder realizar esa respuesta de la manera más efectiva: para empezar, la adrenalina que producen las glándulas suprarrenales se vierte en la sangre haciendo que, por un lado, se contraigan los vasos sanguíneos, de modo que la sangre puede circular más deprisa y afluir rápidamente hacia las partes del organismo que más la necesitan en esos momentos: las zonas musculares y el cerebro; aumenta, por tanto, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial. Por otro lado, la adrenalina hace también que se dilaten los conductos de aire para de esa manera acoger una ración extra de oxígeno con la que producir el suplemento de energía que se va a necesitar. Las mismas glándulas suprarrenales, en esas situaciones en las que el organismo se dispone a dar la respuesta de ataque o de huida, segregan corticoides, unas hormonas que tienen la función de atenuar las respuestas del organismo a los efectos de la inflamación que puedan ocasionar las heridas, así como la de mantener, a pesar del desgaste por la lucha, la concentración de azúcar en la sangre, la presión arterial y la fuerza muscular. Asimismo, el páncreas produce glucagón, una hormona que libera en los vasos sanguíneos el azúcar que estaba almacenado en el hígado y en los músculos, provocando de esa forma un aumento casi inmediato de la glucemia, con el objeto de elevar el tono del organismo. Además, y puesto que el estómago necesita liberar urgentemente todos sus contenidos para que la actividad del organismo se centre exclusivamente en la tarea de responder a la amenaza que ha sobrevenido, se produce una gran secreción de jugos gástricos. Por otro lado, y con objeto de proteger la cabeza, especialmente la nuca, que es la parte de la anatomía que resulta más vulnerable, sobre todo si el ataque llega por detrás, los hombros se alzan y se encoge el cuello.


Ilustración: Samuel Martínez Ortiz

     ¿Pero qué pasa si la sensación de amenaza persiste en el tiempo? Inevitablemente ocurrirá que esas respuestas que el organismo tiene previstas para pasajeras situaciones de emergencia tenderán a cronificarse. Entonces, lo que estaba destinado a defender al organismo acabará desbordando las posibilidades de este y derivando hacia peligrosas anomalías. De esta manera, la sobreproducción de adrenalina provocará una hipertensión permanente que acabará formando grietas y fisuras en los vasos sanguíneos y produciendo el síncope vascular; también aparecerán taquicardias y problemas respiratorios. Por otro lado, el exceso de corticoides en el organismo conducirá hacia la desmineralización ósea, es decir, la osteoporosis. La hiperglucemia que el organismo previó para coyunturales situaciones estresantes, cuando se cronifica, puede llevar a la enfermedad diabética, a la disminución de la resistencia a las infecciones y a disfunciones multiorgánicas.  Si, además, los jugos gástricos se siguen produciendo por encima de lo conveniente, la hiperacidez acabará provocando lesiones irreversibles en el aparato digestivo que concluyen en la úlcera duodenal o diversas formas de colitis. Asimismo, aquella necesidad de vaciar con urgencia los contenidos digestivos para que el organismo se dedique exclusivamente a preparar respuestas de ataque/huida puede derivar, si estas se prolongan, hacia la enfermedad del colon irritable. Y en fin, las actitudes corporales que estaban previstas para situaciones de amenaza física, por ejemplo, la elevación de los hombros o la tensión muscular general, derivarán hacia contracciones musculares permanentes que serán causa de graves disfunciones en los hombros, la espalda, dolores de cabeza o fatiga muscular.

