domingo, 24 de enero de 2016

Cuando el cansancio y el dolor se vuelven inútiles

ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ
     Vivir significa cansarse, enfrentarse a retos, crecerse ante las dificultades… “Vivir es no poder reposar hasta la muerte”, decía María Zambrano, que añadía: “Toda vida se vive en inquietud”. Con lo cual no hacía sino abundar en lo que ya había dejado expreso su maestro Ortega y Gasset: “La vida es la grande, esencial inquietud”.
     Pero ¿cuál es esa tarea en que la vida consiste para que nos obligue de esta manera a la alerta y la inquietud permanentes, a mantener un tan persistente estado de alarma que no nos deja reposar hasta la muerte? No es otra, desde que nacimos, que la de sobreponernos a nuestra esencial vulnerabilidad, responder a todo lo que nuestro humano destino ha dispuesto para mantener en peligro constante nuestra integridad física y psíquica, nuestra siempre precaria autoestima, el nunca del todo desentrañado sentido de nuestra vida. No es propiamente que el hombre se crezca ante las dificultades, sino que es precisamente confrontándose con ellas la única manera que tiene de crecer: gracias a esas dificultades y agresiones que recibimos, obligados a responder ante ellas, vamos desarrollando nuestra personalidad y dando contenido a nuestra vida, que no necesitaría salir de la inercia si todo fueran facilidades. Esta, la vida, resulta ser, pues, el trayecto a través del cual lo que fue nuestra constitutiva inferioridad de partida va poco a poco transformándose hasta conseguir que lleguemos a ser alguien significativo, hasta que alcancemos el punto en el que nuestra vida quede suficientemente justificada.
     En ese proceso, en ese camino que lleva a la superación de nuestra inicial insignificancia, a la compensación de la insustancialidad en la que fuimos embutidos al nacer, los años más críticos y decisivos son los de la primera infancia, porque es en ellos cuando más débiles somos y cuando desde esa debilidad generamos unas pautas de respuesta ante la sensación de amenaza, de peligro para nuestra integridad, que determinarán en buena medida nuestras futuras maneras de responder a las nuevas o renovadas situaciones amenazantes que habrán de aparecer en la edad adulta. Estas primeras respuestas del infante ante la percepción de peligro se realizan antes con el cuerpo que con la mente, la cual carece aún de las estructuras de las que le dotarán más adelante, en gran medida, el lenguaje y la razón. En ese formato preverbal, quedan, pues, predeterminadas distintas maneras de responder a los atentados contra nuestra integridad que podrían más tarde derivar hacia sendas patologías.
     Una de esas maneras es la que podríamos decir que consiste en una rendición preventiva: el niño acata lo que ese entorno en el que se origina la amenaza le impone, aprende a humillarse ante quien es percibido como amenazante, se hace perdonar infligiéndose a sí mismo alguna clase de castigo antes incluso de saber cuál es su culpa. El eco de este tipo de respuestas adquiridas lo encontraremos más adelante, en la vida adulta, en muchos enfermos depresivos que se aferran a su papel de personas desamparadas, permanentemente rechazadas, tristes o maltratadas. Las conductas autopunitivas consiguientes habría que valorarlas, efectivamente, como resultado de aquella búsqueda de perdón, de reparación y, en última instancia, de aceptación por parte de los demás (o bien, de esa instancia íntima que representa a los demás y que Freud denominaba “superyó”). Partiendo del originario sentimiento de inferioridad y baja autoestima, no se encontraría otro cauce por el que discurrir que la propia humillación para lograr hacerse un sitio entre quienes han logrado ser admitidos y arropados por sus congéneres. En esa humillación preventiva vendrían a incluirse también los sabotajes al propio éxito que este tipo de personas llegan a infligirse, la elusión de responsabilidades o las conductas de dependencia extrema. En el fondo de todos esos comportamientos autodestructivos hay, pues, un ser diminuto y sufriente, alojado en la zona sombría del alma, que está mendigando