domingo, 10 de julio de 2016

Cómo nació la psicoterapia (la moderna curación por el espíritu)

     En el principio, antes de que llegáramos a la vida, solo existía el adentro; todos empezamos siendo autistas. La vida es lo que hemos venido a hacer afuera. Ortega y Gasset dice que, efectivamente, “la vida es precisamente un inexorable ¡afuera!, un incesante salir de sí al Universo (…) Es (el hombre) un dentro que tiene que convertirse en un fuera”. Idea que viene a contradecir otra de profunda raigambre en nuestra cultura, aquella que ya fundamentó el mecanicismo de Descartes y que, en lo esencial, reducía al hombre a ser mera tabla rasa, sin ninguna intimidad genuina que aportar a ese ser, salvo la que suponía la acumulación de aprendizajes, de pasiva recepción a lo largo del tiempo de las huellas que en nosotros van depositando los estímulos que emite el mundo exterior, y que dan como resultado final esa compleja configuración que llamamos personalidad.

     Esta influencia mecanicista le hizo afirmar a Rousseau en el “Emilio” que el movimiento en general procede de una causa que trasciende al objeto que se mueve: “Concebir la materia como productora de movimiento –decía– es concebir claramente un efecto sin causa, es no concebir absolutamente nada”. Tanto el mundo material como el hombre en su existencia corporal recibieron el movimiento. Rousseau postulaba la existencia de una Causa primera, un Dios que en el origen habría puesto en marcha el universo dotándolo de una determinada cantidad de movimiento. En congruencia, pues, con el mecanicismo, concluía que el movimiento en la materia y en los cuerpos era efecto de una causa externa a ellos; la acción, en este sentido, era siempre reacción. También Hobbes había afirmado que “el movimiento no tiene causa más que en el movimiento de un cuerpo contiguo”.
     El para entonces ex amigo de Rousseau, Denis Diderot, opinaba, por el contrario, que incluso cada molécula era portadora de una fuerza intrínseca, que se va asociando con la de las demás para dar como resultado las formas que tiene el mundo. Esa fuerza no procede del exterior y, por tanto, no está acotada por los márgenes que delimita la eventual causa que la produce, sino que es inagotable, inmutable y eterna, y empuja siempre más allá de los márgenes en los que la geometría encierra a los cuerpos. “La fuerza que actúa sobre la molécula se agota –decía en concreto–; la fuerza íntima de la molécula no se agota en absoluto”. El movimiento tendría así su origen último en el interior de los cuerpos. Habría que interpretar que las formas serían coyunturales estados de reposo de esa pulsión que empuja hacia el mundo exterior y que estaría en la base del movimiento, no modos de agotamiento de ese otro movimiento que nos es prestado desde fuera. Y las formas irían sucediéndose unas a otras, disolviéndose unas para recomponerse en otras, recombinándose, sublimando las potencialidades originarias, y estallando, en fin, en esa apoteosis de la diversidad que llamamos universo.
     Ya en el siglo XIX, Claude Bernard, situándose, en lo fundamental, dentro de la tradición mecanicista, hizo reposar sobre el concepto de reacción su idea principal, la de que una de las cualidades más características de todos los seres vivos es su capacidad para mantener la constancia de su medio interno a pesar de los cambios que puedan producirse en el medio externo. El organismo, pues, reaccionaba, se ponía en actividad, en respuesta a las alteraciones que el medio producía en él, rompiendo su tendencia a la estabilidad, es decir, a la inercia. Si se suprime el medio, se suprimen las modificaciones con las que el organismo responde. O dicho con más rotundidad: si se suprime el medio, queda suprimido el organismo. Y en fin, la vida, que no sería sino esa inquietud que pone en marcha el contacto y el contraste con el medio –que no sería, en suma, sino un efecto de una causa externa a ella–, también desaparece. Ideas estas que abocaron a Claude Bernard al determinismo, en la medida en que entendía que el movimiento de los cuerpos no tenía sustento propio, sino que era una previsible respuesta, una reacción mecánica, automática, desencadenada por el medio, el cual era a fin de cuentas el que decidía en qué habrían de consistir los fenómenos. “Los fenómenos de la vida no son las manifestaciones espontáneas de un principio vital interior –decía, en efecto–: son, por el contrario (…) el resultado de un conflicto entre la materia y las condiciones exteriores”. Lo cual le llevaba asimismo a hacer una afirmación con, pese a todo, muy fecundas implicaciones: “los venenos son los reactivos de la vida”. Gracias a las agresiones que sufren los organismos, existe la vida. Idea que recogería Hans Selye, y alrededor de la cual giró nuestro anterior artículo, a la hora de crear y dar contenido, más allá del estricto fenómeno vital, al concepto de “estrés” y de la enfermedad en general. “El verdadero concepto de enfermedad –concluía Selye, en línea con Bernard– presupone un choque entre las fuerzas de agresión y nuestras defensas”.
