domingo, 19 de julio de 2015

La razón: un engaño necesario

     Nassim Nicholas Taleb, el inteligente creador de la teoría de los cisnes negros, en donde resalta la importancia de los sucesos altamente improbables, nos previene contra la tendencia a la generalización. Pone el irrebatible ejemplo del pavo que, después de observar la conducta de su dueño y criador, vive 364 días del año engañado por la generalización que hizo deduciendo de aquella que ese dueño tenía hacia él exclusivamente buenos sentimientos, puesto que cada día le daba de comer y le mimaba y protegía. El día 365, el de la víspera de Acción de Gracias o, en nuestro más estricto ámbito cultural, el día de Nochebuena, es aquel en el que el pavo sale bruscamente de su engaño un momento antes de que su dueño le corte el gaznate para preparar la comida especial del día siguiente. Peligrosa, en conclusión, esa tendencia a generalizar de la que este mismo pavo fue víctima: la sorpresa, muchas veces desagradable, acecha detrás abriendo paso a lo imprevisto y, a menudo, desagradable.


ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ


     Y sin embargo, no podemos dejar de hacer uso de la generalización. En eso consiste el razonar: en buscar alojamiento para los casos particulares en conceptos generales, de modo que el caos en que, para empezar, consiste el universo, se vaya convirtiendo en mundo ordenado y previsible. Gracias a nuestra facultad de razonar, no tenemos que improvisar una respuesta para cada nueva experiencia que se nos presente, sino que sabemos cómo hemos de tratar con ella porque contamos con el bagaje generalizador que nos aporta nuestra inteligencia y que en buena medida nos legó nuestra cultura. Y tan es así, que puede decir Ortega y Gasset: “La realidad no es dato, algo dado, regalado –sino que es construcción que el hombre hace con el material dado”. Gracias a la función generalizadora de la razón (a la construcción mental que llevo a cabo a partir de lo que observo), consigo saber, por ejemplo, que eso que tengo ante mí es una silla, aunque nunca antes la hubiera visto, puesto que cuento con el concepto que surge de la experiencia repetida con otras sillas similares.
     Averiguar cuál es la circunstancia en la que a cada cual nos ha tocado vivir consistiría, según esto, en encontrar el punto de estabilidad y de previsibilidad en que las cosas adquieren un ser, es decir, en que llegamos a saber qué son esas cosas. Se trataría, pues, de encontrar conceptos unificadores en los que integrar los datos que pone ante nosotros la realidad, los cuales, para empezar, se nos presentan como múltiples y diversos, es decir, caóticos. De modo que, confirma Ortega, “un hecho humano (…) pertenece a un organismo de hechos donde cada cual tiene su papel dinámico y activo (…) La realidad, pues, del hecho no está en él”, en la medida en que ese hecho viene a acoplarse con nuestra manera de mirarlo, con el conjunto de los conceptos de los que usamos para organizar el mundo que nos rodea. El hecho objetivo está también en nosotros.
     Así pues, ¿dónde reside la verdad? ¿En las aportaciones que nos hace la razón cuando, por ejemplo, nos permite saber que ese hecho, ese dato que tenemos ante nosotros es una “silla”, aunque sea la primera vez que la veamos, porque contamos con el concepto, la generalización correspondiente, que nos facilita enormemente la vida ya que no tenemos que confrontarnos cada vez que veamos una silla con una experiencia inédita que hayamos de recrear totalmente? ¿O la verdad reside solo y exclusivamente en el caso particular, en lo que inmediatamente experimentamos, porque si nos ponemos a generalizar corremos el riesgo de llevarnos una sorpresa equivalente a la que tuvo aquel desdichado pavo del que hablaba Taleb?
     La historia de la cultura, y más específicamente de nuestra civilización occidental, es la zigzagueante trayectoria que hemos recorrido desde hace, sobre todo, dos milenios y medio transitando desde dominios en los que se reconocía la tutela que sobre nuestras experiencias ejercía la razón hasta otros en donde, por el contrario, el apego a los hechos concretos nos permitía o nos obligaba a estar en guardia frente a lo que pudiera producir cada fenómeno particular… para de nuevo acabar regresando –temporalmente, claro– a los dominios de la razón y la generalización.
