sábado, 6 de febrero de 2016

La sociedad del bienestar y el malestar de la civilización

     Dice Gilles Lipovetsky, sociólogo francés cuyos análisis sobre la era del vacío en la que vivimos le han dado fama internacional, que vivimos una revolución individualista que ha hecho que, aparentemente al menos, todo esté organizado para que el mundo funcione a partir de un mínimo de coacciones y un máximo de elecciones privadas. “En la era posmoderna –afirma– perdura un valor cardinal, intangible, indiscutido a través de sus manifestaciones múltiples: el individuo y su cada vez más proclamado derecho a realizarse”. En la actual sociedad, asegura, hemos llegado a un punto en el que “cada cual puede componer a la carta los elementos de su existencia”. Y sin embargo, todo esto, que parecería contener los ingredientes necesarios para llevar adelante una vida plena, rebosante de sentido y de metas enaltecedoras, resulta que es compatible con un generalizado sentimiento de vacío emocional, de indiferencia hacia las grandes cuestiones, de depreciación de los grandes valores, de hundimiento de los ideales; en suma, dice Lipovetsky que nos hemos instalado en un “desierto de apatía”. Las claras antinomias que antes servían para organizar nuestra manera de entender el mundo, las que diferencian lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, lo verdadero de lo falso, lo real de lo ilusorio, lo que tiene sentido de lo que es absurdo, se han diluido, se han esfumado. La norma vital por excelencia parece ser aquella que pudiera caber en una exclamación del tipo de “¡qué más da!”. Con estos mimbres, al final no es posible hacer un buen cesto: “Cruzando solo el desierto, transportándose a sí mismo sin ningún apoyo trascendente –sostiene, en fin, Lipovetsky– el hombre actual se caracteriza por la vulnerabilidad”. El individuo que parecía reinar en este mundo posmoderno es solo un personaje, un ente superficial, un falso yo que enmascara a ese otro ser vulnerable y aún menesteroso que vive debajo. La última consecuencia de todo este montaje queda en evidencia al constatar cómo, por detrás de tanta abundancia de posibilidades, los estados depresivos se han convertido en una plaga.

EL HOMBRE LIGHT: ¿ÚLTIMO ESLABÓN DE LA CADENA EVOLUTIVA?
(ILUSTRACIÓN: SAMUEL MARTÍNEZ ORTIZ)