el perdón. Cualquier muestra de autoafirmación resultaría peligrosa a los ojos del depresivo (del humillado) de cara a ese último objetivo de alcanzar el perdón, de no molestar, de homologarse, de no perder el apoyo y el amparo de los demás. He aquí, pues, una de las fuentes posibles de sufrimiento y dolor inútiles, y hasta perversos, cuando las respuestas autopunitivas, estimuladas por el temor, resultan ser exageradas, y en vez de favorecer la integridad personal, como creyó el niño, promueven la autodestrucción. De este tipo de sufrimiento inútil, absurdo, huérfano de auténticos por qué y para qué, podrían servir de ejemplo, además de los comportamientos masoquistas expuestos, también, de modo paradigmático, los de aquellos santos que intentaban emular la pasión de Cristo y llegaban incluso a pedir a Dios la dudosa gracia de la estigmatización (comportamientos de los cuales hablábamos hace un par de artículos, en “Paulina: un sentimiento de culpa insaciable”) o aquellos otros que se pueden detectar detrás de personalidades excesivamente propensas a sufrir accidentes, sin que haya una voluntad consciente de tenerlos.
     Otra manera de responder a las amenazas a nuestra integridad, contrapuesta a esta de la que hablamos, que asimismo quedó preformada en nuestra primera infancia y que también puede derivar hacia posteriores patologías es la del imprudente o temerario que desatiende las señales de peligro o se ve compulsivamente empujado a retarse frente a las amenazas que encuentra en su camino o las que alternativamente busca. Cabrían aquí los comportamientos de algunos que acaban dedicándose a profesiones o hobbies de alto riesgo, los de los ludópatas o incluso los de quienes arriesgan estúpidamente la vida en alguna clase de diversión o excentricidad.
     Y nos quedaría aún por explorar una ubérrima fuente de cansancio, dolor y sufrimiento inútiles, también enraizada en pautas de comportamiento originadas en la primera edad y que en lo esencial consisten en la realización de respuestas defensivas desproporcionadamente grandes frente a estímulos que son percibidos como amenazantes, al menos vistos desde la extrema vulnerabilidad del niño, pero que pasan enseguida a ser, no ya un lastre, sino un peligro mucho mayor que la misma ausencia de respuesta defensiva. Aquí tendrían cabida las respuestas de estrés, en las que el organismo se instala en unos modos de reacción fisiológica a peligros extremos que, perdurando en el tiempo, acaban derivando en hipertensión, úlceras, hiperglucemia o diabetes, colon irritable, arritmias, contracturas musculares… La alergia sería otro modo de reacción exagerada a agentes que invaden el organismo de una manera objetivamente inocua, y que el niño, influido por su extrema vulnerabilidad, recibe desde una actitud hiperdefensiva que emite su mandato también a sus funciones fisiológicas. De este modo, el organismo pone en marcha ese tipo de respuestas desproporcionadas que también pasan a suponer una amenaza mayor que la misma ausencia de respuestas. Y en fin, otras respuestas defensivas exageradas son las que, desde la psique, son emitidas en la forma en que Sigmund Freud denominó mecanismos de defensa del yo (represión, desplazamiento, proyección, disociación…) y que asimismo constituyen una fuente de amenaza para la integridad mental del individuo mayor que la mera ausencia de respuestas; sería, por ejemplo, el caso de la fobia, en que la reacción defensiva de la mente frente a elementos o situaciones objetivamente inocuos constituyen la base de unos trastornos que pueden desorganizar la vida entera de quien la pone en marcha. Como de estas respuestas de estrés, de la alergia o de los mecanismos de defensa del yo ya hemos hablado en alguna ocasión, pasaremos a centrarnos en otra peculiar forma de producción de sufrimiento, dolor y cansancio inútiles que ocupa cada vez una mayor atención y constituyen un grave motivo de preocupación: la que representan la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica, que aunque están nosográficamente considerados como síndromes diferentes, tienen una misma raíz y cursan habitualmente juntos.