     Ceñiremos el rastreo de esa trayectoria en zigzag que conforma nuestra historia al tramo de nuestra civilización que comienza con San Agustín, para el cual la verdad no reside en los hechos particulares que aporta el mundo, sino que, según él, y siguiendo la pauta que marcó Platón, “habita en nuestro interior”. Quiere decir San Agustín que es exclusivamente nuestra razón (nuestra potencia generalizadora), sin necesidad de ningún apoyo en la experiencia de los hechos externos, la que, echando mano de las ideas platónicas que moran en nuestro interior y de las cuales los hechos son mera imitación, accede a la verdad. Lo que ocurre en el mundo es, en realidad, mera distracción, porque puede despistar con sus imprevistas aportaciones y particularidades. Si el mundo se sale de los raíles que previó nuestra razón, no es esta la que se equivoca, según Agustín, sino el mundo. Si el pavo de Taleb hubiera podido escoger orden religiosa en la que profesar, habría optado por ser, al menos 364 días al año, agustiniano. El resultado de esa manera de mirar fue que la Edad Media se alejó del mundo real, el mundo de los hechos concretos. Dice Ortega y Gasset: “Esto es lo esencial para la estructura de la vida medieval (…) Esta vida no se cura sino con la otra. Lo único que el hombre puede hacer con sus propias fuerzas es negativo –negarse y negar el mundo, retraer de sí y de las cosas su atención y así aligerado de peso terrenal ser sorbido por Dios (…) El hombre se queda, por lo pronto, solo con Dios”. Y siguiendo esta misma pauta, la parte de sí que en los hombres daba inevitablemente hacia el mundo, buscaba, aun así, la guía de aquella razón extramundana de San Agustín, la que aspiraba a la máxima generalización, es decir, la más depurada reglamentación y previsibilidad. Hasta el punto de que, según Erich Fromm, “la vida personal, económica y social se hallaba dominada por reglas y obligaciones a las que prácticamente no escapaba esfera alguna de actividad”, y el mismo Ortega confirmaba: “En el siglo XIV el hombre desaparece bajo su función social. Todo es sindicatos o gremios, corporaciones, estados. Todo el mundo lleva hasta en la indumentaria el uniforme de su oficio. Todo es forma convencional, estatuida, fija; todo es ritual infinitamente complicado”.
     Santo Tomás (1225-1274) abrió ventanas en el alma (en la capacidad de razonar): las que permitían entrar en ella a las aportaciones de los sentidos, de lo particular, aunque lo hizo en la seguridad de que esas aportaciones a la razón que provenían de los hechos eran fiables, de que la experiencia del mundo era una vía de acceso a la verdad divina. Pero Santo Tomás no lograría darle al pavo una explicación satisfactoria de lo que ocurría la víspera de Navidad, cuando la verdad que surge de lo íntimo y la verdad de los hechos se contradicen. Así que tuvo que llegar Guillermo de Ockham (1280/1288-1349) unas décadas más tarde para ensanchar la grieta que había abierto Santo Tomás y servir de rotundo punto de inflexión al cambio en zigzag que por entonces iba a acontecer en nuestra historia. Efectivamente, Ockham llegó diciendo que las generalizaciones de nuestra razón no existían en la realidad, que eran meros “flatus vocis” (soplos de voz), y que lo único que existían eran los hechos particulares y concretos. El bosque (la generalización) era un invento de la razón; lo único realmente existente eran los árboles concretos. Nicholas Taleb y su pavo le habrían aplaudido sin reservas. Un ockamiano estricto, Martín Lutero, llegó a decir que “la razón es la ramera del diablo”. El Renacimiento fue resultado de esa revolución a la que Ockham había abierto la puerta. Para empezar, nació por entonces ese ser tan particular y concreto que es el individuo. Procede, en este contexto, traer a colación la siguiente reflexión de Carl Gustav Jung: “Cuanto más retrocedemos en el tiempo, con tanta mayor frecuencia vemos a la personalidad desvanecerse oculta bajo el manto de la colectividad. Y si descendemos tan lejos como para llegar a la psicología primitiva, nos encontraremos con que allí ni tan siquiera tiene sentido hablar de la idea de individuo. (…)  Lo que nosotros entendemos por la idea de ‘individuo’ constituye una conquista relativamente reciente en la historia del espíritu y la civilización humanas”. Erich Fromm es incluso más rotundo a este respecto: “La historia europea y americana desde fines de la Edad Media no es más que el relato de la emergencia plena del individuo”. Ortega completa la idea: “El llamado Renacimiento es, pues, por lo pronto, el esfuerzo por desprenderse de la cultura tradicional que, formada durante la Edad Media, había llegado a anquilosarse y ahogar la espontaneidad del hombre”.

