sábado, 3 de octubre de 2015

La capacidad de estar solo

     Basculamos entre la necesidad que tenemos de ser acogidos por nuestros semejantes y la necesidad contrapuesta de ser libres y autónomos. Una parte de nosotros, pues, siente que lo peor que nos podría ocurrir es ser excluidos de nuestro grupo de referencia, y la otra considera que no hay nada peor que perder la libertad y la capacidad de generar las propias decisiones. El psicoanalista John Bowlby estudió concienzudamente aquella primera mitad de nuestro ser, y concluyó que la principal necesidad de los seres humanos desde la primera infancia es la de tener relaciones de apoyo satisfactorias con otros seres humanos. En contrapartida, la sensación de abandono y de ausencia de vínculos suficientes desde aquella primera infancia estaría en el origen de los trastornos psíquicos.

Ilustración: Samuel Martínez Ortiz
     Bowlby estudió las respuestas sucesivas al hecho de sentirse abandonados en niños pequeños que por diversas circunstancias tenían que sufrir una larga separación de la madre. En una primera fase, las reacciones del niño eran de protestas airadas. En la fase posterior, el niño se mostraba abatido, silencioso y apático; en suma, desesperaba de que la madre volviera a su presencia. Y en la tercera fase, el niño parecía no preocuparse ya por la ausencia de la madre y generaba un aparente comportamiento de independencia, que era, en realidad, consecuencia del desapego afectivo y de la desconfianza. La forma en que el adulto que herede esas experiencias infantiles organizará sus modos de estar con los demás será una prolongación de las actitudes que generó en aquella primera etapa, y los trastornos psíquicos subsiguientes guardarán también la impronta de aquellas situaciones que surgen de la sensación de abandono y que son parte de un continuo que discurre desde el sano apego afectivo al completo desapego y a la desconfianza. Estos últimos sentimientos tienen su manifestación más extrema en la paranoia y en la esquizofrenia, pero, en forma no tan abrupta, se puede rastrear su existencia en asuntos cotidianos como la clase de conversaciones que surgen en el trato social una vez superado el primer momento dedicado a temas impersonales, como el hablar del tiempo. Si el contenido de la conversación que habitualmente predomina es el propio de la murmuración, el cotilleo, la crítica del prójimo o la exasperación que producen unos personajes u otros, podremos deducir que, en mayor o menor medida, hay ingredientes de aquella desconfianza hacia los demás que moldearon las más básicas y primarias relaciones sociales de quienes así se comportan.
     Yendo hacia atrás en el continuo cuyo análisis hemos comenzado por el extremo más patológico, nos encontraríamos después con el tipo de trastornos psíquicos que prolongarían la perturbación surgida en aquella fase de relación con las figuras a las que el niño se siente más apegado (singularmente, con la madre), en la que este expresa abatimiento, taciturnidad y apatía, y en suma, desesperanza de que la madre llegue alguna vez a estar presente para compensar suficientemente la sensación de abandono. Cuando aquel niño sea adulto, mantendrá su necesidad de cariño como permanentemente insatisfecha, y sus vínculos con los demás estarán mediatizados por su temor a ser abandonado, que a menudo compensará con exagerados vínculos de dependencia afectiva. Los celos patológicos, el chantaje emocional o las actitudes de sumisión vendrían a caracterizar la forma de estar con los demás de estas personas. Del mismo modo, quienes en el continuo del que hablamos se sitúan entre aquellos que en la primera infancia reaccionaban a la ausencia de la madre con protestas airadas, empezarán de esa forma a cincelar su carácter hasta llegar a convertirse en unos adultos autoritarios, malhumorados, gruñones, exigentes y contestatarios. Estas tipologías, evidentemente, no son puras, y en dosis diferentes van mezclándose hasta matizar las diferentes patologías en las formas de relacionarse con los demás y, en general, en la formas de ser.
     Y en ese continuo que estamos escrutando, el extremo que señalaría la madurez afectiva y relacional sería aquel en que fuese posible conjugar el apego afectivo, la confianza en sí mismo y la capacidad de generar las propias decisiones sin interferencia de sentimientos de dependencia, temor a la exclusión o inseguridad que perturben la comprensión de sí mismo, de las propias preferencias y de los sentimientos e impulsos más profundos que uno alberga dentro de sí. Lo cual vendría a coincidir con la capacidad de estar solo, que nació en el niño junto con la seguridad de que no iba a ser abandonado (o, en última instancia, con la superación de aquel abandono), y que se traduce en el adulto en la existencia de  una intimidad asentada y, para su poseedor, reconocible, la cual permitiría estar de acuerdo con esta recomendación que hacía Michel de Montaigne: “Hemos de reservarnos una trastienda muy nuestra, libre, en la que establezcamos nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad”. Las auténticas potencialidades humanas aguardan tras esa capacidad para estar solo, porque cuando uno queda subordinado a sus necesidades de dependencia afectiva o atrapado en sus estrategias de defensa frente a los demás, está supeditándose a los dictados del mundo exterior, imposibilitado de conectar con la fuente de la creatividad y de la inteligencia, que manan de la propia intimidad. Como decía Thomas de Quincey: “Ningún hombre que, cuando menos, no haya contrastado su vida con la soledad, desplegará nunca las capacidades de su intelecto”.