     La idea de lo que es la vida y esa forma de lucha por la vida en que consiste la enfermedad parecen encontrar acogida suficientemente holgada en estas líneas argumentales que vienen a culminar en la obra de Claude Bernard y Hans Selye. Sobre lo fecundas que resultan ser ya nos hemos explayado ampliamente en el artículo anterior. Pero según esas ideas, la vida, finalmente, no dejaría de ser sino un préstamo, nuestras acciones solo serían reacciones y la voluntad sería una manera eufemística de referirse al imperio de factores que nos son externos sobre nuestra conducta. ¿No hay nada, entonces, en nuestra vida que se deba a nosotros mismos? ¿Somos únicamente formaciones reactivas? 
     La aparición de Sigmund Freud supuso un singular refuerzo para la trayectoria intelectual del vitalismo, la que, por encima de los determinantes externos, situaba en la materia y en los cuerpos, igual que hizo Diderot, un principio generador de vida que antecedía a la influencia que sobre ellos ejercía el medio. La libido fue, para Freud, la energía que, brotando de dentro a fuera, resultaba ser una fuerza que solo debía al medio exterior la concreta forma que habría de adquirir. La estrecha cota que puso Freud a esa fuerza generadora al considerarla solo como energía sexual, hizo necesaria la aparición de contrapuntos como los que supusieron las ideas de algunos discípulos suyos –pronto centrifugados–, sobre todo las de Carl Gustav Jung. Pero, en lo fundamental, fueron las innovadoras ideas de Freud las que abrieron brecha en el mecanicismo predominante, el que estaba encargado de dar carta de naturaleza a toda indagación que aspirara a ser considerada científica.
     La libido busca, según Freud, salir al exterior, acoplarse con los objetos del mundo. Las emociones prestan su cauce a esa energía que, sin embargo, no suele conseguir ajustarse con suficiencia a esos objetos; diversos mecanismos mentales hacen que los afectos sean retenidos o desviados, de modo que los restos de esa energía que quedan estancados, sin poder aflorar, forman el sustrato de lo que, buscando desahogo, acabará irrumpiendo a través de los síntomas neuróticos. Todo lo que de una emoción y de su sustrato libidinal no consigue acoplarse con el mundo exterior, o lo hace con los modos infantiles de percibir ese mundo, resulta patógeno. Ya Nietzsche había explorado estos dinamismos psíquicos cuando habló de las diferencias entre las almas nobles y las resentidas. Los seres nobles no tienen retorcimientos en su manera de comportarse, son directos, se dejan llevar entusiásticamente por sus emociones, ya sean de rabia, de amor, de gratitud, de respeto o de venganza. Esas emociones, cuando se estancan, forman, sin embargo, el veneno psíquico que alimenta el alma de los resentidos.
     De esta manera, fue Freud el que logró dar un cabal contenido a la psicoterapia, es decir, a la búsqueda terapéutica de una salida para las emociones contenidas, para la energía intrínseca que, sirviendo de combustible para la vida, trata de acoplarse al mundo externo. El mecanicismo y sus herederos, especialmente los psicólogos conductistas, entenderán, en sentido contrario a Freud, que la enfermedad o el trastorno mental en general se originan en el medio exterior al individuo (bien sea el medio orgánico o el medio ambiente), y consiguientemente la terapia habrá de consistir ante todo en procurar de alguna forma el cambio de ese medio que generó la patología. Mientras tanto, la psicoterapia genuina recabará la ayuda del propio sujeto afectado, colaborará en la eliminación de resistencias y correlativa creación de cauces para que la energía vital original encuentre modos de manifestarse en el mundo, tareas o destinos que sirvan de medios a través de los cuales conseguir la catarsis, la expresión de los afectos que permanecían encerrados en los sótanos del alma.
     Pero no solo las enfermedades del alma encontrarían en esta perspectiva una explicación suficiente. Aquellas otras enfermedades que Hans Selye denominó “de adaptación”, es decir, de respuesta inadecuada a los alarmógenos que originaban el estrés, podrían también encontrar una posible reinterpretación no en términos de respuesta a esos alarmógenos, sino de interrupción o bloqueo de esa energía vital positiva, originados en los miedos que desde niños encorsetan nuestra alma y nos hacen tomar una actitud defensiva ante el mundo, de retracción hacia lo interior, hacia nuestro autismo original.