     Por otro lado, además de esa realidad concreta que es el individuo, aparece el interés por los hechos particulares: “El hombre moderno –dice asimismo Ortega– vive asomado al mañana para ver llegar la novedad”, es decir, lo que rompe los moldes de lo general, de lo que estaba previsto (por ejemplo, por el pavo los 364 días previos a la Navidad). De ese nuevo interés que empieza a surgir con el Renacimiento dan testimonio los que se conocieron como gabinetes de curiosidades, precedentes de los que con el tiempo llegaron a ser los museos de historia natural. Quien tenía recursos y afición, se dedicó al coleccionismo, a atesorar ejemplares curiosos que procedían de los campos más heterogéneos: piezas arqueológicas, reliquias, ingenios mecánicos, animales raros, esqueletos, minerales, fósiles, hierbas, artefactos de interés etnográfico… Resultado, en fin, todo ello, de aquel cambio de perspectiva que había llevado desde el interés por los principios generales y el curso ordinario de la naturaleza por el que se había regido la escolástica (y el pavo de nuestro ejemplo durante casi todo el año), hasta el interés contrapuesto, según el cual lo que merecía atención eran los fenómenos singulares, lo extraordinario y su observación empírica. La curiosidad, la atracción por lo extraño dejó de ser, como pensara San Agustín, una inclinación pecaminosa. Y el telescopio, el microscopio y la bomba del vacío (inventada en 1650) fueron los instrumentos más característicos de la Revolución Científica, los que mejor cumplieron con la función de ayudar a la observación y satisfacer la curiosidad de los hombres de aquel tiempo. Los datos y mediciones que los hombres realizaban no eran un engaño, la objetividad era posible y los hechos, no solo la razón que los precede, contenían su propia verdad.

    
     Asimismo, y paralelamente a esta puesta en primer plano de los hechos particulares, aparece por entonces un determinado tipo de desasosiego, como queda expreso en esto que también dice Ortega: “El hombre antiguo parte de un sentimiento de confianza hacia el mundo, que es para él, de antemano, un Cosmos, un Orden. El moderno parte de la desconfianza, de la suspicacia, porque (…) el mundo es para él un Caos, un Desorden”. Renunciar a hallar una ley, una generalización, que sirva para entender los acontecimientos, aceptar estar siempre predispuesto a la confrontación con lo nuevo y sorprendente (con lo imprevisible, con el caos) es una experiencia finalmente agotadora y desestructuradora. De manera que en el tránsito del siglo XV al XVI, dice Stefan Zweig, “de la noche a la mañana, las certidumbres se convierten en dudas, cualquier cosa perteneciente al ayer parece tener milenios y se descarta (…) El desasosiego fermenta en los países, el miedo y la impaciencia alientan en las almas”. Es lo que tiene esto de prescindir de las generalizaciones, de sospechar de la razón, de confrontarse con una realidad de la que se ha amputado la ley, el orden, el sentido. Cuando los filósofos posmodernos afirman que no hay realidades generales, sino solamente fragmentos de realidad, están llevando a su culminación esta trayectoria individualizadora que comenzó en el Renacimiento o, mejor dicho, con Guillermo de Ockham. Y cuando los individuos creen que no hay realidades generales a las que subordinarse, y que cada cual tiene su propia verdad única e intransferible; cuando, por ejemplo, cualquiera puede decidir personalmente el sexo con el que inscribirse en el Registro Civil, o convertir, como hizo Marcel Duchamp, cualquier objeto en obra de arte a partir de su personal decisión, también se está alineando con Ockham y con el pavo de la víspera de Navidad. Julián Marías dice que la inestabilidad es el fenómeno más característico de nuestra época. La consecuencia es que la venta de psicofármacos aumenta cada vez más, porque la improvisación permanente, la ausencia de criterios generalizadores que permitan saber lo que las cosas son (lo que establemente son), produce angustia.