     La Sociedad Española de Reumatología define la fibromialgia como “una anomalía en la percepción del dolor, de manera que se perciben como dolorosos estímulos que habitualmente no lo son”. Puesto que el dolor es una respuesta defensiva, de aviso preventivo de daños para el organismo o de peligro para la supervivencia, no existiría en esta inútil forma de percepción del dolor una diferencia cualitativa respecto de la respuesta de estrés, la de la alergia o la de la fobia, que hacen que la exageración en la réplica defensiva del organismo se convierta en un peligro mayor incluso que la ausencia de respuesta. A menudo ese umbral excesivamente bajo para desencadenar la respuesta defensiva se sobrepasa en la fibromialgia después de vivir una experiencia sentida como ataque, tanto desde el punto de vista orgánico como psíquico, y que puede ser, por ejemplo, una infección bacteriana o viral, un accidente de automóvil o un trauma psicológico. Efectivamente, el 50% de quienes sufren este trastorno atribuye la aparición de los síntomas de su enfermedad a una lesión, una infección, el estrés o un trauma emocional. El organismo y la psique del sujeto afectado, extremadamente sensibilizados frente a los eventuales estímulos amenazantes, viven esa experiencia como aviso de que es necesaria una reacción defensiva estable, permanente. El dolor sería esa respuesta, presta a mantenerse de modo estable, y sin que sea ya necesaria la concreta percepción de un peligro inmediato. De forma que tras una lesión o inflamación de este tipo, el cerebro no desconecta el mensaje de dolor incluso después de que se haya curado totalmente el tejido que ha sufrido la lesión o, en general, hayan quedado atrás los efectos del trauma. Como la persona estresada, como el alérgico o también el fóbico, el enfermo de fibromialgia viviría en estado de alarma permanente, presto a desencadenar su respuesta defensiva ante una mínima señal de peligro o cuando este ya ha desaparecido (el dolor sería la respuesta en este caso). Un ejemplo espectacular de este tipo de mensaje cerebral ya inútil es el dolor del miembro fantasma: aproximadamente, entre el 50 y el 80% de las personas que sufren una amputación tienen sensaciones de quemazón y dolor agudo en el lugar donde se encontraba el miembro amputado. Pues bien, se ha demostrado que, de manera semejante, muchos pacientes desarrollan un dolor crónico en un brazo o una pierna después de una lesión o una inmovilización leves y ya superadas fisiológicamente, y en donde el dolor queda asociado a una sensibilidad extrema al tacto, al frío o al calor desprovisto de justificación objetiva o accesible a cualquier tipo de registro fisiológico. En sentido contrario, mientras se está dando la respuesta de estrés, por ejemplo, en un campo de batalla, una herida de bala puede llegar a asociarse a una ausencia total de sensación de dolor.
     La fibromialgia es una enfermedad para la que oficialmente aún no se ha logrado tener una explicación. Los síntomas característicos de esta enfermedad son, precisamente, el dolor y la fatiga crónicos y no causados por ninguna clase de trastorno orgánico. Afectan principalmente a mujeres entre 30 y 60 años, que sufren dolores musculares y articulares generalizados, dolores de cabeza, así como fatiga, trastornos del sueño e irritación intestinal. En España, la valoración de la incidencia de la fibromialgia en la población varía, según los estudios, entre un 2,37 y un 4%: más de un millón de personas. En Estados Unidos y Canadá, el 7% de las mujeres entre 60 y 70 años padece fibromialgia. Sin embargo, cualquier grupo de edad es susceptible de quedar afectado, si bien, a cualquier edad, las mujeres que sufren este trastorno superan a los hombres en una proporción de 8 a 1. El 10% de la población llega a sufrir al menos un episodio de dolor muscular generalizado, típico de la fibromialgia, y el 40% de las personas padece de forma simultánea dolor de cuello y espalda durante por lo menos tres meses (normalmente se diagnostican como debidos a una lesión, inflamación a alteración estructural y se tratan como tales, a pesar de que no suele ser esa la causa y de que esos tratamientos no son en tales casos efectivos. En más del 90% de las personas que padecen dolor de espalda la causa exacta del dolor es incierta). Se ha observado que esta enfermedad aumenta en correlación con variables como estar divorciado o separado, tener un bajo nivel de estudios o tener bajos ingresos. Se ha constatado asimismo que los pacientes con fibromialgia presentan unos altos índices de ansiedad y depresión.
