domingo, 12 de julio de 2015

La inmortalidad y una duda hacia la que nos empuja José Mota

     Respecto de la intrigante, y quizás extravagante, hipótesis de la inmortalidad, o al menos de alguna forma de supervivencia después de la muerte, existe una interesante secuencia argumental que, en alguno de sus tramos al menos, propone Julián Marías y que, como suele ser habitual con él, obliga a detenerse y darle el relieve que merece. Podríamos dar comienzo a esa secuencia destacando la característica que tiene el hombre que, como el filósofo vallisoletano dice, le convierte en un ser futurizo (fue el mismo académico Marías quien introdujo esta palabra en el Diccionario de la RAE). Con ello se quiere decir que estamos volcados hacia posibilidades que nos abre el futuro; aún más, que vivimos en función de algo que no existe, en función de ilusiones que nos dinamizan hacia metas inciertas y que, de tener alguna consistencia, se refieren a algo que está por venir. En suma, que la realidad que somos está preñada de irrealidad. Pero esto no es solo una circunstancia más o menos aislable de nuestra personalidad, una característica entre otras; no, sino que lo que esto quiere decir es que la vida, toda ella, es una función de esa propensión hacia lo que no somos y nos falta ser. Somos gracias a eso que no somos (algo, por tanto, inaccesible a las ciencias de la naturaleza, que solo tienen en cuenta lo que evidentemente somos), gracias a que tenemos algo a lo que aspirar y sobre lo que estar ilusionados, algo que esperamos alcanzar y que trasciende nuestro presente. Y, salvo que caigamos en esa forma de renuncia a la vida que constituye la depresión, lo somos hasta el último instante de esa vida. Si no participáramos de esa tensión que tira de nosotros hacia adelante, hacia el futuro, la vida desaparecería, no tendría ninguna función que realizar, ningún hueco que venir a rellenar. Por tanto, la misma condición humana postula el más allá, puesto que si no lo hay, si no hay permanentemente un más allá tirando de nosotros, no hay vida. María Zambrano decía, precisamente: “Vivir, al menos humanamente, es transitar, estarse yendo hacia… siempre más allá”.

ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ

     Fijémonos a este propósito en el ejemplo que nos aporta la biografía de Cervantes. Nuestro emblemático escritor, cuando iba a morir, expresó que tenía plena conciencia de ello. Lo hizo en el prólogo a “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, cuya redacción terminó cuatro días antes de su muerte, justo cuando recibió los últimos sacramentos. Al día siguiente redactó la dedicatoria al conde de Lemos, que dice así: Puesto ya el pie en el estribo / Con las ansias de la muerte, / Gran señor, ésta te escribo. Ayer me dieron la Extremaunción, y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…”. Aún sigue escribiendo el 20 de abril, dos días antes de su muerte, en que dicta de un tirón el prólogo a “Los trabajos de Persiles y Segismunda”. Muere, efectivamente, el 22 de abril de 1616. Pero, como se ve, no renuncia a sus proyectos. Aún tenía pendientes otras novelas que había prometido escribir en sus prólogos y dedicatorias, así como la segunda parte de “La Galatea”. Sigue deseando escribir aun cuando sabe que ya no podrá hacerlo: “Llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…”, de vivir en función de sus proyectos, que nunca da por terminados. Mientras Cervantes vive, sigue proyectando, sigue mirando al futuro. Sabe quién es, y sigue queriendo serlo. El yo que siente ser le es irrenunciable. Incluso cuando la muerte se le avecina. Y ese yo que es incluye los proyectos, lo que todavía no es. Ese yo empuja hacia un futuro que trasciende de lo que la duración de la vida permite. Por eso, lo que somos postula el más allá, porque tenemos “yo” en la medida en que tenemos futuro, incluso cuando objetivamente ya no tengamos futuro.
     Y si ese más allá no existe, habría que concluir que somos una inmensa errata cósmica, un lapsus, un despiste de la Creación. Más aún, la Creación entera sería un despiste, porque toda ella participa de esa propensión hacia lo que todavía no es, y sobre la cual discurre la evolución del Universo.  Todo estaría moviéndose absurdamente en pos de un más allá (está claro que este tampoco es un lenguaje aceptable para la ciencia natural), un movimiento que tarde o temprano vendría a quedar interrumpido, confirmando el lapsus que tuvo el big bang al ponerse en marcha, al desoír el arrepentimiento, el no-corras-que-es-peor que salió en el mismo paquete de la explosión primigenia. ¿Es una posibilidad que sea el absurdo el último destino al que está abocado el universo y que no haya realmente nada que esperar al otro lado de ese absurdo? Por supuesto, es posible que, efectivamente, no haya nada que esperar. Ahora bien, como diría José Mota (y también Blaise Pascal): “¿Y si sí?”.
     Pero, ¿qué es lo que sobreviviría de nosotros caso de que hubiera un más allá de la muerte? Esta pregunta obliga, antes de responderla, a decidir sobre la cuestión de si somos un epifenómeno de nuestro cuerpo o el cuerpo es una circunstancia nuestra. De si pertenecemos a ese nuestro cuerpo o, por el contrario, nuestro cuerpo nos pertenece. De si, en fin, somos reducibles a nuestros componentes bioquímicos o estos son solo el soporte de nuestro yo. Hay razones poderosísimas que aportan las ciencias naturales en favor de la primera de estas hipótesis, y que les llevan a afirmar que la vida es solo una forma de organización de la materia con cierto grado de complejidad. Solo eso. Desaparece el cuerpo… y adiós, muy buenas. Y sin embargo, se han dado también experiencias que llevan a conclusiones contrarias a estas, aunque suelen ser rápidamente desechadas por los partidarias de la primera hipótesis, que parece mucho más sensata y atenida a hechos más cotidianos y evidentes. El caso es que no, que hay, precisamente, experiencias que la contradicen y que a estas alturas nadie con el instinto de la curiosidad y la atención despiertos puede negar si no es por negligencia o abandono en ambos atributos. La percepción extrasensorial, las experiencias post mortem relatadas por personas que han estado aparentemente muertas durante un tiempo y que, tras regresar, han relatado sucesos que obligaban a suponer que han salido de su “envoltura corporal”, por cuanto hablan de cosas que no podrían haber “visto” si no es de esa manera… todo esto obliga a relativizar las conclusiones de que solo somos lo que nos permite ser nuestro cuerpo, y que ese es nuestro límite.
     Y de existir el más allá, ¿de qué estaría hecho? Ahí está el tope al que nuestra filosófica tendencia a hacernos preguntas podría llegar. Las preguntas previas pueden tener alguna clase de respuesta más o menos verosímil, más o menos contradictoria, pero toda indagación filosófica auténtica es un camino que acaba no en forma de respuesta sino de pregunta. De pregunta irresoluble. Quizá entraríamos a formar parte de un “organismo” algo así como espiritual que recogería en su seno todas las formas que la Creación ha ido generando para caminar hacia el más allá, desde la más pequeña hormiga de los tiempos de los dinosaurios hasta el último hombre nacido. Unamuno le haría una pedorreta a esa posibilidad, desde luego, porque lo que le importaba (lo que importa) es que no desaparezca su ser individual, su conciencia de sí, su yo. Pero ¿dónde cabríamos tantos seres individuales, especialmente si al sobrecogedor margen del tiempo habido y por haber añadimos el espacio de unos cuantos miles de millones de planetas semejantes al nuestro, que habrán evolucionado seguramente también hacia formas de individualidad? ¡Vaya overbooking!
     En fin, que hay que tener afición a la filosofía para hacerse preguntas y más preguntas, hasta llegar a las que no tienen ninguna respuesta razonable. Yo no pienso, sin embargo, ir a mirármelo. Aún más, creo que quien se lo tiene que hacer mirar es quien renuncia a hacérselas. Porque ¿y si sí?