     Después de desplegar ante nosotros, con ayuda de Lipovetsky, el mapa de la situación, nos queda todavía entender el porqué y el cómo de que hayamos llegado hasta esto. Y proponemos partir de una premisa que habrá de ser la misma que encontraremos cuando lleguemos a la conclusión: a pesar de las facilidades que el mundo posindustrial pone al alcance de la mayoría, hoy en día es difícil acceder a la sensación de que uno está viviendo su propia vida, de que al hacer lo que hace está ejercitando su vocación. Tras el camuflaje de una infinidad de opciones, de disponibilidades, de trayectorias posibles, abunda la sensación de que nada vale auténticamente la pena o incluso de que uno vive una vida ajena o equivocada. En el horizonte asoman incluso los trastornos de despersonalización y desrealización, los más frecuentes en psicopatología después de la ansiedad y la depresión. Los síntomas característicos de la despersonalización incluyen la sensación de que se vive respondiendo a meros automatismos, de que se pasa por la vida como si esta resultara algo ajeno, como si se estuviera siendo espectador de una película o metido dentro de un sueño, sufriendo, en fin, una seria dificultad para relacionarse consigo mismo, con el propio cuerpo y con la realidad externa. Mientras que la despersonalización se refiere más al sentimiento de irrealidad de uno mismo, la desrealización apunta más a la percepción del mundo externo como extraño o irreal, a la sensación de que el escenario en el que transcurre la vida es un mero teatro del que está ausente toda espontaneidad y toda emoción auténtica, incluso cuando se trata de las personas más cercanas.
     Hay una narración posible para tratar de entender la manera en que puede haberse llegado a producir este resultado de falta de conexión entre uno mismo y su vida, y que podría sintetizarse diciendo que, si esto ocurre, es que no se han tenido suficientes oportunidades de intervenir en la manera en que la propia vida ha ido construyéndose, de añadir las propias opciones y preferencias a los trayectos a través de los cuales han discurrido el por dónde, el cómo y el para qué a partir de los que uno conforma su biografía. Corroborando estos presupuestos, es fácil observar cómo, sobre todo hoy, lo que, para empezar, ha de ser la vida del niño está previsto de una manera exhaustiva desde que nace, y su eventual capacidad de iniciativa es sustituida por las decisiones de un gran engranaje social, primero a través de las cotas que se imponen desde el ámbito familiar y, después, por medio de la educación desde la guardería hasta que acaba su aprendizaje escolar y académico. Desde el programa de vacunaciones hasta las actividades extraescolares, pasando por la asistencia pasiva a todo lo que para ellos ponen en la televisión, el niño se va convirtiendo en un ser receptor de instrucciones, va aprendiendo lo que toca hacer en cada momento, sin que su eventual iniciativa tenga prácticamente ningún papel que cumplir, ninguna oportunidad clara de aflorar. No es algo todo esto que esté mal por principio, desde luego, y en gran medida resulta muy útil para que ese niño pueda ir introduciéndose en un mundo complejo que le desborda por todos los lados. Pero se trata aquí de hacer de abogados del diablo e ir viendo cómo la propia voluntad del niño no tiene en este contexto muchas oportunidades de asomar, no hace otra cosa que discurrir por carriles predeterminados. Se va preparando así lo que, si nada lo remedia, conduce al sentimiento de alienación, de desconexión de la propia circunstancia en la que a uno le ha tocado vivir, y a la pérdida de energía vital para sentirse insertado en una realidad que no ha ido apareciendo para encontrarse con los propios deseos o motivaciones, sino para imponerse antes de que estos lleguen a emerger.
     Asimismo, en los actuales estados del bienestar, la vida del hombre está tutelada y acotada por ellos desde la cuna hasta la sepultura. El estado se ha ido convirtiendo en el Gran Hermano de Orwell que, por nuestro bien, nos vigila y trata de que seamos felices (en Venezuela hay incluso un Ministerio de la Suprema Felicidad). Muy bien. Pero la consecuencia es que el hombre empieza a no tener proyectos propios y deja de poner en práctica sus propios recursos, deja de sentir el apremio de tener que hacer él su vida.
     Solo suelen quedar dos momentos vitales, dos puntos de inflexión desde los que arrancar para llegar a establecer contacto consigo mismo: la característica rebelión de la edad adolescente, que, sin embargo, tiende a ser disruptiva y dramática, y suele poner patas arriba la convivencia familiar, y las crisis vitales, singularmente las que suponen un trastorno psíquico, que tienen una ladera que da a esa toma de contacto con el yo profundo, de modo que, si se sale de esa crisis, se hace creciendo, descubriendo ese ser íntimo que no había logrado aún salir a la palestra.
     Llegamos así, habitualmente, a la conformación de esa clase de hombre de la que hablaba Lipovetsky y al mismo que el catedrático de psiquiatría Enrique Rojas denominaba hace unos años hombre light, al cual también consideraba característico de esta época nuestra. Decía de él que es “un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones. El hombre light carece de referentes, tiene un gran vacío moral y no es feliz, aun teniendo materialmente de casi todo”. Las características más propias de este hombre light serían, pues, según Rojas, el materialismo (solo le interesa lo que puede traducirse a términos tangibles y, más aún, contables), el hedonismo (búsqueda compulsiva de diversión, de sensaciones nuevas y excitantes que compensen el vacío interior), la permisividad y el relativismo (vale todo o, dicho de otra manera, nada vale lo suficiente como para comprometerse con ello, y, por tanto, uno se instala en el desconcierto y en la falta de referencias firmes), y el consumismo (y la consiguiente reducción de la idea de libertad a lo que quepa en la mera posibilidad del hecho de consumir). A su vez, su norma de conducta es, en (solo aparente) contradicción con la revolución individualista de la que hablaba Lipovetsky, “la vigencia social, lo que se lleva, lo que está de moda”. Rojas, en fin, contrapone la aspiración a la felicidad, que hace residir en “tener un proyecto, que se compone de metas como el amor, el trabajo y la cultura” y, en suma, “de hacer algo con la propia vida que merezca realmente la pena”, a la aspiración, característica de nuestro tiempo, al bienestar, que se limita a disponer de “un buen nivel de vida y ausencia de molestias físicas o problemas importantes; en una palabra, sentirse bien y (tener) seguridad”.
     Y es en ese marco en el que no caben, o caben a duras penas, auténticos proyectos de vida autosustentados, emanados de la propia vocación. Lo que debería conformar un abanico de motivaciones propias, de exploración y experimentación de la vida para hacerla discurrir entre un por qué y un para qué, a través de un destino que uno mismo debiera construir o descubrir, está asfixiado, anegado entre tantos corsés previstos para dar seguridad y bienestar preestablecidos. Como consecuencia, los hombres dejan de sentir que viven su propia vida y, finalmente, acaban decayendo en la apatía, en la desgana de vivir. Julián Marías afirma que este tipo de previsión y seguridad preestablecidas y sofocantes son la raíz del cansancio de la vida, que es especialmente frecuente en nuestro tiempo: “Si todo está ya determinado y a la vez es fácil, ¿qué hacer?, y eso que se hace, ¿para qué?”, se pregunta, efectivamente, el filósofo vallisoletano. La libertad, dice también, no consiste tan solo en un mero hacer: “La libertad humana, el proyecto, consiste en ponerme a hacer algo”. Y si se quita de esa actividad la intervención de la propia voluntad, queda como resto, meramente, un automatismo. Y cuando el hombre se acostumbra a actuar no en base a motivaciones propias sino por automatismos, y hasta cuando emite opiniones sobre algún tema en una conversación lo hace empujado por lo que es apropiado desde un punto de vista general, por lo que se dice o lo que se hace, la vida en la que uno está insertado acaba dejándose de sentir como algo propio. Uno acaba impregnado de la sensación de que hace lo que toca hacer, aunque venga envuelto bajo el formato de múltiples posibilidades, y no va quedando sitio ni opción para lo que se quiere hacer, que acaba ignorado de tanto ser preterido. La propia capacidad de hacer proyectos queda en estas personas cohibida, constreñida por esa ubicua previsión externa de lo que ha de hacerse, incluso aunque sea por su bien. La imaginación se extingue en un ecosistema así. Y la amputación de la imaginación, de la capacidad de idear proyectos, de actuar animado por motivaciones propias lleva al final a la conclusión de que todo lo que se hace es fútil y extraño. Esa sería, en última instancia, la causa principal del cansancio de la vida o de lo que podría servir como su sucedáneo: el tedio. Aquel cansancio y este tedio formarían parte del mismo paquete existencial. Como dice Ramón Gómez de la Serna en una de sus greguerías: “Aburrirse es besar a la muerte”.