     El síndrome de fatiga crónica como independiente de la fibromialgia señala la Organización Mundial de la Salud que afecta a entre un 0,3 y un 0,5% de la población; es decir, en España, a entre 120.000 y 200.000 personas, y su síntoma fundamental sería una fatiga crónica debilitante y sin causa conocida que persiste o reaparece en un período de más de seis meses. Por otro lado, el 50% de las personas que padecen fibromialgia sufren también migrañas (de origen vascular, es decir, que dan lugar a palpitaciones similares a las del pulso) y más del 70% tiene cefaleas musculares (consecutivas a contracciones musculares crónicas que resultan de previas tensiones psíquicas). Como ocurre con la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica, se desconoce la causa exacta de la mayoría de las cefaleas.
     Aunque no existan alteraciones estructurales o bioquímicas en los músculos, ligamentos, tendones y articulaciones de las personas que sufren fibromialgia, sí se han observado algunas alteraciones funcionales en los músculos, por ejemplo, que no llegan a relajarse normalmente después de una contracción o un esfuerzo, lo que provoca fatiga muscular. Por esta vía podríamos desarrollar la inferencia de que el síndrome de fatiga crónico estaría relacionado con esa hiperactivación de la musculatura y de las funciones fisiológicas en general, que se encontrarían establemente predispuestas para la actividad, incluso en ausencia de motivos que lo justifiquen, lo cual abocaría a la larga al colapso y a la fatiga. Esto explicaría también que en estas personas el sueño no sea reconstituyente, incluso aunque se duerma mucho, porque la tensión no cejaría. Ocurriría esto de modo paralelo a la otra predisposición, la que pone en marcha el dolor como aviso de amenaza a la propia integridad percibida por el sujeto que, al igual que en las respuestas de estrés, en la alergia o en la fobia, serían más achacables a la disposición hiperdefensiva de los afectados que a la supuesta amenaza externa. Sin embargo, se ha observado que la secreción de hormonas en el organismo del afectado por fibromialgia es la contraria a la de aquel que sufre de estrés: mientras que este segrega una mayor cantidad de adrenalina, noradrenalina, cortisol y hormonas glucocorticoides en general, la fibromialgia cursa, por el contrario, con una carencia de estos corticoides. Lo cual hace pensar que esta y la fatiga crónica vienen a ser como el negativo del estrés, el efecto rebote posterior a la permanente preparación para la respuesta de ataque/huida propia del estresado. Sin embargo, se ha comprobado que inyectar noradrenalina en un enfermo de fibromialgia aumenta, paradójicamente, la sensibilidad frente al dolor. En sentido contrario, la administración de antidepresivos suele atenuar su sufrimiento casi siempre.
     Como conclusión podríamos decir que muy probablemente estemos desenfocando la cuestión al centrar nuestros intentos de explicación de este tipo de enfermedades en la búsqueda de causas estructurales y orgánicas. Ya en el siglo XVII Blaise Pascal Pascal, a pesar de ser un gran físico, matemático y estudioso de las ciencias naturales (o precisamente por serlo) decía que “los males del cuerpo no son otra cosa que el castigo y representación de los males del alma. Y Ortega vino a evocarle cuando dijo que “el alma esculpe el cuerpo”.