     Pero aún más: si aquel peligro frente al cual el organismo previó todas estas respuestas llegase a sentirse como ineludible, como algo de lo que no es posible escapar, la respuesta de miedo adquirirá nuevos matices, de manera que, por ejemplo, la tensión muscular puede devenir en parálisis y temblores y la respiración se detendrá en actitudes inspiratorias. Al complejo de disposiciones musculares y de dificultades respiratorias producidas en este contexto se refería Wilhelm Reich con el nombre de coraza muscular. De esta manera, el añadir a la sensación de amenaza permanente el ingrediente de que esta se sienta como irresoluble, acaba produciendo parálisis nerviosas o torpeza en los movimientos, y las disfunciones en la respiración producidas por la incapacidad de espirar suficientemente producirán asma, tartamudeo o alteraciones en la emisión de sonidos, por ejemplo, la imposibilidad de gritar o llorar. Esta situación es frecuentemente dramatizada en aquellas pesadillas en las que los pies no responden a la hora de intentar huir de algo amenazante, y tampoco es posible emitir gritos para pedir ayuda. Algo semejante a esto sintió el pintor Edvard Munch, quien explicando la situación que dio origen a su famoso cuadro “El grito”, cuenta de esta forma cómo le sobrevino el ataque de angustia con el que todo empezó: “Paseaba por un sendero con dos amigos. El sol se puso de repente y el cielo se tiñó de rojo sangre. Me detuve y me apoyé en una valla, muerto de cansancio. Sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad, Mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad. Sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza…”. En el cuadro, Munch, en el contexto de formas fluidas o gelatinosas del ambiente, que denotan falta de estabilidad, pinta a su angustiado protagonista con las piernas torcidas, como si estuviera a punto de caerse. El grito tiene toda la pinta de ser un grito interrumpido, como queda explícito en otro cuadro de Munch posterior a este, en el que el ser angustiado de su primer cuadro es sustituido por una mujer que se lleva las manos al cuello, como expresando ahogo en la garganta, es decir, imposibilidad de emitir sonidos.
     Así pues, hay una conexión directa entre aquellas respuestas de preparación de ataque/huida que preveía el organismo de nuestros antepasados, expuestos a la amenaza de los depredadores, y las que derivan de las nuevas amenazas, no por más sutiles menos intensas, que siente el hombre moderno. Otro precedente que añadir al intento de comprender nuestras angustias y las respuestas más o menos distorsionantes que ante los nuevos e inminentes peligros emitimos es el que señala a nuestra propia infancia. La vulnerabilidad del niño, especialmente antes de cumplir los cinco años, le predispone a sufrir más fácilmente sensaciones de amenaza y, si el entorno es desfavorable, a prolongar esas sensaciones o a sentirlas como algo de lo que no es posible escapar. De esta forma, se cronificarían ya desde la infancia los tipos de respuesta que hemos ido señalando, los cuales servirían de anclaje a la estructura corporal de la persona en el futuro. Esta persona, ya adulta, encontraría en aquellas infantiles respuestas de alarma una pauta sobre la que discurrir, de manera que, condicionada por aquellos anclajes, tenderá a ver las mismas clases de peligros, incluso donde objetivamente no deberían ser percibidos de esa manera por una persona adulta.

     Wilhelm Reich aludía también a la formación de una coraza caracterial que discurriría en paralelo con aquella otra coraza muscular a la que nos hemos referido. El carácter y los modos de respuesta del organismo vendrían a ser dos capas diferentes de una misma personalidad que, cada una con su lenguaje, darían expresión a un mismo significado en última instancia. Por ejemplo, explica Reich la manera en que el organismo emite una perentoria respuesta antes de quedar inmovilizado por la amenaza ineludible, que consiste en mover el cuerpo en sentido lateral, igual que hacen los gusanos a los que se les impide avanzar (Reich considera que el organismo humano sigue conservando en lo esencial el tipo de motricidad que caracteriza a las formas orgánicas más simples, como la de los gusanos). Dice Reich concretamente: “Cuando una corriente plasmática no puede circular a lo largo del cuerpo por impedírselo los bloqueos (…), se desarrolla un movimiento transversal que, secundariamente, en lenguaje verbal, significa una negación”. Que para decir “no” con el cuerpo lo hagamos moviendo lateralmente la cabeza no es casual: sería el mismo gesto perentorio que encargaríamos hacer a nuestro cuerpo para hacer un último intento de rechazar al atacante del que no podemos desembarazarnos. Por el contrario, cuando la energía fluye y el organismo se expresa positivamente, hacemos lo que el gusano al avanzar: movemos afirmativamente la cabeza de arriba hacia abajo en sentido longitudinal. Esas formas de responder anclan también en el carácter al cronificarse, de modo que la persona que se siente amenazada de la manera referida emite una respuesta de negatividad generalizada como modo de estar en el mundo. “Cuando el funcionamiento (del organismo) se inhibe –concluye Reich– (…) se convierte en un automático ‘No, no quiero’”. El negativismo, la protesta, la actitud contestataria, acaban impregnando el carácter y trasladándose a la manera de entender la vida en sus diferentes vertientes.

     A la vista de todo lo precedente, ¿habremos de considerar que la angustia es un sentimiento a suprimir? Evidentemente, no: es solo un sentimiento a superar. Y es que la angustia es el combustible de la vida, lo que, transformado en todo aquello que hacemos para sobreponernos a ella, da contenido a nuestros particulares y versátiles proyectos de vida. A las amenazas a nuestra integridad física deberemos seguir respondiendo según las mismas pautas que el organismo de nuestros antepasados utilizaba frente al ataque del depredador. Pero las amenazas que más importan al hombre moderno son más sutiles –aunque las respuestas que frente a ellas tiene preparadas nuestro organismo sean, para empezar, las mismas– y lo que ponen en riesgo es nuestra identidad, es decir, no nuestra integridad física sino metafísica, nuestra necesidad de ser alguien significativo, capaces de seguir siendo quienes necesitamos ser a pesar de los embates que contra nosotros articulan una y otra vez nuestras circunstancias. Se trata de cambiar, por tanto, la negatividad defensiva por la afirmación, por la entrega a un proyecto de vida positivo y reparador, para de esa manera conseguir disolver los bloqueos que tienen anclado nuestro cuerpo y nuestro organismo en actitudes previstas para enfrentar las amenazas.